Opinión
Ciudadanos vive, la lucha sigue
Periodista
El otro día, revolviendo entre la hojarasca de la red social X, leí por azar las palabras de un tal Guillermo Díaz. De pronto recordé que el susodicho fue diputado de un partido fugaz llamado Ciudadanos. Lucían un logotipo blanco sobre fondo naranja. O al revés, no importa. Sus líderes soñaban con posar el trasero en los butacones de la Moncloa pero terminaron desbandándose sin dejar pena ni gloria. Pero volvamos a X. Resulta que Isabel Díaz Ayuso y Arnaldo Otegi andaban a la gresca a cuenta del Guernica de Picasso. Entonces Guillermo Díaz intervino heroicamente a favor de la generala imputándole a la izquierda independentista vasca la capitulación de 1937 en Santoña.
No perderé mucho tiempo refutando el disparate historiográfico. Quien tenga interés y paciencia, puede leer el correctivo que le administra el historiador Jagoba Álvarez. Lo cierto es que los gudaris de Acción Nacionalista Vasca, partido ilegalizado por el Tribunal Supremo en 2008, continuaron combatiendo en Asturias después de la caída de Cantabria. De hecho, tras la firma de Santoña, las fuerzas antifascistas vascas se unieron en Gijón bajo el nombre de Frente Popular de Euzkadi. Álvarez añade una guinda a su comentario: "lo que Guillermo no cuenta es que él militó en el PP, que sí que es un partido heredero de los aliados de la Legión Cóndor que bombardeó Gernika".
Por un instante me olvido de la guerra civil, de las Brigadas Internacionales, de los Heinkel He 111 y de la madre que los parió. Me parece mucho más interesante ese sutil destello de salsa rosa. ¿Será verdad que Ciudadanos reclutó a sus mejores hombres en las canteras del PP? Me zambullo en las procelosas aguas de internet y encuentro un viejo artículo de El Confidencial que presenta a Guillermo Díaz como cinéfilo y apasionado de la historia militar —ejem—. Leo que el exdiputado naranja se alistó en el partido de José María Aznar en cuanto cumplió la mayoría de edad. Era un hábito familiar. Según la pieza, su abuela había sido fundadora de Alianza Popular en Málaga.
¿Qué clase de hilo invisible conecta a los muchachos de Albert Rivera con las oficinas de Génova? Si queremos entender la génesis de Ciudadanos, debemos retroceder doce años. Tras las elecciones al Parlamento europeo de 2014, los titulares de prensa proclamaron el hundimiento del bipartidismo. La suma de PP y PSOE apenas superó el 49% de votantes. Al otro lado, Podemos daba la campanada plantándose en Bruselas con cinco eurodiputados. Sudores fríos en los consejos de administración. Tiritonas en los cuartelillos de la Marca España. El presidente del Banco Sabadell, Josep Oliu, salió al paso proponiendo como antídoto la creación de "una especie de Podemos de derechas".
Dicho y hecho. En unos pocos meses, Albert Rivera confirmó que Ciudadanos traspasaría las fronteras de su feudo catalán para expandirse por toda la geografía española. Por el camino iba a absorber toda clase de partidos regionales y plataformas menores. A primera vista podía parecer que el nuevo artefacto nacía para competir con el PP. La hemeroteca, sin embargo, pone en boca de Ciudadanos un discurso astutamente diseñado para atraer al votante desencantado del PSOE. Aunque cueste creerlo, en aquella época Rivera cantaba las virtudes de la socialdemocracia y lanzaba invocaciones explícitas a la clase trabajadora.
Ciudadanos tardó poco en demostrar la dimensión de su oportunismo. En junio de 2015, después de un primer round autonómico, los de Rivera apalabraron la investidura de Susana Díaz en Andalucía y coronaron a Cristina Cifuentes en Madrid. Los pactos ambidiestros vinieron regados de eufemismos. Que si somos un partido bisagra. Que si tercera vía. Que si responsabilidad de Estado. Con el tiempo, los naranjitos mostrarían sin paños calientes toda su naturaleza reaccionaria. En 2019, en la plaza de Colón, Albert Rivera iba a escenificar junto a Pablo Casado y Santiago Abascal la unidad estratégica del llamado Trifachito.
En las autonómicas andaluzas de 2018, Ciudadanos casi duplicó sus votos después de haber sostenido a Susana Díaz en la Junta. De hecho, un buen pico de sus votantes procedía del PSOE. En un habilidoso juego de cintura, Rivera acordó con Casado y Abascal la investidura de Juan Manuel Moreno. La jugada se repitió al cabo de un año en Madrid, cuando PP, Ciudadanos y Vox inauguraron la era del ayusismo. "Nosotros creamos a Isabel Díaz Ayuso", se lamenta ahora Edmundo Bal. En honor a la verdad, también crearon a Juan Manuel Moreno. En 2021, Ciudadanos desapareció de Madrid. Un año después se borró de Andalucía. ¿Para qué sirvieron los naranjas? Para hurtarle votos al PSOE y regalárselos al PP.
Supongo que ahora debería escribir un epílogo con musiquilla de peli ochentera en el que desvele qué ha sido de los protagonistas de esta historieta. Nacho Martín Blanco abandonó Ciudadanos y se afilió al PP. Susana Solís, Eva Poptcheva y Adrián Vázquez pasaron a engrosar las listas europeas del PP. Luis Gordillo fichó por el PP vasco. Fran Hervías se colocó a las órdenes de Pablo Casado. Marta Rivera de la Cruz puso pies en polvorosa y se sumó a las huestes de Ayuso. Lo mismo cabe decir del ínclito Toni Cantó, plusmarquista de cambio de chaqueta, que terminó liderando un chiringuito ayusista en la Comunidad de Madrid. En fin, un éxodo a la altura del de Moisés.
Ahora Isabel Díaz Ayuso se revuelve porque el PNV ha solicitado el traslado temporal del Guernica de Picasso al museo Guggenheim de Bilbao. No añadiré más leña a la polémica. Basta decir que Picasso celebró el 14 de abril de 1971 reclamando que se pusiera el cuadro en manos de un hipotético Gobierno de la República. No pudo prever que las nuevas autoridades monárquicas lo humillarían alojando el Guernica en un museo que lleva el nombre de una reina. Quien sí supo ver el futuro fue Arnaldo Otegi, que en una entrevista emitida en 2017 en TV3 pronosticó la debacle de Ciudadanos: "El único Rivera que va a ser referente en España es el hijo de Isabel Pantoja". Eso sí que es memoria histórica, y no lo de Guillermo Díaz.
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