Opinión
Lo que dejamos de cuestionar cuando hablamos de Ceuta
Por Itxaso Domínguez
Analista especializada en Oriente Próximo y Norte de África
En mi artículo anterior explicaba que el problema empezaba cuando dejábamos de ver a las personas. Después de publicarlo, me di cuenta de que, incluso cuando intentamos devolver las personas al centro, enseguida volvemos a hablar de Estados, y de todo lo que lo relacionado con ellos conlleva. Pero empezar precisamente por las personas debería tener otra consecuencia: cambiar por completo, o al menos ampliar, las preguntas que nos hacemos.
Si uno empieza por los Estados, la historia de Ceuta comienza con Marruecos. Con una estrategia de presión diplomática, la respuesta del Gobierno español, la gestión de las fronteras, el equilibrio entre seguridad y derechos… Si uno empieza por las personas, la historia empieza mucho antes. Empieza preguntándose por qué alguien decide jugarse la vida en el mar. Por qué miles de personas consideran que la posibilidad de morir intentando cruzar una frontera sigue siendo preferible a quedarse donde están. Por qué un régimen puede instrumentalizar a seres humanos con tanta facilidad. O, quizá más importante todavía, por qué esa estrategia funciona y consigue desplazar nuestra indignación.
Centrarse en todo lo anterior no es baladí, pero puede convertirse en una forma de dejar de hacer muchas preguntas. Nos permite identificar al responsable inmediato, pero deja bastante más difuso el contexto más amplio que hace posible esa estrategia (y no, no me refiero únicamente al ascenso de la ultraderecha y a cómo Tel Aviv, Washington, Meloni y otros se relamen y congratulan). ¿Por qué Marruecos dispone de esa capacidad de presión? ¿Qué papel desempeñan décadas de externalización de fronteras por parte de la Unión Europea? ¿Qué lugar ocupa Marruecos dentro de una economía política global profundamente desigual? ¿Qué responsabilidad tienen también otros actores regionales y globales en la inestabilidad de la región? ¿Y por qué millones de personas sienten que apenas tienen alternativas?
En otras palabras, la geopolítica explica el tablero, pero el tablero también necesita una explicación. De alguna manera, ocurre algo parecido a lo que intentaba señalar en mi artículo anterior. Cambiamos de escala demasiado deprisa. Las personas desaparecen detrás de los Estados y, enseguida, los Estados desaparecen detrás de conceptos como 'normalidad' (suspiro), 'integridad territorial', o 'soberanía'. Todo parece adquirir una lógica propia, casi inevitable. Como si el mundo simplemente funcionara así. Y, sin embargo, funciona así porque durante décadas (¡siglos!) hemos tomado y apoyado sin rechistar decisiones políticas muy concretas. Incluyendo aquellas sobre quién puede moverse y quién no.
Fronteras, categorías y despolitización
Permitidme que vaya un poco más lejos, ya que estamos en verano y, además, lo que intento explicar no es nuevo en lo más mínimo. Incluso la explicación anterior se queda corta. Y esto es porque seguimos dando algo por hecho: las fronteras.
No deja de llamarme la atención que, incluso en espacios progresistas, dediquemos tanto tiempo a discutir no solo cómo protegerlas y reforzarlas, sino también a cómo impedir que otros Estados las utilicen como herramienta de presión y permitir que, de un modo u otro, sigan siendo un elemento de fricción y diferenciación. Y, con ello, tan poco a preguntarnos por qué aceptamos con tanta naturalidad que el lugar donde una persona nace determine dónde puede vivir, trabajar o, simplemente, intentar construir una vida.
Quizá por eso a varios nos incomoda que sigamos hablando, o al menos lo hagamos tanto, de 'cuestión' —no sólo 'crisis'— migratoria. No porque la movilidad humana no forme parte de la historia. Claro que lo hace. Pero reducir lo ocurrido a la dimensión migratoria hace demasiadas veces que aceptemos sin demasiada resistencia el marco desde el que se plantea el problema: discutimos la gestión de las fronteras, y no las fronteras. Y esa diferencia importa.
Quizá por eso me llama la atención que incluso muchos discursos que pretenden ser profundamente críticos rara vez lleguen hasta ahí. Denuncian, con razón, el autoritarismo del régimen marroquí o la instrumentalización de seres humanos. Pero pocas veces se preguntan por qué esa instrumentalización resulta posible. O por qué aceptamos con tanta facilidad un sistema en el que el simple hecho de haber nacido a un lado u otro de una frontera determina hasta dónde llegan tus oportunidades, tus derechos o incluso tu libertad para moverte.
Porque las fronteras no solo separan territorios. También producen categorías con consecuencias materiales y discursivas: deciden quién será turista, quién expatriado, quién trabajador internacional, quién refugiado y quién inmigrante irregular (al menos hemos dejado atrás, al menos algunos, esa idea de que hay seres humanos 'ilegales'). Y esas categorías no son neutrales. Ninguna lo es. Acaban determinando los derechos que creemos que corresponden a unas personas y no a otras, que nuestras leyes refuerzan y perpetúan. También determinan, de forma obvia, quién nos parece que pertenece y quién nos parece que está fuera de lugar. Además de quién ha caído en el olvido (estas dos últimas opciones a veces van de la mano, pero no siempre). Claro que las personas migrantes merecen más derechos, igualdad, dignidad, justicia… en el Estado español. Pero… ¿acaso no existe una conversación que estamos decidiendo no tener más allá de ésta?
Quizá esa sea la mayor fortaleza de las fronteras. No que dividan el mundo, sino que consiguen que dejemos de imaginar que podría dividirse de otra manera, y es así como la geopolítica despolitiza. Porque lo sorprendente es que apenas hablamos de esas categorías como si fueran una institución política. Las tratamos como si fueran una montaña, un río o el clima. Como si el actual régimen global de movilidad fuera una consecuencia inevitable de cómo funciona el mundo y no el resultado de decisiones políticas muy concretas, tomadas en momentos concretos y por actores muy concretos.
Las Relaciones Internacionales tienen parte de responsabilidad en esto. Lo digo como alguien que las estudia y enseña. La disciplina nos ayuda a entender cómo interactúan los Estados, por qué cooperan, por qué compiten, cómo construyen poder. Todo eso es imprescindible, sí. Pero también puede acostumbrarnos a mirar y entender el mundo únicamente desde la perspectiva del Estado. A aceptar sus categorías como si fueran neutrales. A asumir que las preguntas importantes son las del propio Estado. Entonces dejamos de preguntarnos por qué una frontera existe y empezamos únicamente a preguntarnos cómo gestionarla mejor.
No creo que todas estas preguntas tengan respuestas sencillas. Tampoco que exista un modelo perfecto de organización política. Pero sí me parece significativo lo poco que nos permitimos formularlas. Como si cuestionar las fronteras fuera una idea más radical que aceptar, casi sin discusión, un mundo en el que miles de personas mueren cada año intentando atravesarlas.
Hace unos días escribía que las personas desaparecían de nuestras conversaciones. Hoy me pregunto si las fronteras también han desaparecido, aunque por una razón completamente distinta. Ya no las vemos porque hemos dejado de cuestionarlas.
Y cuando una institución deja de parecernos una decisión política, también deja de parecernos transformable. La conversación ya no gira en torno a si el mundo —y, con él, las personas que en él habitamos— podría organizarse de otra manera. Solo discutimos cómo administrar mejor el mundo que ya existe.
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