Opinión
Béla Tarr y Simone Weil frente a los bárbaros

Por Javier de Lucas
Catedrático de Filosofía del Derecho y Filosofía Política
He tenido la suerte de asistir durante unos días a la 19ª edición del Festival Internacional de Cine de Bueu (FICBUEU). En su sesión inaugural, los organizadores tuvieron el acierto de proyectar un desasosegante corto del director y guionista de cine húngaro, Béla Tarr. Se trata de Prologue, un film de 5 minutos de duración, rodado en un plano secuencia, que es la contribución de Tarr a la película colectiva Visions of Europe (2004). Un corto premonitorio, que parece haber sido concebido para explicar la barbarie a la que asistimos hoy, in crescendo, en territorio europeo. Tarr utiliza en cierto modo la capacidad catártica que tiene enfrentar al violento con su propia violencia, el recurso que utilizó con éxito Gandhi en su estrategia de no violencia, con la misma mecánica de la que se aprovecha el jiu-jitsu, tal y como se revela en los últimos segundos de su corto.
Pero me temo que, aunque aleccionadora y de gran potencia pedagógica, esta crítica visión de Europa que nos ofrece Tarr no sea suficiente hoy frente a la grave amenaza que los europeos tenemos que afrontar. Y no me refiero sólo a la más que preocupante noticia de los resultados de la extremista AfD en el Land Sachsen-Anhalt, sino a lo que los sondeos parecen pronosticar en buena parte de los procesos electorales que tendrán lugar en la UE en 2027. Esta vez, los nuevos bárbaros no son una pesadilla a nuestras puertas: están ya dentro y van ganando poder.
Ese aumento progresivo de crueldad, violencia, discriminación y deshumanización del otro al que asistimos hoy, tiene como exponente político el slogan difundido desde la misma AfD, la Reemigración (Rückwanderung, Fremden raus!), convertido en el sueño húmedo de la extrema derecha europea: expulsar a todos los inmigrantes, un desiderátum que ya se ha encarnado en no poca medida en el Reglamento europeo de retorno, aclamado al grito de Send them back! en el Europarlamento, por los grupos parlamentarios de extrema derecha, con la complicidad, al menos por omisión, de buena parte de los de derecha conservadora europea. Un proyecto reverdecido estas semanas por el seudopatriotismo españolista, con motivo de los acontecimientos de Ceuta, que exige expulsiones inmediatas y sin procedimiento, una pretensión que fue propiciada por unas torpes declaraciones iniciales del ministro de exteriores, que quería enviar un mensaje de firmeza.
Como digo, esa mancha que se extiende por Europa, ha emergido en ciertas interpretaciones del episodio de Ceuta que me parecen emblemáticas de esa lógica de la democracia excluyente, el proyecto político que Habermas criticó al hablar del chauvinismo del bienestar, uno de cuyos síntomas es la precarización de los y las inmigrantes, convertidos en herramientas, como lo ejemplifica con toda claridad el mal llamado trabajo doméstico o los servicios de cuidado, en los que se subemplean millares de mujeres y que es el coste humano que permite la emancipación de las nuestras y de todos nosotros, los europeos. Pero lo que me parece más preocupante es que, detrás de una parte de ese patriotismo agresivo que exhiben algunos de los que acuden a las manifestaciones, en Ceuta y en muchas ciudades españolas, no resulta difícil advertir una pulsión racista y criminalizadora hacia los inmigrantes.
Es la razón que me hace volver a algunas de las páginas clave del imprescindible ensayo de Simone Weil, La Ilíada o el poema de la fuerza, que conviene releer en este verano en el que la opinión pública ha tenido como centro de atención y debate la interpretación de la versión del cineasta Christopher Nolan sobre la Odisea de Homero.
Uno de los puntos de ese debate era lo que se presenta en el guión de Nolan como violación radical de la “ley de Zeus”, esto es, la xenia (Ξενία), el principio de hospitalidad hacia el extranjero, que se habría infringido gravemente con ocasión de la guerra de Troya. De esa manera, según parece proponernos el cineasta, se habría introducido el fin de un modelo de civilización que, al menos in nuce, contenía el germen de una sociedad abierta, por utilizar la conocida fórmula introducida por Bergson y desarrollada por Popper.
