Opinión
Las otras bolas negras
Historiadora, investigadora del CEDID-UAB y coordinadora del Archivo Histórico de la Fundació Carles Pi i Sunyer
Si les digo "bola negra", todos pensaran en la película que estas semanas ocupa el número uno en el ranking de películas más vistas. Normal. Más de tres millones de espectadores han pasado ya por los cines para ver la última obra de Javier Calvo y Javier Ambrossi. En el Festival de Cine de Cannes se llevó el premio a la mejor dirección con una larguísima ovación del público presente, y ahora empieza la carrera americana para conseguir el Óscar como mejor película internacional. Y si les pregunto qué imagen les ha quedado gravada de esta película, muchos dirán, seguramente, una secuencia difícil de olvidar: la de unos señores de casino votando en secreto si un joven merece o no pertenecer a su club. Bola blanca, sí. Bola negra, no. Blanca, aceptado. Negra, excluido. ¿Pero cuál es la razón que condiciona tal veredicto? A medida que la película avanza, uno va entretejiendo los hilos de este gran tapiz cinematográfico.
La semilla original de esta película es pequeña y concreta. Apenas cuatro páginas que Federico García Lorca dejó escritas de una obra que nunca terminó, La bola negra: la historia de un muchacho de buena familia al que el casino de su ciudad le cierra las puertas. Los Javis toman ese elemento para construir, a partir de él, una auténtica obra de ingeniería. A esas cuatro páginas le suman La piedra oscura, la obra teatral de Alberto Conejero que en 2015 triunfó en los escenarios españoles y arrasó los Premios Max llevándose cinco estatuillas, entre ellas las de mejor espectáculo de teatro, mejor director y mejor autor. En ella, Conejero recuperaba la figura de Rafael Rodríguez Rapún y explicaba la historia de dos hombres que se conocen en plena guerra civil y acaban amándose mientras comparten las últimas horas de una cuenta atrás. Todo ello, bien entrelazado y añadiendo una tercera capa, la del joven gay que descubre una herencia de un abuelo que no conocía, convierte La bola negra en la historia de tres vidas de hombres homosexuales en 1932, 1937 y 2017.
Se le pueden discutir excesos, y la crítica no se ha cortado. Pero tiene un mérito que no es menor: ha sacado la memoria LGTBI de las salas pequeñas y la ha puesto delante del gran público. El historiador Gonzalo Berger lo señalaba hace unas semanas: la batalla cultural de la memoria se va a ganar, sobre todo, en el terreno audiovisual.
De los personajes de la película, algunos son ficticios y otros, reales. Aparte de Federico García Lorca, el otro gran nombre que no es inventado es el de Rafael Rodríguez Rapún. Nacido en Madrid el verano de 1912, estudió ingeniería de minas, se afilió a la Agrupación Socialista de la capital española y en 1933 entró en La Barraca, aquella compañía de teatro ambulante con la que la República quiso llevar las grandes obras de los autores españoles como Calderón o Lope de Vega a pueblos que jamás habían visto una función. Primero como actor; después, ocupándose de las cuentas y la intendencia de la compañía, Rodríguez Rapún enamoró a Lorca. Fue su último amor. Lo llamaba "el de las tres erres". Y fue también, conviene subrayarlo, un hijo de aquel proyecto educativo republicano que entendía la cultura como un derecho y no como un privilegio.
Cuando Rafael se enteró del asesinato de Federico, se alistó en el ejército republicano. Se formó en artillería (en la ciudad de Lorca, en Murcia, ironías de la geografía) y fue destinado como teniente al frente de Cantabria. Murió el 18 de agosto de 1937, durante la batalla de Santander. Lo enterraron en el cementerio de Ciriego. Y allí quedó su cuerpo, durante décadas, sin que casi nadie supiera de él, anónimamente enterrado. Federico lleva noventa años sin tumba. Rafael tuvo tumba, pero nadie pronunciaba su nombre delante de ella. Dos maneras distintas de desaparecer.
