Opinión
El cuento de la alta cultura
Por Carla Berrocal
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Mucho se ha dicho sobre David Uclés estas últimas semanas. A raíz del premio Nadal, el escritor ubetense ha sido objeto de debate entre críticos y escritores de distinta índole, reabriendo la antigua batalla que enfrenta lo —comercial tradicionalmente considerado de baja calidad— con la "alta" literatura. Sucede lo mismo en todas las artes. En el cine directores como Óliver Laxe valoran los mainstream como "basura, no eleva a la gente, sino que la adormece”. La misma melodía se repite una y otra vez, hasta el aburrimiento, en todas y cada una de las artes. Se equipara el gusto de las masas con lo vulgar o fácil, y en ese símil se despierta un aroma que apesta a canon, tabaco, puro y esmegma.
Fue durante el Romanticismo, en el siglo XIX, cuando la estética consideró que la cultura podía ser alta o baja. La aspiración a la belleza extrema era sublime, el folklore de los relatos populares era considerado banal. Umberto Eco, filósofo y escritor italiano que dedicó gran parte de su vida a estudiar la estética, lo resume muy bien en esta conferencia en Puerto Rico en 1987: las artes populares han sido tenidas por placenteras pero no artísticas. Y añade: “La estética moderna olvidó con frecuencia que la teoría clásica del arte, desde la Antigua Grecia hasta la Edad Media, no estaba interesada en recalcar la diferencia entre las artes y la artesanía. Se utilizaba el mismo término —Tekné— para designar tanto al barbero o al constructor de barcos, como la obra del pintor o del poeta”. Qué bello pensar que el lápiz del carpintero apenas se diferencia del que sostiene un dibujante de tebeos.
Lo pop evidencia el clasismo de las élites, y también, por qué no decirlo, sus propias inseguridades. Mientras los artistas soñamos en privado con conectar con el público, de puertas afuera lo negamos, no es cool mostrarlo porque eso sería perder estatus. Somos unos hipócritas. Anhelamos ganarnos la vida haciendo lo que queremos, pero nos avergüenza ser mainstream porque la narrativa del artista incorruptible es más seductora que la que quiere, sencillamente, poder pagar las facturas sin tener que coger curros de mierda.
En 1891 Arthur Conan Doyle creó Sherlock Holmes como una novela por entregas que se publicó en la revista The Strand. Su aparición supuso que la tirada del magazine se incrementara y pasara de 26.000 a 300.000 ejemplares. Hoy en día, las novelas de Doyle llenan estanterías, pero comenzaron como historias sencillas de puro entretenimiento. Quizás deberíamos preguntarnos por qué despreciamos todo lo que nos divierte. Es probable que venga de nuestra propia aspiración aristocrática, de negar la clase, de pensar que lo intelectual abraza una supuesta superioridad cuando en realidad legitima el mismo sistema y discurso de siempre.
Tengo mis propias contradicciones sobre el canon: lo considero elitista y lo detesto, pero lo perpetúo a la vez. Es como sentarse en una butaca obligada a escuchar en bucle la voz de un hombre hetero, cis y blanco diciendo que El Padrino es una obra maestra. Y aunque esté de acuerdo, creo que es necesario ir más allá, transgredir el mensaje y preguntarse de dónde viene ese paradigma. Como dice el periodista Rubén Serrano en el documental Que sirva de ejemplo (2021) de Sofía Castañón: “La cultura refleja (...) quiénes cuentan esa cultura. Al final ¿quienes han tenido las herramientas para contar nuestros relatos? Señores blancos, heterosexuales, con capacidad para poder escribir, pensar, crear, dirigir, mantenerse”. Por su parte, la escritora Alana Portero afirma en el film de Castañón que "la cultura canónica perpetúa la cisheteronorma, perpetúa los caminos donde tenemos que ir, se disfraza bien, porque para eso es cultura y (...) cede un poco la sisa para que sientas (...) que quizás no es todo tan apretado, pero siempre vuelve a estrecharse y acabamos en el mismo sitio.”
Uno de los grandes medidores de la popularidad de una obra es el tiempo que ésta perdura en la memoria del público. De Star Wars (1977) la crítica del New Yorker Pauline Kael escribió que “no hay respiro en la película, ni lirismo; el único intento de belleza está en la doble puesta de sol. Es entretenida en sí misma, pero también agotadora: es como llevar a un grupo de niños al circo. Al cabo de una hora, los niños dicen que están listos para volver a verla; eso es porque es un conjunto de piezas sueltas, sin ningún tipo de emotividad”. El tiempo ha demostrado que se equivocó. La película es ya un clásico, trascendió al canon. Forma parte de la memoria colectiva porque hacer una buena obra no se trata solo de calidad, es también conectar con el público.
La cultura pop es una herramienta que, a través de obras accesibles y entretenidas, puede transformar a las personas. Sin embargo, una cultura exclusiva de las élites es contraproducente, porque no refleja a la gente, sus intereses, su cotidianidad. Eso provoca rechazo y la vuelve inaprensible. Prefiero una cultura de todas, que toque la tierra con las manos, que salte alto de vez en cuando, pero que no pierda el ojo a los pies. Estar arriba y mirar hacia abajo hace perder la perspectiva, olvida su verdadera riqueza; esa que comienza con las madres contando cuentos a sus hijos a los pies de la cama, los remedios caseros que pasan de generación en generación, contemplar las nubes para adivinar cuándo lloverá o saber qué noche es propicia para plantar trigo. Cultura de andar por casa, nuestro primer contacto con el conocimiento, las primeras raíces que brotan del alma.
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