Opinión
Capitalismo con prisas

Por Enrique Aparicio
Periodista cultural y escritor
-Actualizado a
Volvió a ocurrir. A unos les tocó, a otros no. Ninguna lectura sobre el accidente ferroviario de la semana pasada traerá orden al sinsentido de la tragedia; ni a las víctimas ni a sus allegados les consolarán demasiado las palabras de quienes hemos tenido la suerte de no figurar entre ellos, más allá de la sincera solidaridad y tristeza que les podamos trasladar. Aunque convivimos con la posibilidad de la muerte, preferimos no echarle cuentas: de hacerlo no habría manera sensata de atravesar el día a día. Pero, aunque solo la miremos de reojo, cada tanto esta se empeña en recordarnos que puede cruzarse con nosotros en cualquier momento. A unos les toca, a otros no.
Ahora bien, dos accidentes terroríficos a meses de distancia en un país moderno y en un transporte moderno desbordan este acuerdo. Exceden la aquiescencia sobre la escasa probabilidad de que le toque a uno o a los tuyos. Y más al tratarse del tren, que ha sido siempre un transporte de lo más seguro, el envoltorio ideal para la absoluta tranquilidad. Recostarse sobre el asiento de un vagón genera –o generaba– un estado cercano a la dulce somnolencia, abandonándose a la previsibilidad de los raíles; lejos de la anárquica carretera y sin tener que lidiar con la natural inquietud de ir surcando el cielo a diez mil metros de altura.
Como tantas personas que no viven en el lugar en el que han nacido, llevo media vida usando el tren como transporte principal para desplazarme por el país. Si además el trabajo le suma a uno traslados, como es mi caso –cuántas veces he bromeado con que Renfe es mi coworking–, la cantidad de trayectos acumulados se vuelve directamente incontable. De hecho, escribo estas líneas sentado en el asiento de un tren, al que quizás por primera vez me he subido con miedo. Porque un accidente es un accidente, pero no hay manera de convencer al cerebro de que dos accidentes no sean un patrón, y no solo una caprichosa acumulación de mala suerte.
Este no es un texto conspiranoico ni voy a defender ninguna tesis que se salga de lo racional. Todavía no ha pasado el tiempo suficiente para que el pasmo y la tristeza dejen espacio a la reflexión profunda. Pero es imposible no darse de bruces con este statu quo con el que convivimos, que hemos naturalizado. El crecimiento incontrolado de todo: más trenes, más compañías, más horarios, más velocidad, más viajes, más destinos, más estaciones, más gente, más ofertas, más dividendos, más compromisos, más reuniones fuera, más pisos en el tren, más categorías en los billetes, más cargos si uno espera poder cambiar la hora o que le devuelvan el dinero si cancela. El resultado de ese más de todo es que ahora somos menos de nosotros.
Pensaba estos días cómo iba a titular la columna, hasta que el marido de una de las fallecidas, en un ejercicio admirable de dignidad, generosidad y sensatez, intervino ante los medios acuñando una combinación de palabras mucho mejor que la que se me podría haber ocurrido a mí. Más allá de los errores personales y de los fallos sistémicos, quienes han perdido la vida en Urda son víctimas del capitalismo con prisas. La liberalización del servicio de alta velocidad y la privatización progresiva de sus componentes son un síntoma significativo de la ordenación económica y social a la que nos hemos resignado: que todo lo que pueda ser un negocio lo sea, y cuanto antes.
Transportes, sanidad, energía, educación, pensiones, medios de comunicación. En mayor o menor medida, responsabilidades y servicios que desde hace siglos se entendían como competencia exclusiva del Estado, de la suma de todos, han ido derivando en sectores económicos explotados por unos pocos para beneficio de aún menos personas. Si algunas de las competencias de ese listado siguen siendo eminentemente públicas, es por el esfuerzo sostenido de quienes las trabajan. Por quienes, como vimos hace unos días con los maestros madrileños, se llevan palos por defender el interés de la sociedad entera.
Lo más inquietante es que el sistema no solo devora lo que hay, sino también lo que puede haber. Cuando desaparecen las alternativas, engullidas por ese realismo capitalista que explica el filósofo Mark Fisher, ni siquiera somos capaces de concebir que hay otros modos de organizar la vida, el trabajo y las relaciones entre los seres humanos. Como se ha puesto de ejemplo tantas veces, si no hubiéramos heredado el concepto de biblioteca de un mundo que no era como el actual, no se entendería ni se permitiría que en cada barrio haya un lugar donde los libros se prestan en vez de venderse. Resulta descorazonador fabular qué conceptos similares nos estamos perdiendo, porque el capitalismo ha anulado nuestra capacidad de idearlos.
Así nos ha pillado este nuevo accidente: con la vida reducida a una batalla, bregando cada uno por nuestro lado, contra la explotación, contra la acumulación, contra el mercadeo de más y más partes de nuestra existencia, incluidas incluso las que ni siquiera son físicas o temporales. Nuestra atención, el juicio que hacemos sobre nuestro propio cuerpo o la opinión que generamos sobre lo que nos rodea son los activos de algunos de los mercados más potentes de la deriva turbocapitalista. De esta jungla en la que se puede sacar rédito de cualquier cosa, pero hay que darse prisa para que la competencia no llegue primero.
Y cuando se alcanza esa velocidad enloquecida, no hay tiempo para frenar, aunque se dirija uno hacia el desastre. De nuestra voluntad y de nuestra capacidad de organización colectiva depende que las víctimas de este capitalismo asesino abran esa reflexión profunda que debería ocuparnos cuando el duelo social se calme. Si no, habremos sumado otras siete decenas de cadáveres a un listado que muchos considerarán meros daños colaterales.
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