Opinión
¿Y si la conciliación fuese más sencilla?

Periodista
En mi calle era costumbre ir de casa en casa en verano. No había campamentos, ni ludotecas y, cuando llegaban las vacaciones, o bien te quedabas en casa con tus padres (madre), o te ibas con ellos a su trabajo, o timbrabas en casa de tus amigas, en donde la puerta siempre estaba abierta y la nevera llena para recibir a mocosos a los que no había que programar ninguna actividad didáctica. Algunos afortunados incluso se mudaban temporalmente al pueblo con sus abuelos. No había más opciones. Las niñas y los niños estábamos presentes en la vida de los adultos y a nadie se le ocurría pensar que tener a dos o tres renacuajos atendiendo en la barra del bar, en el mostrador de la mercería o en la cinta del súper, era delito. En todos lados había niños y niñas porque realmente éramos muchos (en los años 90, la infancia representaba el 20% de la población; actualmente, apenas son el 12%) y ahora que casi no los tenemos y decimos que nos hemos vuelto todos muy babyfriendly, los niños se han ido esfumado de los espacios de los adultos, tanto, que a veces parecemos de especies diferentes.
En los últimos años, el fenómeno de los planes de ocio solo adultos ha calado tanto que hay celebraciones en donde no se permite la entrada de críos, no en base a ninguna protección especial, sino por la cara. Porque a mucha gente no le gustan los niños igual que a mí no me gusta la pizza con piña, y ya no les importa anunciarlo en soporte digital o en papel. Tenemos que preguntarnos qué clase de sociedad estamos construyendo cuando prohibimos la presencia de la infancia en espacios de ocio o de descanso, y cuando limitamos su desarrollo a actividades programadas o dirigidas, y a centros recreativos en donde los adultos somos meros espectadores de una inyección de dopamina constante.
Esta semana hice un experimento. Me llevé a mi hija al gimnasio porque su padre estaba de viaje y no quería molestar a ninguna abuela para irme a entrenar. Fui bienvenida entre sonrisas cómplices y palabras bonitas, y mi hija recibió muchos halagos por su buen comportamiento. La niña estuvo 40 minutos de clase dibujando en su libreta y mirándonos tranquilamente. Yo pensé que se habría aburrido muchísimo y no dejé de disculparme con ella a la salida pero después de sus veinte “estuve bien, mamá” llegamos a casa y se pasó más de una hora interpretando el papel de una monitora deportiva durante una clase de hyrox. Extendió dos esterillas en el salón y diseñó una rutina para mí y para ella, que pasaba por correr a la pata coja y pedalear en una bicicleta imaginaria. Aquella visita despertó en ella un juego, y quién sabe si una vocación. Y yo pensé qué maravilloso sería que esto fuese más habitual, que en todas partes hubiera más niños, no separados, no ludotecados, no en un espacio “infantil”, solo presentes y mezclados con los adultos, charlando con ellos, observando tranquilos. La idea ni siquiera fue mía, porque jamás me atrevería a llevarla a un entrenamiento si no hubiese visto antes a otra compañera hacerlo con su niño que nos acompañó, minipesa en mano, durante toda la rutina.
Se habla mucho de conciliación pero la conciliación es una atopía si pasa, necesariamente, por duplicar o por triplicar los espacios de ocio. A veces, las madres solo tenemos un par de horas libres a la semana y en muchas ocasiones perdemos ese tiempo de autocuidado porque no tenemos en donde ni con quién dejar a los niños, sobre todo, en verano. Porque no todo consiste en compaginar su ocio con el nuestro en base a actividades divertidísimas o experiencias pedagógicas; se trata, también, de colectivizar la crianza, de dejar de ver a los niños como una cosa a la que hay que entretener constantemente y pasar a verlos como lo que son: seres humanos con los mismos derechos que nosotros y con inquietudes por el mundo real. Porque colectivizar la crianza no es pagar a una nanny o pedirle de favor a tu madre o a tu amiga que se quede con el crío un par de horas, también es poder llevarte a tus hijos contigo y que el resto de los adultos presentes se interesen por su bienestar sin tantos dramas ni tantas complicaciones, como se hizo toda la vida.
Primero, parcelamos a las niñas y niños en espacios separados, y luego nos preguntamos por qué los adolescentes no nos hacen ni caso. La desaparición de los chavales de los espacios públicos también es un fenómeno sociológico digno de estudio. Hemos conseguido mantener a las chicas metidas dentro de perfumerías durante tardes enteras, mientras los chicos se quedan en el campo o en la cancha rezumando testosterona. Apenas hay espacios urbanos, más allá de los institutos y en horario escolar, en donde los adolescentes de ambos sexos convivan y se diviertan. Han desaparecido casi todas las discotecas que ofrecían sesión light sin alcohol y, después de la eliminación del botellón de las ciudades, nos han quedado las plazas preciosas y todos somos más sanos, pero no hemos dotado a los jóvenes de alternativas de ocio ni de espacios suficientes para el esparcimiento gratuito. A veces, vemos a una pandilla de adolescentes tomándose un refresco en un parque infantil y torcemos el morro.
Yo llevaría a mi hija casi a cualquier sitio que fuese seguro para ella igual que mi madre me llevaba a la peluquería, al trabajo y al ginecólogo, porque me gusta estar con mi hija, igual que me gusta tener tiempo sin ella, pero lo que no me gusta es que me obliguen a dejarla atada a la pata de la silla en un restaurante, o a la puerta de la entrada del gimnasio o de la oficina, porque alguien podría molestarse con su presencia durante una hora. Y es que por muy cool que nos pongamos, donde más aprenden (y donde más les podemos enseñar) es en la vida misma. Y, en general, los adultos somos mucho mejores cuando hay niños y niñas delante.
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