Opinión
Crear en medio del Apocalipsis

Por Carla Berrocal
En medio de la fiesta de los Goya leí que Estados Unidos e Israel habían bombardeado a Irán. Pensé que, si tenía que morirme porque llegaba el fin del mundo, bailar era la mejor forma de acabar mis días. Esa misma semana, en Instagram, ví un dibujo que describe exactamente cómo me siento en este apocalipsis de reels terroríficos y memes: un perrito está sentado frente a un ordenador y un cliente le pide unos cambios para que su dibujo se vea "más feliz". En la misma habitación, a través de una ventana, se ve un fuego; es "el mundo", tal y como reza la flecha que lo señala. El título de la tira cómica lo dice todo: ser artista en la actualidad.
Camino a casa voy pensando en mis cosas hasta que oigo a un hombre diciéndole a otro: "como le dé por apretar el botón,—supongo que a Trump—¡boom! y todo al carajo". Últimamente, cuando me despierto y miro el móvil, las malas noticias se acumulan tanto que me sacuden el cuerpo. El mundo se parece cada vez más al Apocalipsis de San Juan: muertos por todas partes, catástrofes naturales, guerras, enfermedades, racismo y violencia, mucha violencia. Dejo el teléfono en la mesita, miro cómo duerme mi gato ajeno a todo, y siento envidia. A pesar de todo, y como el meme del perro delante del ordenador, la vida continúa: vuelvo a mi rutina y aparento normalidad, pero me invade la desesperanza. Decía Gmork, el lobo negro de La historia interminable, que las personas que no tienen ninguna esperanza son fáciles de dominar. Su autor, el escritor alemán Michael Ende ya advirtió en esta entrevista de 1984 que los peligros del capitalismo no solo son materiales, también son espirituales: "(…) hay otra forma de destrucción de la que no se habla y que es igualmente trágica: la de nuestro mundo interior. Cuando todo se subordina al beneficio, se empieza por explotar a los obreros y después se ataca a las colonias, al medio ambiente. Por último, le toca el turno a nuestro mundo interior".
Friedrich Schiller, un dramaturgo, poeta y filósofo alemán del siglo XIX, escribió unas cartas al Duque Friedrich Christian de Schleswig-Holstein-Augustenburg en las que compartía su desencanto con las consecuencias de la Revolución Francesa. Publicadas en 1795 bajo el título La educación estética del hombre, Schiller reflexiona sobre los excesos que se cometieron en nombre de la libertad, la igualdad y la fraternidad, proponiendo la formación artística para liberar al hombre y mejorar la sociedad. Según el autor, el impulso de juego que se da en la acción creativa equilibra nuestras dos naturalezas: la intelectual y la emocional. Es decir, el ser humano no es solo humano porque piensa, también porque crea: la creatividad es la condición más humana de todas, la que nos permite cultivar la belleza y revolucionar el alma. En sus propias palabras: "es a través de la belleza como se llega a la libertad".
Una cosa que tienen en común políticos como Trump o Milei es el uso de la Inteligencia Artificial para generar imágenes que refuercen sus discursos: se representan como animales poderosos, con cuerpos musculados, enarbolan banderas y llaman a la libertad de sus pueblos. Mientras, a sus enemigos políticos los representan como ratas o los bombardean desde un avión con excrementos. Hace unos días, el PP de Madrid compartía en sus redes su campaña para el 8M con un eslogan lamentable y una ilustración hecha con IA. Una vez más, la derecha—que se escoraba más a la derecha— se valió de máquinas, órdenes y prompts para su creatividad, porque ni creen en el arte ni lo apoyan, y sus políticas son de todo menos sensibles a ella. Cuando están en el poder no solo censuran, prohíben y cancelan libros, espectáculos o películas, sino que eliminan cualquier rastro de alma humana. No conciben la libertad artística o la independencia, ni valoran los minuciosos procesos creativos. Tienen miedo porque saben que escribir, dibujar, ver un espectáculo o leer es peligroso: ayuda a desarrollar el mundo interior de las personas, y ese es el único resquicio que nadie podrá conquistar nunca.
Michael Ende decía que no puede hacerse ninguna crítica de la sociedad si no va acompañada de una representación utópica del mundo, pero ahora mismo soy incapaz de proponer nada, solo quiero ser como mi gato, dormido plácidamente sobre mis brazos mientras tecleo. Incluso me dan ganas de dejar la columna a medias para irme a leer un libro o ver una peli. Evadirme del infierno en el que vivimos, refugiarme en la belleza de una canción, acabarme aquel tebeo que tengo a medias, empezar ese podcast que tengo pendiente. Y puede que la respuesta esté ahí, no lo sé. Igual hay que mirar, escuchar, sentir e imaginar más para seguir soñando. Siempre y a pesar de todo.
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