Opinión
Cinco notas sobre los vivos y los muertos

Filósofo, escritor y ensayista
1. Hace unos días, en un post de facebook, mi amigo Amador Fernández Saváter hacía un diagnóstico tajante que comparto sin reservas: “los partidos de la Nueva Izquierda, a la izquierda del PSOE, son ya cadáveres”. Añadía que lo son no porque no consigan la famosa “unidad” sino porque han perdido toda su capacidad de “erotización”, toda su “fuerza de novedad”, toda “energía” en la escucha y en la acción. Tiene razón. El ciclo abierto por el 15M y el primer Podemos lleva muriendo entre convulsiones muchos años, pero creo que ahora ya podemos decir sin ningún reparo que la generación y las organizaciones que ilusionaron a un amplio sector del pueblo español a partir de 2014 están políticamente muertas. Unos merecen esa muerte más que otros y convendrá no olvidarlo a la hora de reconstruir el espacio, pero colectiva e individualmente (si exceptuamos Adelante Andalucía y, claro, Galicia, Euskadi y Catalunya) la izquierda reunida en el llamado Frente Amplio es un ejército muerto que no es posible resucitar, y menos con eslóganes vacíos y golpes retóricos en el pecho. Como decía Curb en su último magnífico artículo, el propósito mismo de la “unidad” revela ya nuestra pequeñez, nuestra languidez, nuestra derrota; que hayamos sido incapaces incluso de ese mínimo electoral da toda la medida de nuestra insignificancia política, pero agrava nuestro rigor mortis; y que las culpas sean desiguales no altera, en todo caso, el resultado a los ojos de los votantes: la izquierda alternativa es ya vieja política y, pase lo que pase el 29N, debe dejar paso a nuevas caras, nuevas voces, nuevas propuestas organizativas.
2. Si la izquierda a la izquierda del PSOE está muerta, ¿quién esta vivo? Sólo dos fuerzas: el sanchismo y las calles. No llamo “sanchismo” a la inclinación a apoyar a Sánchez y mucho menos al PSOE sino a una “corriente libidinal” mucho más transversal; a una atmósfera -no tanto sustancia como electricidad- que baña a todo el mundo, de un modo u otro, a partir del carisma sobrevenido, adventicio y casi accidental de Pedro Sánchez. En todo caso, esa es la pelea de la izquierda y de la derecha: o en favor o en contra del sanchismo, entendido, en efecto, de un lado y de otro, como aquello que hay que proteger para conservar y eventualmente profundizar la democracia y como aquello que hay que derrocar, aunque para ello haya que acabar con la democracia. En cuanto a las calles, han venido a aliviar la presión mediática sobre el gobierno y a orear e iluminar el tono vital de las izquierdas. Los movimientos por la vivienda y por la educación, con la acampada de Sol, las huelgas y las manifestaciones, han frenado ya la euforia revanchista de las derechas, proporcionando al sanchismo, de manera paradójica, el mejor marco posible para un adelanto electoral no derrotista. Digo “de manera paradójica” porque, como señala el citado Curb, la movilización en las plazas ha revelado “la desconexión y el desprestigio general de las izquierdas españolas con respecto al momento de masas”. Es decir, es esta movilización callejera la que señala los límites del sanchismo y confirma la muerte de la izquierda alternativa; y la que, al mismo tiempo, ha cambiado nuestro humor y nos alienta a dar la batalla en los estrechos márgenes señalados. La acampada de Sol, porque es verdadera oposición, es también nuestra mejor baza electoral; porque es sinceramente antisanchista y antifrenteamplista, es también nuestro escudo institucional contra el fascismo.
