Opinión
Bendita escasez de vivienda

Por Israel Merino
Reportero y columnista en Cultura, Política, Nacional y Opinión.
¿Era tonto Baldomero II cuando exponía un par de trapos buenos en las colganderas de la pañería y, al entrar un cliente en busca del ajuar completo, le colocaba solo esos dos excusándose en que no había ni uno más disponible, aunque tuviera una caja rebosante de material nuevo bajo el mostrador? En absoluto: era listo, el más listo de todos los comerciantes de aquella España decimonónica y prerrevolucionaria que se olía a lo lejos los cascos sucios de la Gloriosa – que no llegaría realmente, o llegaría más suave de lo que cualquiera imaginaba – y veía la forma de transformar la coyuntura social en efectivito del que tintinea en los portamonedas; Baldomero II entendía la expectación, el miedo, la inestabilidad, la angustia y la escasez, más esto último que ninguna otra cosa, y diseccionaba la mente del madrileñito de a pie para convencerle de que aquellos trapos buenos eran una golosina excepcional, unas rara avis que debían pagarse al precio que al pañero le diera la gana porque, ay, amigo comprador, son muy poquitos los que tengo y no me dan las anchuras ni los contactos para encargar más de los que aquí expuestos ve. Vuelva, vuelva usted mañana a ver si la suerte o la Providencia nos ha provisto de un material tan escaso como buscado que en consecuencia deberá pagar.
Baldomero II, patriarca de aquel clan de los Santa Cruz que protagoniza la imprescindible Fortunata y Jacinta, sabía que la ley de la oferta y la demanda es un texto borroso en papel empobrecido que se puede toquetear en beneficio del dueño del rotulador; que la mano invisible del mercado, por la que los liberales todavía se rasgan las vestiduras y rezan credos, solo sirve como juguetito masturbador para empresarios exitosos. Claro que había suficientes paños y telas de las buenas, pero era mucho más cómodo y rentable hacer fortuna desde la escasez: ¿para qué vender cuatro paños a ocho reales, sacando dos por cada uno, pudiendo vender a cuatro los del primer par y reservar los del segundo para colocarlos a ocho, cuando se corriera el rumor de la escasez del género? Baldomero, te diría cualquier emprendedor aguililla, sería gilipollas si no lo hiciera.
Estos días, mientras la precampaña electoral nos arruma con su fervorosa comunicación política para imbéciles, escuchamos a los elegibles de la derecha argüir que el problema de la vivienda podría acabarse en siete días y siete noches si se dejara construir al libre albedrío; que la cosa es que faltan casitas – algo de razón, si hablamos de diagnóstico primario del problema, no les falta – y que la solución va de licenciar a todo empresario del ladrillo para que se pongan a edificar cual niño obsesivo al que le regalan un Lego por Navidad. Lo que la derecha no sabe, o sí, pero nos lo oculta, es que los promotores no quieren construir masivamente; no quieren darle la vuelta a esa ley de la oferta y la demanda que les permite controlar el suelo, el mercado y la tensión social, y les deja forrarse gracias a pisos que sacan con cuentagotas en los PAUs de las grandes urbes y que venden como promociones exclusivísimas pese a ser mierdas con cédulas de habitabilidad. Compre rápido y caro usted, señor mío, que la obra nueva es escasísima y me la quitan de las manos, y no mire de cuánto suelo soy propietario ni me pregunte qué no construyo más. ¡Bendita, o sea, maldita escasez de vivienda!
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