Opinión
'Potencias medias' y 'clases medias': quién puede ser un actor 'responsable'

Por Itxaso Domínguez
Analista especializada en Oriente Próximo y Norte de África
En clase, cuando intento explicar cómo se organiza el sistema internacional, el término ‘potencia media’ aparece con bastante rapidez. A veces lo introduzco yo. Otras veces lo traen los propios estudiantes cuando hablamos de España, Turquía o Brasil. Lo utilizan con naturalidad, como una forma razonable de situar a estos países en el mapa global.
Me pasa algo parecido cuando abordamos la desigualdad. La ‘clase media’ aparece enseguida como referencia. No tanto como una categoría cerrada, sino como un punto de orientación. Y, sin embargo, en cuanto intentamos precisar un poco más, las certezas empiezan a moverse.
¿Qué significa exactamente que España sea una potencia media? ¿Capacidad diplomática? ¿Peso dentro de la UE? ¿Participación en la OTAN? ¿Y cómo encaja eso con la dependencia tecnológica o energética? Las respuestas se vuelven inestables, pero el término se mantiene.
Con la ‘clase media’ ocurre algo similar. En España, una pareja con dos salarios puede seguir identificándose como clase media aunque no pueda acceder a una vivienda en su propia ciudad. La etiqueta persiste incluso cuando la realidad que debería sostenerla se debilita.
Yo misma recurro a esos términos en clase, porque permiten empezar a ordenar la conversación. El problema aparece cuando dejan de ser un punto de partida y se convierten en el marco desde el que pensamos todo lo demás.
De la dependencia a las posiciones
Desde las relaciones internacionales críticas, este desplazamiento no es menor. Autores como Immanuel Wallerstein o Samir Amin insistieron en que el sistema internacional no se puede entender como una simple gradación de poder. Hablaban de centro, periferia y semiperiferia. Hablaban de estructuras que organizan quién produce valor y quién lo captura, quién fija reglas y quién se adapta a ellas.
Ese enfoque no negaba la agencia de los Estados. Pero sí marcaba los límites dentro de los cuales esa agencia podía desplegarse. Hoy, ese marco convive con otro que permite ordenar el mundo en posiciones sin tener que nombrar las relaciones que lo estructuran.
Hablar de ‘potencias medias’ permite describir lugares en el sistema sin entrar de lleno en las estructuras que los hacen posibles. España puede aparecer como un actor con capacidad diplomática. Brasil como un actor relevante en el Sur Global. Turquía como un actor regional activo.
Todo eso es cierto. Pero esa forma de describir el mundo desplaza preguntas que resultan difíciles de sostener en ese mismo lenguaje: quién define las reglas, quién controla la infraestructura tecnológica, quién fija los márgenes de lo posible.
Y ese desplazamiento no es inocente. Al centrar la atención en posiciones dentro del sistema, en lugar de en las relaciones que lo estructuran, se contribuye a estabilizar un orden en el que esas desigualdades aparecen como parte del paisaje.
Imitar hacia arriba, competir hacia abajo
En economía política, algo parecido ocurrió con la noción de clase. Pierre Bourdieu explicó cómo la clase no es solo una posición económica, sino una forma de estar en el mundo. Parte de lo que entendemos como clase media consiste en emular códigos asociados a posiciones más altas. No solo en el consumo, sino en la forma de presentarse como sujeto responsable, autónomo, previsible.
Beverley Skeggs añade algo importante: la respetabilidad no se distribuye automáticamente. Se construye, se demuestra, se sostiene. Y no todo el mundo puede acceder a ella en igualdad de condiciones.
En relaciones internacionales, ese movimiento también existe. Los Estados que buscan reconocimiento como actores legítimos adoptan lenguajes, prácticas y marcos que refuerzan su imagen de responsabilidad: apelaciones al derecho internacional, participación en foros multilaterales, discursos sobre estabilidad.
Pero esa aspiración a subir en la jerarquía global no siempre se traduce en comportamientos más moderados o cooperativos. En muchos casos, produce lo contrario: una intensificación de prácticas orientadas a demostrar capacidad, control e influencia, incluso cuando eso implica participar en dinámicas cada vez más violentas o extractivas.
Emiratos Árabes Unidos no solo invierte o media. También ha intervenido militarmente en conflictos como el de Sudán, proyectando poder más allá de sus fronteras. Israel combina innovación tecnológica y diplomacia con políticas sostenidas de violencia colonial.
Estas dinámicas no son anomalías externas al sistema, sino que forman parte de estrategias que buscan consolidar posición, ampliar margen de maniobra y asegurar reconocimiento dentro de un orden que premia la capacidad de imponer hechos sobre el terreno.
Lo más incómodo es que esa intensificación de la violencia no impide necesariamente el reconocimiento. Puede convivir con él.
Quién puede ser reconocido
Desde las RRII críticas, esta cuestión del reconocimiento es central. Las jerarquías coloniales no desaparecen, sino que se transforman. Durante mucho tiempo, el orden internacional se articuló en torno a un ‘estándar de civilización’. Algunos Estados debían demostrar que eran lo suficientemente ‘civilizados’ para ser considerados plenamente legítimos.
Ese lenguaje ha cambiado, pero la lógica persiste. Hoy se habla de responsabilidad, estabilidad o previsibilidad. Pero no todos los Estados pueden acceder a ese reconocimiento en igualdad de condiciones.
Irán, por ejemplo, queda sistemáticamente fuera de ese marco, independientemente de sus capacidades o de su comportamiento en contextos concretos. El lenguaje disponible para nombrarlo es otro.
No es que ese estándar haya desaparecido. Es que se ha transformado. En el plano social, ocurre algo parecido. Stuart Hall y Sara Ahmed han mostrado cómo la figura del ‘buen ciudadano’ está atravesada por normas de clase, raza y cultura. No basta con tener ingresos que encajen en la categoría de clase media. También hay que encajar en una cierta idea de respetabilidad. Y ese reconocimiento no está disponible para todos.
En ambos casos, la categoría no solo describe. También delimita quién puede ser considerado un actor legítimo dentro del orden existente.
De la descripción al límite
Desde una mirada crítica, el problema no es que estas categorías sean incorrectas. El problema es que organizan lo que parece posible.
Cuando el mundo se describe como una gradación de posiciones intermedias, el conflicto estructural pierde centralidad. Las relaciones de dependencia o explotación se vuelven más difíciles de nombrar, más fáciles de desplazar.
Pero no desaparecen. Siguen ahí, en la distribución de riqueza, en el control de la tecnología, en la capacidad de imponer reglas.
Ese orden no es abstracto. Está sostenido por concentraciones muy concretas de poder económico, tecnológico y político que operan a escala global y doméstica. Son esos actores los que fijan, en gran medida, las reglas del juego, los márgenes de maniobra y también los límites de lo que se considera razonable.
En ese contexto, tanto la ‘clase media’ como la ‘potencia media’ aparecen como posiciones intermedias dentro de un sistema cuya arquitectura no controlan. Pueden adaptarse, negociar, incluso ganar margen en ciertos momentos. Pero lo hacen dentro de un marco que no han definido.
Por eso estas categorías funcionan: porque permiten a Estados y a individuos reconocerse en un espacio que parece estable, razonable, incluso deseable.
Pero también porque ese espacio está definido por un orden que no se cuestiona. Un orden en el que las jerarquías globales y sociales no desaparecen, sino que se naturalizan. Y en ese punto, lo que empieza como una forma de describir una posición acaba contribuyendo a reproducirla.

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