3. Porque el problema -lo indicaba también Amador Fernández Savater- es que hay que contener a la extrema derecha. No podemos limitarnos a celebrar el “insurrecionalismo” periódico de nuestras plazas, y su saludable pedagogía política, como si la democracia estuviera garantizada y se tratara sólo de mejorarla. No, tenemos que dar la pelea electoral el 29N con los únicos recursos con los que contamos: el sanchismo ambiguo y la izquierda muerta. En enero de 2019, recurría yo al “argumento de las Termópilas” para justificar el voto a un partido (Podemos) que constituía simultáneamente un obstáculo para la renovación de la izquierda y un freno al tsunami de la ultraderecha: se trataba, en efecto, de acumular cadáveres en el desfiladero para impedir la invasión persa de Grecia. Hoy la tesitura es la misma, aunque más difícil. El Frente Amplio, ese ejército de muertos, es imprescindible para obtener una nueva prórroga el 29 de noviembre. Lo necesitamos. Necesitamos a sus mejores difuntos (Ada Colau, Emilio Delgado, el escurridizo y brillante Bustinduy) para salvar el sanchismo y responder así a las demandas de las plazas. En los cuarenta días que quedan no se trata de hacer una revolución, abrir un proceso constituyente y voltear el orden establecido; se trata de evitar el batacazo civilizacional que acompañaría a una victoria holgada de la (ultra)derecha. Se trata de conservar, en un clima internacional muy desfavorable, nuestra limitada democracia y los pecios del Estado del Bienestar, que un gobierno PP-VOX, aupado en una mayoría absoluta, desmantelaría en pocos meses. La plaza tendrá que poner su alegría insurgente; el sanchismo su ambigüedad carismática y el Frente Amplio sus cadáveres. A esos cadáveres habrá que pedirles un doble compromiso: el de rebañar votos entre los abstencionistas mediante una campaña propositiva y radical; y el de no restar votos a otras fuerzas en las circunscripciones donde no puedan aspirar a ningún escaño. Si sanchismo y democracia están hoy desgraciada y fatalmente entrelazados, se trata de que gane el sanchismo, no nuestro partido, lo que implica hacer cálculos muy finos y trasladarlos a los votantes para que sus papeletas no se vuelvan residuales, favoreciendo así a los candidatos del PP y VOX. Fuera de las grandes ciudades, los votantes del Frente Amplio no deberíamos tener el menor problema en votar al PSOE, al BNG, a Bildu, a Adelante Andalucía. Somos cadáveres; no vamos a volver a la vida. Sólo podemos contener a los persas.
4. Alguien podrá decir, con justa desconfianza, que la “alarma antifascista”, además de poco movilizadora, es apenas una muleta electoralista. Cada convocatoria electoral en los últimos años se ha pretendido decisiva. Pero es que lo han sido. Desde que colapsó el bipartidismo, nos lo hemos jugado todo cada vez que hemos acudido a las urnas. La cuestión es que, elecciones tras elecciones, la situación se ha vuelto más angosta, más difícil, más apremiante; no hemos dejado de rodar cuesta abajo. Hemos llegado, en efecto, a una encrucijada, nacional e internacional, en la que nuestro voto sólo puede ser un voto a favor o en contra de la democracia, y eso mismo indica hasta qué punto la democracia está radicalmente amenazada. Una amiga políticamente afín me expresaba el otro día su temor. Le daba miedo, me decía, que ganaran el PP y VOX, pero no le daba menos miedo que perdieran: “Si juzgamos por lo que han hecho en estos años para derrocar el gobierno, ¿qué serían capaces de hacer si perdieran las elecciones?”. La (ultra)derecha ha jugado premeditadamente con ese miedo: no sólo el miedo trilero al “social-comunismo de Sánchez” sino el miedo a la propia falta de escrúpulos a la hora de acabar con él. Cuidado -nos han dicho, nos dicen a través de sus bulos, sus jueces y sus gobiernos locales-: somos capaces de todo. Quizás hemos llegado a un extremo en el que tenemos que aceptar que a partir de ahora no bastará nuestro voto para defender la democracia.
5. (En sordina y entre paréntesis, añado una última nota sobre Podemos, partido al que -como es patente- no he mencionado hasta ahora. Y no lo he hecho porque se trata de la única fuerza de izquierdas que es tan antisanchista como el PP y VOX y debe quedar fuera, por tanto, de todos nuestros cálculos electorales. Estoy seguro de que muchos de sus seguidores han comprendido ya que lo que más conviene a la izquierda (y al común sentido de la justicia) es que, reducidos a su belicosa y gris guardia búlgara, desaparezcan en silencio y sin dañar más las luchas compartidas. En cuanto a los demás, muertos funcionales, deberíamos prepararnos ya para, una vez cumplida nuestra póstuma misión en favor del sanchismo, pasar a labores de intendencia y dejar las tribunas y los cargos a las próximas generaciones).

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