Opinión
Con China poca broma

Por David Torres
Escritor
En China todo se fabrica a otra escala, desde la Gran Muralla a los trenes de alta velocidad. Al comienzo de la pandemia del coronavirus, los chinos construyeron un hospital en Wuhan en semana y media, movilizando a 7.500 trabajadores y más de un millar de excavadoras y grúas. Luego comprendieron que las mil camas previstas eran insuficientes y rápidamente levantaron al lado otro hospital, esta vez de mil seiscientas camas. China es como si fuese otro mundo, a veces hasta parece Bilbao. Para que se hagan una idea, en 2010, se formó un atasco de cien kilómetros de largo en la carretera que va de Beijing a Tibet, un embotellamiento colosal que duró doce días con sus noches, como si estuvieran coreografiando en otro continente aquel fabuloso relato de Cortázar, La autopista del sur.
Con los chinos hay que andarse con ojo, porque lo hacen todo a lo grande, sin andarse con paños calientes ni tonterías. Después de terminar las obras de la Presa de las Tres Gargantas, una gigantesca planta hidroeléctrica en la cuenca del río Yangtsé, los científicos descubrieron que el embalse de casi cuarenta mil millones de metros cúbicos de agua había alterado dos centímetros la rotación del eje terrestre. Esa afición por las proporciones faraónicas, sumadas al imprevisible carácter chino, explican el cabreo monumental con que sus autoridades se han tomado la ocurrencia de Kylian Mbappé al decir que su meme favorito era un montaje fotográfico en el que su rostro se superpone al de Mao Zedong. La broma le ha costado al delantero del Real Madrid la cancelación de varios contratos publicitarios con varias marcas chinas y a la Liga española la retransmisión de los partidos de fútbol en todo el país.
El propio Mao dejó helado a Nikita Jruschov en noviembre de 1957, durante una Conferencia Internacional de Partidos Comunistas que tuvo lugar en Moscú. Al empezar a discutir la posibilidad de una guerra nuclear, Mao dijo muy tranquilo que no había que tener miedo de las bombas ni de los misiles, que, si morían 300 millones de chinos, aún quedarían vivos otros 300 para seguir guerreando. Intentando calmar los ánimos, Jruschov objetó que, en el caso de una catástrofe nuclear, los vivos envidiarían a los muertos, y entonces Mao soltó una risita y una frase ante la que el traductor ruso tragó saliva. “¿Qué ha dicho?” preguntó Jruschov. Pálido, el traductor respondió: “Ha dicho: estos rusos, qué gallinas son”.
No es fácil agraviar a un país entero, menos aún si estabas pensando en tus cosas, pero Mbappé casi ha conseguido repetir, gracias a un comentario trivial, el escándalo mundial que provocó Salman Rushdie con una novela que, supuestamente, ofendía a todo el islam. El ayatolá Jomeini aprovechó un pasaje de Los versos satánicos para distraer la atención de los miles y miles de disidentes políticos ejecutados por el régimen y pedir la cabeza del escritor por un libro que ya llevaba meses circulando por las librerías. Fue un caso extremo de publicidad brutal e inesperada, como el meme de Mbappé rebozado de Mao, un chascarrillo visual que no había visto prácticamente nadie hasta hoy y que, la verdad, tampoco es que sea muy gracioso.
En China las palabras de Mbappé han alcanzado las proporciones de incidente diplomático internacional, con el Ministerio de Asuntos Exteriores, varios diarios e informativos estatales tachándolo de falta de respeto intolerable. El presidente de la Liga española, Javier Tebas, pidió disculpas públicamente al pueblo chino; el Real Madrid hizo lo propio en un texto a través de su cuenta oficial en Weibo; y finalmente Mbappé pidió perdón en tres idiomas -francés, inglés y chino-, esperando que, después de perder el Balón de Oro, no bombardeen también el Santiago Bernabeu. Al parecer, a muchos no les convence el arrepentimiento del jugador francés -que consideran forzado únicamente por intereses comerciales-, mientras que buena parte de la afición china exige un video de Florentino Pérez disculpándose al estilo de los acusados durante la Revolución Cultural. Con un poco de suerte, todo va a quedarse en una anécdota como la de Pujol durante su viaje a China en 1989, cuando se puso a presumir de que en Catalunya había seis millones de habitantes y un dirigente chino le respondió: “¿Sí? ¿Y en qué hotel se alojan?”.

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