Opinión
La crisis de la vivienda se ceba con las mujeres y las redes de apoyo son la solución

Por Lucía Delgado Ramisa
Activista social i tècnica àrea d’habitatge i ciutat de l’Observatori DESCA
-Actualizado a
En los últimos años, el acceso a la vivienda se ha convertido en uno de los principales problemas sociales en España. El aumento continuado de los precios del alquiler y de la compraventa, combinado con salarios que crecen mucho más lentamente, ha abierto una brecha cada vez mayor entre el coste de la vivienda y la capacidad económica de la población.
El alquiler medio ha alcanzado máximos históricos y ya supera los 14,21 euros por metro cuadrado tras años de subidas muy por encima del crecimiento salarial. En la práctica, esto significa que muchas personas destinan cerca de la mitad de su sueldo a pagar el alquiler, muy lejos del 30 % que organismos internacionales consideran el límite para que la vivienda sea asequible. En ciudades como Madrid o Barcelona la situación es todavía más extrema, con hogares que pueden llegar a dedicar más del 60% de sus ingresos a mantener un techo. Todo ello ocurre en un país donde el parque de vivienda social apenas representa alrededor del 3% del total, muy por debajo de la media europea.
Pero la crisis de vivienda no afecta a todo el mundo por igual. Tiene también un rostro claramente marcado por las desigualdades de género. En España existen cerca de dos millones de hogares monoparentales y más del 80% están encabezados por mujeres. Son familias que afrontan tasas de pobreza y exclusión muy superiores a la media y para las que el acceso a una vivienda digna se convierte a menudo en una carrera de obstáculos. Las razones son estructurales: la brecha salarial, la mayor presencia de mujeres en empleos precarios o a tiempo parcial y, sobre todo, la sobrecarga de responsabilidades de cuidados.
Los datos muestran que más de un tercio de las mujeres experimenta algún tipo de exclusión residencial, una proporción que se dispara en los hogares monomarentales. Cuando el mercado de la vivienda se tensiona, son ellas quienes primero quedan fuera. Si ampliamos la mirada, la situación se vuelve todavía más dura para las mujeres migrantes, especialmente aquellas en situación administrativa irregular. Para muchas de ellas el acceso al mercado formal de alquiler es prácticamente imposible: contratos laborales precarios, exigencias de avales o nóminas estables y barreras administrativas cierran la puerta a un derecho tan básico como tener un hogar. Esto las empuja con mayor frecuencia a vivir en habitaciones sobreocupadas, en viviendas deterioradas o en situaciones de gran inestabilidad habitacional.
A pesar de esta realidad, en los últimos años han proliferado discursos políticos y mediáticos que intentan señalar a la población migrante como responsable de la crisis de vivienda. Sin embargo, los datos muestran justamente lo contrario: las personas migrantes no son quienes generan el problema, sino quienes lo sufren con mayor intensidad. La raíz de la crisis no está en quién vive en las ciudades, sino en un modelo que ha convertido la vivienda en un activo financiero y no en un derecho.
Ante este escenario, cada vez más voces reclaman repensar la vivienda desde una perspectiva centrada en los cuidados y en la interdependencia. La vivienda no es solo un bien económico: es la infraestructura básica que sostiene la vida cotidiana, los cuidados y las redes comunitarias. En muchos barrios ya están surgiendo respuestas que apuntan hacia otros futuros posibles: cooperativas de vivienda en cesión de uso que sacan las casas de la lógica especulativa, sindicatos de vivienda que organizan a las vecinas frente a desahucios y abusos, o iniciativas comunitarias y educativas que ponen los cuidados en el centro. Son experiencias que recuerdan algo fundamental: cuando las personas se organizan y construyen comunidad, también pueden transformar las condiciones materiales de su vida.
Frente a un modelo que convierte la vivienda en mercancía y alimenta la exclusión, las redes de apoyo mutuo, las cooperativas de vivienda o los sindicatos de vivienda muestran que otras formas de habitar son posibles. Construir comunidad, defender derechos y sostener la vida cotidiana son formas concretas de transformar la realidad. Como escribió bell hooks, "el amor es una acción, nunca simplemente un sentimiento".
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