Hay nombres que la historia pronuncia en voz alta y nombres que apenas susurra o ni eso. Federico García Lorca pertenece al primer grupo: su cuerpo sigue sin poder ser identificado, pero su nombre lo conoce medio mundo. Rafael Rodríguez Rapún pertenece al segundo. Murió un año más tarde que Lorca, y durante décadas casi nadie lo mencionó ni supo de él. Ahora, La bola negra, y antes La piedra oscura, lo rescatan del olvido y lo reivindican con mayúsculas. Un magnífico ejemplo de tantas y tantas vidas que se truncaron aquellos meses luchando por la causa republicana y que el régimen franquista se encargó de borrar. Su nombre, su cara, y su voz.
¿Es La bola negra una película de memoria histórica? Probablemente sea mucho más que eso. Pero su mayor virtud es haber devuelto al debate público algunas de las preguntas que España sigue teniendo pendientes: qué recordamos, a quiénes hemos olvidado y por qué determinadas vidas permanecieron durante décadas fuera de nuestro relato colectivo.
Hay, al menos, dos cuestiones que merecen una reflexión. La primera tiene que ver con la desmemoria de este país y con los silencios que se transmiten de generación en generación. Y aquí tanto vale el ejemplo de Rafael Rodríguez Rapún, como el de Alberto, el personaje interpretado por Carlos González magistralmente y que representa aquella tercera generación que descubre el pasado silenciado de su familia. La de un abuelo desconocido que vivió la guerra, pero la silenció en casa; la de una madre que creció sin saber, heredando este vacío y resentimiento; y finalmente, la del nieto que pregunta e investiga. Callar fue una forma de sobrevivir; romper el silencio, una forma de reparar.
La segunda cuestión es el de la memoria LGTBI. Rafael y Federico murieron en una guerra. Miles de hombres y mujeres sufrieron después otra, más sigilosa y mucho más larga: la que la dictadura libró contra su manera de amar. Y aquí la historia exige precisión. La Ley de Vagos y Maleantes es de agosto de 1933, aprobada en plena República, y no decía nada de la homosexualidad. Fue el franquismo quien, el 15 de julio de 1954, la reformó para incluir expresamente a los homosexuales en aquel artículo segundo "con propósito de garantía colectiva y con la aspiración de corregir a sujetos caídos al más bajo nivel moral". Según el texto original, "no trata esta Ley de castigar, sino de proteger y reformar". Pasaban a ser un colectivo perseguido, cuyos integrantes debían ser "reformados". Aquel día, la bola negra dejó de guardarse en una urna de madera para pasar a publicarse en el Boletín Oficial del Estado. Y unos años más tarde, en 1970, llegó la Ley de Peligrosidad y Rehabilitación Social, que la tipificó como desviación a castigar y curar.
La democracia tardó en llegar a ellos. La homosexualidad se despenalizó el 26 de diciembre de 1978, pero aquella ley no se derogó del todo hasta 1995. La Ley de Memoria Histórica de 2007, como han denunciado los colectivos, ni siquiera los mencionaba. Ha tenido que ser la Ley de Memoria Democrática de 2022 la que, en su artículo 3, reconozca como víctimas a "las personas LGTBI que sufrieron represión por razón de su orientación o identidad sexual". Más de cuatro décadas de democracia para que una ley los llamara por su nombre.
Un último comentario, porque los historiadores también tenemos que hacer nuestro trabajo. La bola negra es ficción, y la ficción tiene todo el derecho a inventar. Pero fuera de la pantalla conviene no simplificar. A Lorca lo mataron por una confluencia de razones: por republicano, por lo que representaba, por las rencillas políticas y familiares de la Granada de 1936 y también, sí, por homosexual. Reducirlo a una sola causa empobrece el relato. Y no hace falta elegir. Rafael Rodríguez Rapún es la mejor prueba: homosexual y soldado de la República. Las dos cosas a la vez, sin contradicción alguna. Él no tuvo que elegir entre amar a un hombre y defender la República. La memoria tampoco debería obligarnos a hacerlo.
Hoy recordamos a todas las víctimas. Que "todas" signifique, de verdad, todas. Que incluya a Rafael en Ciriego pero también a los cientos y miles que aún quedan por localizar e identificar. Por eso hay que pronunciarlos. Porque la bola negra no fue una anécdota de casino. Fue una política de Estado. Y la democracia también se defiende recordando los nombres que el franquismo quiso tachar.
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