Pero lo cierto es que, aunque la mejor Atenas instituye un modelo que es el embrión de democracia, en el ámbito deliberativo de la asamblea, Atenas estaba muy lejos de lo que entendemos por una sociedad abierta. No digamos nada de Esparta, ni menos aún de lo poco que sabemos de Troya, idealizada por Nolan para justificar la malheur de conscience de Ulises, el leitmotiv de su Odisea. Atenas estaba muy lejos de lo que entendemos por una sociedad abierta. Se trata de un modelo de ciudad-Estado basado en la exclusión de una gran parte de la población y que se empeña en dejar en los márgenes a los extranjeros. Por esa razón, hace ya treinta años califiqué como síndrome de Atenas la tendencia creciente de los gobiernos de la UE a amurallarse como paraísos democráticos en decadencia, frente a la amenaza de las migraciones, aunque al mismo tiempo necesitan a esos inmigrantes como ciudadanos de segunda clase, para realizar los servicios que requieren los europeos, que parecemos cada vez más un club de elitistas jubilados. De ese modo, quería advertir, la UE estaría recuperando el modelo de democracia con altas cotas de exclusión institucionalizada que encontramos en aquella espléndida Atenas.
Pues bien, a mi juicio es ese mainstream europeo, más incluso que la intrusión masiva de personas que transgredieron la frontera de Ceuta, lo que amenaza el modelo de sociedad abierta que era la ciudad de Ceuta y que podría ser un ejemplo, un antídoto para la amenaza de los bárbaros, en España y en Europa.
Recordaré que lo que sí encierra la historia que nos narra Homero en la Ilíada es la potencia del sentimiento de piedad y empatía por quien sufre, el antídoto al motivo mismo del poema, tal y como nos lo propone el primer verso del canto primero: canta, oh diosa, la cólera del pélida Aquiles. Porque, como explica Simone Weil, si bien la Iliada es un poema de cólera y fuerza, la que embarga a Aquiles contra Agamenón cuando éste le arrebata a Briseida y le hace apartarse de la guerra, la misma que le domina una vez más tras la muerte de su amado Patroclo a manos del héroe troyano y le hace volver a la guerra, pero con un motivo privado (algo que, curiosamente está bien reflejado en Troya, la versión que rodó W. Petersen en 2004), esa cólera, lo digo con Weil, tiene un contrapunto precioso en el famoso pasaje en el que Príamo suplica a Aquiles que le permita enterrar los despojos de Héctor y lo consigue. La piedad ante el sufrimiento del otro, nos hace ver Weil con Homero, se impone así a la crueldad, la violencia, la discriminación y deshumanización del otro, que son las pulsiones básicas de la barbarie.
Pero la apelación a la piedad, a la empatía ante el sufrimiento y desvalimiento de los otros, aunque condiciones necesarias para contrarrestar la narrativa tóxica de deshumanización del otro, no parecen hoy suficiente barrera contra la barbarie, contra esa crueldad que se extiende como una mancha metífica por toda Europa, y que hemos visto que amenaza romper la tradición de modélica convivencia de las cuatro culturas en la ciudad de Ceuta.
No: es el momento de oponer la barrera más fuerte que ha creado nuestra civilización contra la crueldad, la violencia y la discriminación. La barrera del Derecho, con todo su monopolio legítimo de la fuerza, para sancionar, incluso duramente, comportamientos que afrentan a la humanidad como civilización. Por eso, hoy, todos debemos ser conservadores: poner pie en pared para preservar el Estado de Derecho, en Ceuta, en España, en Europa. Para controlar los excesos del poder, del poder de allende nuestras fronteras y del propio. Para exigir responsabilidades y sancionarlas, sin algaradas ni hipérboles apocalípticas, sino con la fuerza tranquila del Derecho. Y desde esa base, siempre bajo el control del Estado de Derecho, es como debemos recurrir también a una política de defensa europea, autónoma y que, como ha explicado reiteradamente Jesús Núñez Villaverde, sin ser necesariamente belicista, sea lo suficientemente firme como para contrarrestar las amenazas reales de rango bélico a las que tenemos que hacemos frente.



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