Opinión
La cruzada de Donald Trump
Por David Torres
Escritor
-Actualizado a
En el formulario que hay que rellenar antes de entrar en los Estados Unidos hay una serie de preguntas sutiles destinadas a seleccionar el grano de la paja. Basta echar un vistazo a las respuestas para que un funcionario del departamento de inmigración detecte de inmediato si va a colarse en el país un elemento peligroso. Se pregunta, por ejemplo, si viaja uno al país para cometer actos ilegales, si ha estado implicado en actividades terroristas o de sabotaje, si colaboró en el genocidio judío en alguna fecha anterior a 1945, si es adicto a las drogas o si ha retenido alguna vez a un niño contra su voluntad. Me da mucho miedo viajar a los Estados Unidos porque quizá no resistiría la tentación de contestar SÍ a todo y luego explicarles que soy disléxico o que pensaba que era una broma. Pero los funcionarios de inmigración, por lo visto, no se caracterizan por su sentido del humor.
Ahora bien, podrá decirse lo que se quiera de un país que ha dado a Groucho Marx o a Woody Allen y que tiene a Donald Trump bien encarrilado en la carrera por la candidatura republicana, lo que se quiera excepto que no sabe reírse de sí mismo. Imaginar a Trump de presidente es un chiste cósmico que podría revalorizar los nefastos mandatos de George Bush Jr. y Ronald Reagan. Al lado del hombre peinado con gorro de castor, cualquier dirigente anterior iba a adquirir de golpe la estatura de Abraham Lincoln.
Como a Trump no se le escapa una, quiere añadir al formulario de entrada al país una pregunta que evitará de un plumazo el ingreso de elementos perniciosos al suelo americano: "¿Es usted musulmán?" Se trata de una cuestión algo engorrosa, ya que atenta directamente contra la libertad religiosa, uno de los pilares de la Constitución americana, pero Trump prefiere mantenerla como una cuarentena temporal "hasta que las autoridades de nuestro país puedan averiguar lo que está pasando". Como no se descarta que más de uno mienta, es posible que en la aduana de inmigración sometan a los viajeros a la prueba definitiva de dar cuenta de un bocadillo de jamón y una cerveza. Puede que salga caro, pero todo sea por la seguridad.
Lo que no acaba de explicar Donald Trump es lo que piensa hacer con los musulmanes que residen en suelo americano, una población que oscila entre los dos y los siete millones. La última vez que sucedió algo parecido fue tras el ataque a Pearl Harbour, cuando los estadounidenses de origen japonés fueron recluidos en campos de concentración. Expulsar a los musulmanes de los Estados Unidos no suena muy distinto del plan nazi para llevarse a todos los judíos europeos a la isla de Madagascar, una idea que no acabó de prosperar y que desembocó finalmente en las cámaras de gas. Donald Trump, como señalaba uno de los consejeros de Relaciones Islámico-Estadounidenses, está a un solo paso del fascismo al tiempo que mantiene 20 puntos de ventajas sobre su principal adversario por la candidatura republicana, el senador Ted Cruz. No hay que olvidar que Hitler, con su bigotito a lo Charlot, también empezó dando risa.
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