Opinión
Los bibliotecarios vuelven a liarla

Sociólogo y miembro del Grupo de Pensamiento Laico
-Actualizado a
"¡Malditos bibliotecarios! Dios los bendiga. No debería sorprender a nadie que los bibliotecarios fueran la vanguardia de la ofensiva. Mucha gente los ve como ratoncitos maniáticos obsesionados con imponer silencio a todo el mundo, pero en realidad lo hacen porque están concentrados tramando la revolución a la chita callando". Michael Moore, Estúpidos hombres blancos.
Estaba comenzando el siglo XXI cuando Michael Moore, el 1 de diciembre de 2001, contó en un acto que antes del 11S había enviado a la editorial Harper Collins el texto de su libro Stupid White men… and other sorry escuses for the State of the Nation, traducido al español como Estúpidos hombres blancos. Tras el 11S, el libro ya estaba listo para la distribución, pero en la furibunda oleada patriótica que sobrevino, la editorial decidió que Moore tenía que eliminar algún capítulo y retocar otros, lo que el autor aceptó. En la charla del 1 de diciembre contó esto y días después un ejecutivo de la editorial le llamó con un gran cabreo porque la editorial estaba recibiendo muchas cartas protestando por la censura que querían aplicar al libro. Preguntó a Moore qué les había contado a los bibliotecarios, y Moore no sabía qué responder, no entendía qué había pasado. No sabía que a la charla del 1 de diciembre asistió Ann Sparanese, bibliotecaria en Englewood (New Jersey), que al llegar a casa se conectó a internet y escribió a sus colegas. El final de toda esta peripecia es que la editorial tuvo que publicar el texto completo sin censura, resultando un libro que llegó a ser un gran éxito editorial. Una batalla sorpresivamente ganada.
Aquí en España, el colectivo bibliotecario también ha tenido sus andanzas. Durante el primer gobierno de Rodríguez Zapatero (2004-2008), un grupo autodenominado Komando contra el préstamo de pago (más tarde rebautizado como Plataforma Contra el Préstamo de Pago, para no asustar mucho) estuvo dando algún que otro quebradero de cabeza a instituciones como el Ministerio de Cultura de la época, la Biblioteca Nacional o CEDRO. Europa instaba a España a cumplir la directiva 92/100 de la UE, que pretendía obligar a las bibliotecas públicas a cobrar un canon por el préstamo de pago, lo que a gran parte del colectivo bibliotecario le parecía inaceptable. Bastante tiempo duró esa batalla cultural. La Plataforma Contra el Préstamo de Pago consiguió el apoyo a su campaña de más de trescientos mil usuarios de bibliotecas, de cientos de profesionales de las mismas y de una gran cantidad de escritores y personalidades del mundo de la cultura, desde José Luis Sampedro, con un magistral escrito, hasta Ian Gibson y Paul Preston, Belén Gopegui, Almudena Grandes, Luis García Montero, Isaac Rosa, Inmaculada Chacón y un larguísimo etcétera. Incluso, y puede sorprender, también hubo editores en contra de la medida.
Pues bien, miembros de esta misma plataforma, relanzada recientemente a causa del genocidio perpetrado en Palestina por el Estado sionista israelí, se han puesto en marcha de nuevo tras un periodo de varios años en letargo bajo el nombre BibliotecasxPalestina. Su objetivo inmediato: que la Biblioteca Nacional, las bibliotecas universitarias y las bibliotecas del CSIC dejen de utilizar el programa informático ALMA, de la empresa israelí Ex Libris. De momento, ya ha habido una reunión con la dirección de la Biblioteca Nacional, que ya está haciendo un nuevo pliego de condiciones, y otra con la embajada palestina en España; asimismo, se han enviado cartas pidiendo entrevista a las presidentas de la CRUE (Conferencia de Rectores y Rectoras de las Universidades Españolas) y del CSIC (Consejo Superior de Investigaciones Científicas), con el mismo objetivo. Son numerosos los profesionales de las bibliotecas que están apoyando esta iniciativa, y también han comenzado a llegar apoyos del campo de los archivos.
Un artículo publicado en El Salto el pasado 24 de octubre se titulaba Bibliotecas públicas: un tercer lugar donde ensayar la utopía. No es extraño que dictadores en dictaduras y en democracias –caso de Trump, sin ir más lejos- promuevan la censura de libros en bibliotecas. Durante este curso 2024-25 en Estados Unidos se han censurado en centros educativos cerca de 4000 libros, según el PEN Club, sobre todo en estados republicanos, y entre ellos al menos dos de García Márquez: Cien años de soledad (publicado por la Real Academia Española en una edición conmemorativa del 40º aniversario de la primera publicación de la novela, 1967) y El amor en tiempos del cólera.
La profesión bibliotecaria está alerta ante abusos como los mencionados y se ha movilizado en numerosas ocasiones ante guerras (por ejemplo, en 2003, con motivo de la guerra de Iraq se creó el colectivo Bibliotecarios por la Paz), casos de censura y otros hechos. Hay numerosos colectivos -en el caso de Palestina uno de referencia es Librarians and archivists with Palestine-, que luchan por unos buenos servicios públicos culturales y una sociedad más justa, más culta y más reflexiva y crítica… en definitiva, por una democracia plena y a la altura del siglo XXI.
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