Opinión
Con el cáncer de páncreas no se debería jugar

Por Pablo Batalla
Periodista
Lo que la prensa anuncia es nada menos que "la primera terapia efectiva contra el cáncer de páncreas". Y, como es lógico, cientos de enfermos desesperados corren a escribir a Mariano Barbacid, solicitándole la terapia o participar en las pruebas, en las que sean; que prueben en ellos todo lo que quieran. Hay que ponerse en ese pellejo atroz. En el estar sentenciado a muerte —el de páncreas pasa por ser el más agresivo de todos los cánceres— y que, de pronto, en esa celda de corredor de la ídem, se crea ver que la maciza puerta de metal se entreabre, y una rendija de luz se cuela por ese estrecho ángulo. Poca y triste luz, pero luz; una raya amarilla y resplandeciente en la oscura pared. ¿Quién no correría a escribir a Mariano Barbacid?
Lo que queda al cocer el asombroso titular es científicamente mucho, y mediáticamente casi nada. Se ha efectuado un experimento prometedor con 45 ratones y "han aparecido un par de moléculas que apuntan muy bien, pero hay que seguir puliéndolas y medir su toxicidad". Y "la probabilidad de que esto acabe bien no es alta, por no decir que es muy pequeñita, pero, si esto va bien, estimamos que en dos o tres años se podría empezar a ensayar en voluntarios humanos". Eso comunicaba uno de los responsables. De la contundencia de una escueta y sísmica oración en presente de indicativo a un fárrago de condicionales y subjuntivos. Un par de moléculas. En dos o tres años. La cosa apunta a. Se podría empezar a. Pudiera o pudiese ser que, en el futuro, algo se pudiese o pudiera hacer con este cáncer terrible. Pero los enfermos actuales no se curarán. "Es un milagro", decía Pablo Motos en El hormiguero. No, no lo es.
Con la prensa ya se sabe. Hay que vender periódicos u obtener clics y hay que captar la dispersa atención del individuo contemporáneo, lo cual cuesta cada vez más trabajo. Eso pasa por simplificar y rotundizar. Pero se acusa a Barbacid de no haber hecho demasiado para templar ese entusiasmo y de haberlo dejado hincharse, para beneficiarse de él. No sabemos si fue así, pero inverosímil no es. Los científicos necesitan también los buenos titulares que la ciencia se suele resistir a dar. Ellos también tienen que vender, cobrar, captar atención que se traduzca en financiación. La ciencia necesita mucha y, en España, recibe poca; se reparte poco dinero y, en la pelea por conseguirlo, se pierden los escrúpulos; es un poco inevitable perderlos. Así funciona el juego capitalista. La prensa es fuente de muchos males, nido de muchas miserias, pero es demasiado cómodo atribuirle toda la culpa de estas cuestiones. En el delito del sensacionalismo, todos tenemos algún arte y alguna parte. Pero en temas tan sumamente sensibles como el cáncer de páncreas, habría que tener una cautela particular, quizás legislativa. Una deontología fijada por ley, que castigase a los medios que la incumpliesen. Una especie de cara B del delito de calumnias: tan grave es vejar a alguien como crearle una ilusión desmesurada. Parte el corazón de la víctima del mismo modo.
Yo me acordaba de un familiar; del pobre P., que se murió de una horrible enfermedad degenerativa que lo fue paralizando durante años, y que se pasó años apuntándose a cualquier bombardeo curativo. Ofrecerse de conejillo de indias para cualquier experimento, peregrinar a Lourdes y otros santuarios. Y hasta caer en la trampa de un estafador búlgaro que pasó por el pueblo, y que pregonaba no sé qué ungüento panaceico que no solo no curaba, sino que era directamente tóxico.
No hay tanta diferencia —la hay, pero no hay tanta— entre el estafador y los que, a sabiendas, pergeñan un titular rimbombantemente optimista. Es jugar con el mismo fuego, aunque un caso sea una antorcha y el otro una cerilla. En una época que cada vez le pone menos límites a cualquier cosa, hay que ponérselos al menos a esta.
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