Opinión
Que curren los fetos

Periodista
Las señales son claras. Hace falta estar muy nublado para no verlo. Primero, Alberto Núñez Feijóo prometió apañar la ley para que los fetos humanos sean computables a efectos administrativos. Acto seguido, se fue a Bilbao para hablar de absentismo laboral y poner de vuelta y media a los picaruelos que se escaquean de sus puestos de trabajo. ¿Y qué sector de la población falta estadísticamente más al curro? En efecto: los niños. Desde sus más tiernos inicios fetales, los infantes muestran una sospechosa inclinación al ocio y ponen en peligro los índices de productividad. Los embriones, digan lo que digan los rojeras, son sujetos de derechos y también de obligaciones.
El líder del PP ha preferido explicarse en clave. Si hablara a las claras, los guardianes del puritanismo woke se le echarían al cuello con pancartas cartoneras y melindres de postín. Que si la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Que si la Organización Internacional del Trabajo. Pamplinas de porcelana para no admitir que las criaturas se pasan todo el verano dando por saco y menguando las maltrechas economías familiares. Un niño, por muy feto que sea, tiene los recursos suficientes para generar dividendos, bien cosiendo balones en un taller de Jalandhar o bien vendiendo sus derechos de imagen desde su más temprana etapa ecográfica. Adaptarse o morir.
En España, los niños podían doblar libremente el lomo en talleres, minas, fábricas y fundiciones hasta que los lumbreras de la Primera República adulteraron la ley. Hacía tiempo que las asociaciones obreras andaban dando la turra con los derechos de la infancia. El ministro Eduardo Benot, de obvias querencias socialchavistas, sucumbió al chantaje sindical y aprobó una legislación laboral que acotaba el trabajo infantil. Así es como papá Estado dinamitó los cimientos del libre mercado e inauguró la peligrosa tradición de decirle a los padres cómo deben educar a sus hijos. Ojalá hubiera existido entonces el pin parental.
La ley Benot, en definitiva, alarmó a toda una hornada de emprendedores que había basado su modelo productivo en la integración de la chavalería en el mercado laboral. Hasta entonces, los empresarios habían ofrecido a las familias la generosa opción de complementar los bajos salarios gracias al provechoso plus de los zagales. No hay nada más sano que adentrar a nuestros churumbeles en el aprendizaje de un oficio y acostumbrarlos desde bien embriones a la disciplina de la empresa privada. Por fortuna, la ley Benot tuvo un alcance irregular y más bien modesto. La patronal se puso a salvo durante un buen tiempo de los abusos intervencionistas.
Las cosas se enturbiaron durante la Segunda República. La Constitución de 1931 no solo reconocía por primera vez la protección de la infancia sino que además asumía la Declaración de Ginebra de los derechos del niño. Los comunistas, como es sabido, no hicieron otra cosa que arrebatar a los progenitores el derecho de explotación sobre sus propios hijos. Para colmo de males, el Gobierno de Manuel Azaña ratificó un convenio de la OIT que restringía la contratación de menores de catorce años en el campo. Entre los cerebros de aquel desatino estaba Francisco Largo Caballero, el Lenin español, cuya placa de homenaje fue fugazmente extirpada de la plaza de Chamberí por el alcaldérrimo José Luis Martínez-Almeida.
Por suerte, el franquismo desarboló las garantías laborales de la Segunda República y proscribió los sindicatos, que hasta entonces habían dado la santísima murga con la cantinela de los abusos capitalistas. Menos mal que la Ley de Contrato de Trabajo de 1944 toleraba el trabajo infantil en el ámbito del servicio doméstico, los negocios familiares, las faenas agrícolas y los espectáculos públicos. De todas formas, el Caudillo había reducido la educación obligatoria y hubiera sido un desperdicio tener muchachos de doce años merodeando por la casa sin dar un palo al agua. Con el tiempo, los amigos de la democracia terminarían vetando el trabajo infantil a los menores de dieciséis años.
Ya sabemos adónde nos ha traído la fiebre garantista de la izquierda. Hemos criado una generación de cristal, imberbes ociosos que solo aspiran a andar persiguiendo pokémones y quedarse ciegos todo el día con la maquinita del TikTok, o peor aún, a ser therians o furries o quién sabe qué otras mamarrachadas. Hemos leído suficientes novelas de Dickens para saber que el trabajo dignifica mucho más cuando aún conservamos nuestros dientes de leche. Empezamos suprimiendo el servicio militar obligatorio y hemos terminado incubando una remesa de mozos de masculinidad difusa que corren a pedir la baja laboral porque se les ha roto una uña.
El absentismo es un cáncer, como bien dice Feijóo. Y todo empezó cuando decidimos educar a nuestros retoños en el arte estéril del juego y la pereza. Ahora tenemos empleados enfermizos y pejigueros, capaces de cualquier pretexto con tal de no engordar la cuenta de resultados del patrono. Que si solo soy un embrión, que si me he caído de un andamio, que si he muerto en plena ola de calor porque los protocolos de prevención están de adorno. Paparruchas. Hay que atajar el problema desde el mismísimo feto. Ya lo dice Miguel Ángel Rodríguez: la tarea empieza en el momento en que la mujer, después de haber consumado la coyunda, se va a la ducha con un esclavo potencial cociéndose en su útero.


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