Opinión
El cambio que llega y los piragüistas chinos

Por Marga Ferré
Presidenta de Transform Europe
Hace años, durante unas Olimpiadas, andaba yo con la tele encendida cuando me llamó la atención el locutor de una carrera de piraguas. La carrera estaba a punto de empezar y se notaba que el comentarista no tenía ni idea. La narración fue hilarante sin pretenderlo y fue más o menos así: "Bien, va a empezar la carrera de piraguas con ocho países, nos han contado que el equipo chino viene bien preparado: empieza la carrera, los chinos han salido un poco lentos, a ver si recuperan, han llegado los penúltimos a media carrera, pero tienen opciones, los piragüistas chinos han perdido otro puesto, a ver si en la recta final, no, no ha podido ser, los chinos han llegado en último lugar, devolvemos la conexión".
Bueno, pues con la extrema derecha pasa como con los piragüistas chinos: parece que solo se dé importancia a lo que ellos hacen, aunque pierdan. Un marco que solo se centra en ellos, tanto, que incluso algunos medios e intelligentsia que dicen combatirles, parecen lamentar que retrocedan.
El referéndum sobre la reforma constitucional en Italia ha sido contado como un tropiezo de Giorgia Meloni, cuando lo que ha sido es una derrota histórica del neofascismo italiano, liderado (y ahora es cuando a más de uno le estalla la cabeza) por la juventud italiana y el denostado sur. La derrota ha sido tan brutal y la victoria tan celebrada que hay quien empieza a hablar de un frente constitucional (la Constitución italiana es la Constitución antifascista) para vencer a Meloni.
En Francia, el país de al lado, la izquierda ha tenido un magnífico resultado electoral en las elecciones municipales, tanto que aun andan celebrándolo. En Eslovenia y en Dinamarca se daba por descontado el triunfo de la derecha y la extrema derecha y han perdido. Lo mismo que cuando en Portugal no ganaron la presidencia del país por mucho que su victoria se hubiese anunciado como un hecho indiscutible. En abril hay elecciones en Hungría y por primera vez en años el amigo de Vox, Víktor Orbán, se tambalea. Si pierde las elecciones ya les anuncio que pago yo la ronda.
Este sábado medio millón de personas ocuparon Londres contra la extrema derecha y por la paz. Medio millón. En los últimos años (sobre todo desde el inicio del genocidio en Gaza), que haya cientos de miles de personas en las calles de la City es un acontecimiento casi normal.
Más de 3.000 manifestaciones recorrieron decenas de ciudades en los EEUU con millones de personas protestando contra Donald Trump, solo este sábado… puede que no sea mucho para muchos, pero a mí me saben a viento fresco, a brisa que anuncia la lluvia, esa que refresca y promete vida.
Los millones de personas en las calles este fin de semana se unen a hechos narrados a trozos que parecen dispersos, pero que tejen un tapiz distinto: es como si la realidad que no encaje con el mantra de "una extrema derecha en ascenso e imbatible que crece por culpa de la izquierda" (que es el lema de la temporada) fuese una historia que no valiese la pena ser contada.
Ver cómo se pasa de puntillas si la izquierda o el pueblo ganan o llenan las calles y cómo se pone un altavoz a volumen concierto de AC/DC a cada victoria de la extrema derecha me llevan a elaborar la hipótesis de los piragüistas chinos (i.e., aunque se nos narre lo contrario y solo pongan el foco en ellos, van a perder) para explicar el derrotismo narrativo de estos tiempos, aunque sean tiempos de guerra.
Una guerra siempre nos impide hablar en positivo porque nos ahoga la garganta y, encima, la que ahora asola el mundo ni siquiera se narra con un mínimo de seriedad. La guerra contra Irán parece ser otro fiasco y no se relata como tal porque hacerlo deconstruiría la retórica belicista de cuantas más armas mejor, con la que nos han dado la turra ya va para un lustro.
Yo solo quiero recordar aquí que la mayor potencia militar del planeta, los EEUU, fueron derrotados por los talibanes. Que la todopoderosa OTAN no hace más que acumular derrotas y desastres desde la guerra de Irak y que por ello a muchos ni nos sorprende que Irán no salga como querían. Y es que la seguridad no va de armas, es un poquito más complejo. Si todo dependiera de la fuerza bruta, la inteligencia humana no se habría desarrollado y eso es lo que falta, y a raudales, en los palacios del poder: inteligencia. Donde la encuentro, y en abundancia, es en los niños y las niñas de Alemania que están organizando huelgas de estudiantes en las escuelas contra el servicio militar y la guerra; o en las flotillas hacia Cuba o Palestina, cargadas de toneladas de ternura disruptiva.
Con ellos, no minimizo el dolor de la guerra, al contrario, pero sé que sus bombas no solo matan personas, sino que ensordecen de forma intencionada para impedir otras conversaciones y apelar a falsas unidades defensoras de dios sabe qué valores, siempre bajo la tutela de EEUU y la OTAN. Así que quiero salirme del marco y poner en valor las victorias invisibles o esfumatizadas que en Europa ha habido, porque las está habiendo y abriendo, como nubes resquebrajadas, cierto brillo, cierto "algo está cambiando" que empieza a ser imposible negar y que calienta como ese sol que se escapa entre nubarrones feos, que no calienta mucho, pero sienta de maravilla.
No es un cambio brusco, ni ruidoso; más bien una brisa, un movimiento del suelo, un detectar colores sobre fondo gris cada vez más visibles: más gente y en más lugares claman contra la extrema derecha, los vence, los exorciza… Y, sin embargo, parece que no ocurre, como con el ganador de la carrera de piraguas, que seguimos sin saber quién fue.
Brisas en las calles y en las urnas que les amarga la sonrisa a los que creían haber ganado la hegemonía cultural de nuestro tiempo y a los que, a pesar de ser narrados como vencedores, barrunto que les ocurrirá como a los piragüistas chinos: serán los protagonistas del relato, pero perderán la carrera.
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