Opinión
'A better man': los malestares y los 'molestares' masculinos.

Por Octavio Salazar
Catedrático de Derecho Constitucional de la Universidad de Córdoba y miembro de la Red Feminista de Derecho Constitucional
Una de las grietas más profundas que atraviesan los cuerpos, en un sentido individual pero también colectivo, en este siglo de miedos e incertidumbres es la relacionada con el estado de desconcierto de un número significativo de hombres que, como mínimo, andan desubicados ante una realidad que les muestra que su traje tradicional se les ha quedado demasiado estrecho. Si a ello unimos factores socio-económicos que se ceban en quienes tienen lógicamente muchas dificultades para leerse como parte de una masculinidad hegemónica, el resultado es, como ya estamos sufriendo, un caldo de cultivo idóneo para que prosperen las comunidades reactivas y los discursos que sacan partido a unos malestares que, en el mejor de los casos, interpretamos en clave patológica e individualista. El gran error de la izquierda ha sido dejar que esas fracturas estén siendo ocupadas por quienes prometen la fácil respuesta de un orden conservador, sin que hayamos sido capaces de promover alternativas emancipadoras para quienes sienten que se tambalean sus referencias vitales. Todo ello en el marco de unas estructuras y de unas relaciones de poder que amparan y consolidan las jerarquías que generan discriminaciones, violencias y tantos "molestares" que las mujeres, como también los hombres que no encajan en los patrones hegemónicos, sufren a diario. Unos abusos y humillaciones que durante siglos fueron silenciados y que ahora, gracias al feminismo y a las feministas, han salido del armario con la potencia de quiénes se reclaman no solo víctimas sino sobre todo, y ante todo, sujetos agentes.
Si hace un par de años la serie Adolescencia nos puso delante de nuestras narices qué está pasando entre los chicos más jóvenes, a los que con demasiada frecuencia estamos convirtiendo en la diana expiatoria de los males adultos, ahora una serie noruega nos describe con rotundidad dramática el estado crítico de unas masculinidades que, entre el resentimiento y la ira, no están siendo capaces de reajustarse para ser parte de un pacto de equivalentes que sustituya al contrato sexual que todavía hoy mantiene a tantas mujeres en un estado de minoría de edad y bajo el control disciplinario que supone vivir con miedo. A better man nos cuenta la historia de dos hombres que de manera muy distinta son prisioneros de una masculinidad que jode y les jode, aunque en el fondo ambos comparten la carencia de herramientas para salir de una jaula que, en ocasiones, los lleva a convertirse en monstruos. Mientras que Tom responde fielmente a las características de toda esa cultura que identificamos con los incels, su vecino Audun, sin embargo, es un varón corresponsable que está disfrutando de su permiso de paternidad mientras que su compañera trabaja y que, en apariencia, responde a ese prototipo de "nueva masculinidad" que, según la voz inicial de Tom, ha hecho que los hombres, feminismo mediante, pierdan su esencia. Todo ello en un país en el que a nivel institucional han ido calando discursos y prácticas igualitarias y en el que vemos cómo una monologuista "empoderada" es objeto de ataques de todo tipo en unas redes sociales convertidas en campo abonado para la misoginia más extrema. En solo cuatro episodios, la serie da un repaso a todos los factores que hoy están lastrando la lucha por la igualdad, incluidas la industria del sexo y el salvaje mundo digital, así como también la expansión de un discurso feminista institucionalizado que en ocasiones genera más rechazo que adhesiones, y evidencia cómo los "hombres blancos cabreados" no son una invención teórica de Michael Kimmel sino un sector muy relevante en unas democracias que parecen haber renunciado a cumplir buena parte de sus promesas.
La gran vuelta de tuerca que nos plantea A better man es que Tom, para huir de la persecución desatada contra él tras sus amenazas violentas y machistas a la monologuista que es capaz de reírse del patriarcado, decide hacerse pasar por mujer y será justamente desde su vivencia en ese cuerpo prestado, siendo Berit luchando contra el Tom que sigue bajo las faldas, cuando acabará tomando consciencia no solo de lo que sufren ellas sino también de todas las carencias que lo han llevado a él a ser un misógino violento y peligroso. Será a través del cuidado y de la empatía, de la comunicación con las mujeres (en concreto, mujeres víctimas de violencia sexual), cuando el tipo impresentable del principio empezará un proceso de transformación, que presumimos imperfecto y dubitativo, pero que le lleva a una desconexión con ese macho que habitaba en él y que le lleva a afirmar lo harto que está de ser hombre, de arrastrar esa mochila pesadísima de una expectativas de género que lo llevan a la soledad y a la ira. Un proceso que también vivirá su vecino, si bien desde otras claves, pero también desde el reconocimiento de la pérdida de brújula de un hombre que acaba asumiendo que no ha estado sino representando un papel mientras que dentro de él sigue habitando un tipo que lo acerca peligrosamente al vecino incel con el que, de alguna manera, comparte fratría.
A better man, que podríamos considerar el reverso inteligente y políticamente comprometido de la facilona Machos alfa, es de esas series que te dejan clavado en el sofá una vez que la has terminado de ver y que, al menos en mi caso, me ha hecho plantearme cuánto de lo que representan Tom/Berit y Audun hay en mí. Un proceso de concienciación doloroso pero necesario para el que hay salida, como bien nos muestra esta producción noruega. Una salida que tiene que ver con la politización de nuestros malestares pero sin perder de vista los "molestares" que causamos y que nos obliga a todos a iniciar un camino que no es un juego de suma cero sino una apuesta por un mundo de sujetos equivalentes, que con-cuidan y que han sido capaces de eliminar la violencia como forma de gestionar los conflictos y como herramienta con la que disfrazar nuestra irremediable vulnerabilidad. Las dos manos que se tocan en la escena final nos hablan justamente de ese horizonte de posibilidad.
Comentarios de nuestros socias/os
¿Quieres comentar?Para ver los comentarios de nuestros socias y socios, primero tienes que iniciar sesión o registrarte.