Opinión
Más allá del cero energético: avanzar hacia la soberanía digital europea

Colaborador de la Fundación Alternativas y coautor de 'Chips y Poder'.
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El gran apagón del 28 de abril de 2025 nos vino a recordar nuestra absoluta dependencia de las redes de energía eléctrica. No es ninguna novedad. Desde los años 1880 en que Edison instaló la primera central eléctrica, el ser humano fue incorporando progresivamente el uso de esta fuente de energía a todas las facetas de su actividad, convirtiéndola en imprescindible. La transición hoy hacia una vida sin voltios sería para nosotros un penoso viaje lleno de renuncias. Consecuentemente, los debates y contraste de opiniones sobre el colapso de nuestra red eléctrica y todo aspecto relativo a nuestra relación con las fuentes de energía se han multiplicado en los medios de comunicación.
Las primeras páginas dedicadas al cero energético han sepultado las ramificaciones del evento sobre otros servicios. De modo relevante afectó a las redes telecomunicaciones y plataformas digitales, donde acaecieron desarrollos ajenos al apagón. Fue especialmente sorprendente el fallo de elementos tecnológicos en territorios insulares que mantuvieron en todo momento la alimentación de energía eléctrica, revelando un diseño y despliegue escasamente resiliente. Tan solo la Comisión Nacional del Mercado y la Competencia (CNMC) parece interesada en estudiar estas derivaciones, aunque no conoceremos sus conclusiones hasta después de septiembre.
Emerge de aquel momento de oscuridad la insuficiente ciberprotección de nuestra actividad social y económica. Ante la posibilidad de un ciberataque como causa del fallo en la red eléctrica, los debates mediáticos subrayaron la importancia de invertir en planes y medidas de seguridad tecnológica. Pero la ciberseguridad es solo un aspecto puntual, el debate tecnológico tras el apagón eléctrico debería tener una ambición más holística y extenderse al ámbito de la soberanía digital, un terreno en el que Europa ha retrocedido en la última década. Entre 2013 y 2023, la participación de la UE en los ingresos mundiales del mercado tecnológico cayó del 22% al 18%, mientras que la de Estados Unidos aumentó del 30% al 38% y la de China del 10% al 11%.
La dependencia tecnológica de Europa respecto de Estados Unidos y, en menor medida, de China se extiende por todas las tecnologías críticas para nuestro futuro. Las plataformas de Amazon, Microsoft y Google acaparan más del 70% de los servicios en la nube usados por las empresas europeas. El Tribunal de Cuentas de la Unión ha señalado el fracaso del Viejo Continente por recuperar su lugar en la industria de semiconductores tras la pandemia de la COVID-19. En inteligencia artificial, la Universidad de Stanford ha reportado que Europa sólo produjo en 2024 tres modelos de lenguaje relevantes frente los cuarenta desarrollados en EEUU y los quince publicados en China. Llega incluso a las redes 5G, donde los suministradores chinos mantienen presencia en un tercio de los nodos de Europa a pesar de haberse desarrollado una política para limitar su despliegue en la telefonía móvil.
El informe elaborado por Mario Draghi sobre la competitividad futura de Europa nos advierte del riesgo de esta dependencia tecnológica. Se desvanece la era de estabilidad geopolítica y la carencia de un nivel adecuado de autonomía digital se convierte en una amenaza de materialización cierta. Elon Musk ya bloqueó el acceso de Ucrania a su red de comunicaciones satelitales —Starlink— en momentos clave de sus combates con Rusia. En paneles solares fabricados en China se han encontrado mecanismos de comunicación no autorizados con su fabricante. La aprobación de una propuesta legislativa presentada hace unas semanas en el congreso estadounidense introducirá un mecanismo de apagado remoto de los chips IA, que en el caso de Europa provienen en un 100% de la otra orilla del Atlántico.
Entre las lecciones que emergieron para la UE del gran apagón eléctrico en España está la dependencia de las infraestructuras tecnológicas en el mismo grado que de la energía eléctrica. La verdad incómoda es que en el continente donde Babbage y Lovelace dieron a luz a la computadora mecánica origen de los ordenadores y donde se inventó la actual telefonía móvil carecemos de control sobre la tecnología que usamos. En el actual entorno geopolítico, todo ello convierte un cero digital en la Unión consecuencia de la armamentización de infraestructuras digitales en un riesgo cierto.
La estrategia europea, sin embargo, debe alejarse del derrotismo digital de no elegir empresas continentales para defender y dejar que sean los mercados los que decidan cuales sobrevivirán. Lejos de ello, si el laissez faire tecnológico de las instituciones comunitarias ha conducido a la situación actual sólo una intervención pública decidida en este sector clave puede iniciar su reversión. La plataforma de tecnologías estratégicas europea (STEP) ha dedicado en su primer año 15.000 millones de euros a proyectos en tecnologías críticas, pero proveniente de programas previamente existentes. Se necesitan otras fórmulas que aporten recursos adicionales, como cláusulas de priorización de empresas europeas en la contratación pública, crear para impulsar la industria digital un mecanismo de deuda mancomunada similar al usado para los fondos de recuperación tras la pandemia o fomentar la capacitación digital de la ciudadanía de modo masivo. Fórmulas que propone Mario Draghi en su ya mencionado informe. Su Whatever it takes (“Lo que sea necesario”) con que salvó de la crisis del euro en 2012 traducido a la soberanía digital.
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