Opinión
Cada silencio de Zapatero lo llena un Aldama

Directora corporativa y de Relaciones institucionales.
Los chivatazos coordinados de los dos directivos de Plus Ultra, el presidente y cofundador Julio Martínez Solla, y quien fuera CEO de la compañía hasta el pasado mes de junio, Roberto Roselli, además del examigo -suponemos lo de ex- de José Luis Rodríguez Zapatero, Julio Julito Martínez Martínez, han impactado como un misil en la credibilidad de quien fue también líder del PSOE entre 2000 y 2012, un partido que pese a su confianza en la honradez del expresidente, empieza a tambalearse con el paso del tiempo y el silencio del acusado.
No por esperados tras la invitación pública que hizo el comisionista corrupto y delator Víctor de Aldama, al que el Tribunal Supremo dejó vivito, coleando y de fiesta en Formentera tras la sentencia del caso mascarillas, los escritos de Martínez Solla, Roselli y Julito Martínez, presentados coordinadamente horas antes la declaración de este último ante el juez de la Audiencia Nacional, José Luis Calama, han acabado de dinamitar los ánimos en el Gobierno de coalición y el PSOE, aunque las apariencias traten de mantenerse y el Ejecutivo se reafirme en el respaldo a la inocencia del expresidente.
Las tres confesiones/colaboraciones/delaciones/traiciones... escritas, que Martínez Martínez ha repetido este lunes ante el juez Calama, están llenas de interrogantes y contradicciones, como el hecho de admitir que el rescate del Gobierno a Plus Ultra cumplía todos los requisitos legales -tutelados, de hecho, por los servicios jurídicos de la SEPI, revisados por el juzgado de instrucción número 15 de Madrid, analizados por la Comisión Europea y fiscalizados por el Tribunal de Cuentas-, pero, por si las moscas, comprometer una comisión del 1% a Martínez Martínez que éste se habría repartido con Zapatero no se sabe cómo ni por qué influyentes gestiones ni con quién se hicieron éstas.
Todos los argumentos jurídicos que se puedan dar -y se están dando- apelando a la falta de indicios y concreción para sostener las graves acusaciones de la cúpula de Plus Ultra y de Martínez Martínez contra el expresidente como el conseguidor del préstamo público a Plus Ultra no neutralizan el impacto político del caso Zapatero en el Gobierno, en el PSOE particularmente, y en los socios parlamentarios. La desazón generalizada que este caso ha instalado en la izquierda tampoco la alivia esa incredulidad machacona en la que insisten quienes conocen bien al ex líder socialista y niegan que el amigo/político fuera capaz de diseñar un plan tan rebuscado como el narrado por Julito Martínez para convertir a Zapatero en la mano fantasma que mece la cuna, ejecuta lucrativos planes a escala nacional e internacional, abre sociedades off shore en Dubái que aparecen a medias o no aparecen, se cuela en ministerios y empresas públicas y no deja rastro ni en la ducha. Ni los políticos ni las instituciones pueden exigir a la ciudadanía ejercicios de fe en responsables públicos, por más que la existencia de una monarquía y varios jueces nos saque los colores a algunas.
El expresidente, encerrado y concentrado en la preparación de su defensa, mantiene su versión, su inocencia y su silencio a pesar del ruido y la petición de "explicaciones" por parte de un PP entusiasmado hasta la baba y unos socios de Gobierno y parlamentarios que batallan con la estupefacción, el desconcierto y un cabreo mayúsculo, ora con la parcialidad de algunos jueces y fiscales, ora con el propio Zapatero, sus consultorías, sus joyas y su mutismo. Todo el mundo quiere saber qué tiene que decir el expresidente sobre las acusaciones de ese amigo que nadie entiende que lo haya sido -si es que lo fue en algún momento- y aunque la discreción puede ser comprensible y exigible desde el punto de vista de la defensa, la política tiene otros tiempos de los que Zapatero no puede disociarse. Él sabe que sus detractores y hasta enemigos disponen de mucha imaginación y siniestros recursos para ocupar los silencios -y okupar algunos tribunales-.

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