Opinión
Borboneando en el sofá

Por David Torres
Escritor
Con doscientos setenta y pico años de emisión y once temporadas en antena, Los Borbones es una de las comedias más exitosas de la política europea, pese a ciertas interrupciones causadas por incidentes ajenos a la productora. Es lógico que, según avanzaban los capítulos, los guionistas fuesen intentando adaptar cada episodio al clima de los tiempos. Así, empezaron la dinastía por todo lo alto, con un Felipe V que no se lavaba el sobaco ni cuando se creía una rana; apostaron fuerte por Fernando VII, un monarca traidor a su país, delator de sus amigos y asesino de patriotas; y se la jugaron a tope con Juan Carlos I, quien tuvo tanto éxito, entre regatas, comisiones y amigas entrañables, que decidió hacer un spin-off de sí mismo.
En el último episodio de la teleserie, los guionistas de La Zarzuela decidieron aprovechar la semifinal del Mundial de Fútbol entre Francia y España para mostrar a la familia real disfrutando del partido en un hotel de Barcelona. Al parecer, la secuencia intentaba dar una impresión de cercanía, de campechanía incluso, todos apretujados en un sofá minúsculo, con camisetas personalizadas que más bien parecían compradas en un chino, sin una mala mesa delante donde apoyar los pies, dejar los botellines de cerveza o picotear patatas fritas y ganchitos. Sí, era todo teleteatro, más falso que una exclusiva de Eduardo Inda, pero se trataba una vez más de conectar al pueblo con la monarquía, aunque fuese a través de una televisión de pantalla plana, una lámpara de pie y un extintor obsoleto. Un tiki-taka de objetos que resume España en una trilogía.
Ante la pregunta de por qué montaron semejante pantomima, sin prever ni las consecuencias ni las risas, cabe responder que los guionistas pensaron que seguramente España iba a perder y que no haría ninguna falta emitir la grabación. Sin embargo, nunca se debe desdeñar la credulidad secular del público español, capaz de tragarse sin rechistar tres o cuatro sentencias judiciales que también las podía haber pitado Infantino. A la inventiva sin límites y el esfuerzo contrarreloj del servicio de protocolo calculando la iluminación, anticipando los mejores enfoques y preparando con antelación el nuevo equipamiento de la monarquía, hay que sumar la profesionalidad de los actores. Vete a saber si el próximo mensaje navideño no lo dicta Felipe VI disfrazado de Santa Claus en un plató de La que se avecina.
Ha sido todo un éxito porque el fútbol es el deporte rey y los borbones son los reyes del deporte monárquico. Además, los guionistas saben muy bien que nunca se debe confundir realidad y realeza. Ante el espectáculo del fútbol, el rey debe mostrar el entusiasmo justo, sin ponerse a hacer aspavientos, pegar voces y llevarse las manos a la cabeza como si fuese Roncero. Todo un país unido, como siempre, por el fútbol; no iba a unirse por el problema de la vivienda, la criminalización de los inmigrantes, las listas de espera de la Seguridad Social o la folklórica costumbre de reemplazar bomberos por toreros.
Está de moda que, aparte de los comentaristas deportivos, youtubers e influencers hagan videos sentados en camiseta y gritando como locos después de un gol. Uno de los más fogosos ha sido el Xokas, un especialista en nada patrocinado por Burger King, otra exitosa franquicia monárquica, aunque no tanto como los borbones. Colocar una mesa con los botellines de cerveza y un bol lleno de patatas fritas al alcance de la mano hubiese sido pasarse de frenada, como lo hubiera sido invitar a la farsa a Victoria Federica a caballo y a Froilán loco de alegría, pegando tiros al techo con una escopeta. Tal vez, con una asignación congelada en ocho millones y pico de euros, la Casa Real no tenía presupuesto suficiente, pero más divertido hubiera sido, eso seguro.

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