Opinión
La cena con los idiotas

Por Toni Mejías
Periodista
Desde hace un tiempo, cada vez que se acercan unas elecciones o unas fechas familiares, emerge el mismo debate: ¿se puede compartir mesa, espacio público o grupo de WhatsApp con personas que están en tus antípodas ideológicas? Sobre todo desde el 15M, cuando la política saltó de la privacidad al espacio público y, poco a poco, se fue transformando al hooliganismo que hoy conocemos. Este jueves en Hora 25 de la Cadena SER hicieron un especial sobre esta cuestión y también en redes sociales he visto cómo se han ido promoviendo mensajes en torno a dónde está el límite de lo tolerable en relaciones familiares o de amistad.
Lo que sucede en muchos casos es que se plantea desde una falsa dicotomía. Porque ya no hablamos, en muchos casos, de que uno esté a favor de privatizar los servicios públicos y otros en contra. No es que se crea en el libre mercado o en el reparto de riqueza. Ni siquiera son debates que antaño parecían de máximos como República o Monarquía y que ahora suena hasta debate insulso. No son posiciones políticas contrarias, sino posiciones humanitarias.
En los casos que están sobre el tablero político, como Ceuta o las acampadas por la vivienda, no se debate sobre los temas legales o políticos ni mucho menos. Hablamos de que hay familiares o amistades que celebran que más de 100 personas (muchos menores) murieran intentando llegar a Ceuta, que les parece bien que militares torturen a los migrantes que todavía quedan en la ciudad o aplauden que vecinos agredan a periodistas o políticos de ideología distinta a la suya. Personas cercanas que hablan de invasores y que los prefieren muertos que en territorio español. No hablan de soluciones políticas, no hablan de qué les empuja a esa gente a cruzar a nado, no les importan siquiera los vecinos de Ceuta, sino que quieren sangre y venganza. ¿Es eso respetable? ¿Debemos tener una conversación normal u obviar el tema y callar por no romper lazos?
Lo mismo sucede con los acampados en Sol y en distintas plazas de todo el Estado. Hay personas cercana que comparten bulos sobre Mari Carmen o intentan desacreditar su lucha diciendo que era mala vecina. Llaman vagas a las acampadas como si supieran su currículum o su modo de protesta definiera su vida. Aplauden a los cuatro niñatos que con permisividad policial intentan agredir a quienes piden un techo digno para vivir. No se trata de defender a un fondo buitre (el cual pasaría por encima tuya sin piedad, por cierto), sino de reírte e intentar mancillar el nombre de una anciana que murió por las consecuencias de su desahucio. De desear daño físico y psicológico a las jóvenes que ponen su cuerpo por mejoras sociales para todas. No defiendes la propiedad privada, defiendes que el adversario político no tiene derecho a la vida. Y en ese momento dejas de estar en mi grupo de WhatsApp, en mi mesa y de tener mi respeto o mi afecto.
Entiendo que pueda haber distintos puntos de vista sobre el tema. Comprendo que la afinidad que puedes tener con otras personas desde hace años puede ser más fuerte que estar en las antípodas ideológicas y humanas. Pero ya no hablamos de nimiedades ni de discusiones puntuales, sino que nos va la vida y el futuro en ello. En este momento histórico, donde la extrema derecha aspira a entrar en el Gobierno, con el retroceso que eso supondría para muchas minorías y que pondría en riesgo la existencia de tantas personas, no podemos permitir que se jalee y se respalde desde nuestros círculos cercanos como si fuera algo normal. Que se compartan vídeos de los Vito Quiles o Iker Jiménez de turno y callarnos. Que se hagan memes con Maricarmen o se lancen mensajes racistas y darle a silenciar. La batalla política y cultural impregna cada espacio y tenemos que conquistarlo nos cueste lo que nos cueste. Si tienes que cenar con idiotas, los rebates. De lo contrario, habrá que echar tierra de por medio y dejarles claro que en esta casa no entran los reaccionarios. Insisto, nos va la vida en ello.

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