Opinión
Ceuta contra Maricarmen

Por Alma Ruiz
Analista política. Asesoro del Grupo Parlamentario Socialista de la Asamblea de Ceuta
La derecha llegó al otoño con las elecciones encarriladas. Al tumbar los decretos de vivienda puede haber activado a un electorado que las encuestas apenas empiezan a recoger.
El Partido Popular ha resucitado a un muerto. El votante de izquierdas llevaba años oyendo que con la vivienda no se podía hacer nada y había dejado de creer que votar sirviera. El 23 de septiembre desahuciaron en Madrid a Maricarmen, de 87 años, que llevaba setenta de alquiler en el mismo piso del Retiro, y el Ayuntamiento, que gobierna el PP, descartó por "inviable" una fórmula para que regresara. Cinco días después, con la Puerta del Sol acampada, su empresa municipal de vivienda medió un acuerdo que le permite volver con un contrato de ocho años. Suele contarse como el final del caso. Creo que fue su mayor efecto político: a ese electorado le demostró que se podía, y que bastaba con presionar lo suficiente.
Cuatro días más tarde, el viernes 2 de octubre, PP, Vox y Junts tumbaron en el Congreso dos decretos de vivienda. El primero cayó por 178 votos a 172, y al PP le bastaba abstenerse para que saliera. Un contrato mediado y un decreto son cosas distintas, pero la lectura política fue inmediata: lo que una administración del PP había hecho posible para una inquilina, el PP lo rechazaba para las demás. Creo que ahí la derecha cometió un error de cálculo.
Las sociedades nos dividimos políticamente según los conflictos que tenemos con el otro: lo que nos hace sentir parte de una comunidad con la que compartimos identidad, necesidades y deseos es también lo que nos acerca a una papeleta y nos aleja de las demás. La ciencia política llama clivajes o fracturas a las divisiones de ese tipo que duran lo bastante como para ordenar la competencia entre partidos. Hoy pesan dos. Una es la socioeconómica, la de siempre, que enfrenta a quien vive de su trabajo con quien vive de su patrimonio. La otra, más reciente, es la identitaria: quién pertenece a la comunidad nacional, quién entra y quién lo decide.
A la derecha le conviene la segunda, y este verano la tuvo delante. Vivo en Ceuta, donde a finales de julio entraron 72.000 personas en pocos días, según el Ministerio del Interior. He visto lo que hace esa fractura cuando se activa. La defensa de lo nacional convirtió a vecinos en desconocidos. Gente que siempre había tenido posiciones templadas las dejó a un lado para alinearse, y fue la derecha la que supo reunirla. Quedaron dos bloques, conmigo o contra mí, y lo que había en medio desapareció. Con ese mismo movimiento, a escala del país, PP y Vox salieron del verano con la mitad del voto en las encuestas.
La vivienda parte a la gente por otro sitio. Es el conflicto socioeconómico de esta década y no respeta la línea entre bloques: según 40dB, dos de cada tres españoles apoyan limitar los precios del alquiler aunque los propietarios pierdan rentabilidad, y entre los votantes de PP y Vox también son mayoría. La frontera deja dos bandos y el alquiler junta a gente de los dos. Por eso el no del viernes tiene un coste que la abstención habría reducido, aunque abstenerse le costara al PP ante Vox.
Lo que creo que la derecha no midió es a quién le hablaba la demostración de Madrid. La ciencia política llama sentido de eficacia a la convicción de que participar sirve para algo, y es uno de los factores que mejor explican que alguien vaya a votar. La izquierda llevaba años sin él. Según SocioMétrica, el PSOE retiene a menos de dos tercios de sus votantes de 2023 y solo alrededor del 8% se ha ido a PP y Vox. Mi estimación es que ahí puede haber hasta tres puntos de voto socialista que las encuestas no cuentan porque no creen que vaya a acudir.
Una movilización no es todavía un voto. Necesita una papeleta, y ahí la izquierda tiene un problema de oferta. El Sindicato de Inquilinas, que convocó Sol, se mantiene lejos de cualquier sigla. El PSOE lleva ocho años gobernando. Y a su izquierda compiten dos listas que se anulan: en el último sondeo de Sigma Dos, Sumar y Podemos reúnen casi el 10% del voto y once escaños, cuando en abril de 2019 a Vox le bastó un porcentaje parecido para sacar 24. El voto útil hacia el PSOE apenas cambia la suma del bloque, porque en buena parte lo que gana uno lo pierde el otro. Lo que la cambiaría es una candidatura única en ese espacio, el frente amplio del que se habla. Que llegue a existir es hoy la mayor incógnita de la campaña.
La campaña que hoy empieza se decidirá en la batalla de Ceuta contra Maricarmen, migración contra vivienda, clase frente a identidad. Los partidos se preparan para una nueva simplificación del debate, y la derecha sale con ventaja: las últimas encuestas le dan en torno a 203 escaños. Pero si el alquiler lleva a votar a la izquierda que está en casa, no es descabellado que el PSOE acabe siendo la lista más votada. Feijóo gobernaría igualmente, pero como segundo, después de haber defendido en 2023 que debe gobernar quien gana, con un PSOE vivo enfrente y la legislatura más compleja de la historia de su partido. Tuvo que elegir entre regalarle a Sánchez un decreto o regalarle una campaña, y eligió lo segundo.


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