Opinión
Las dos verdades de Rodríguez

Por David Torres
Escritor
No mucha gente sabe que el segundo apellido de Miguel Ángel Rodríguez es Bajón, del mismo modo que tampoco mucha gente sabe que Rodríguez tiene una ilustre y casi secreta carrera de novelista. Casi igual de ilustre y secreta que la mía, dicho sea de paso. Dicho sea de paso también, compartimos editorial hace cosa de quince años y llegamos a ir juntos en AVE a la Feria del Libro de Málaga, un trayecto del que por desgracia no recuerdo nada. Probablemente cada uno iba a lo suyo, leyendo, tomando notas para futuros proyectos o mirando por la ventanilla. Las pocas veces que voy en tren, me gusta mirar por la ventanilla, aunque últimamente el paisaje desfila tan deprisa que casi no hay manera de fijarse en nada. Tengo la teoría de que la Generación del 98 se forjó en el aburrimiento de esos largos y desganados viajes en tren donde se les ocurrió que el alma de España se reduce al duro hueso de la meseta castellana. Entre las prisas, la falta de sintonía y la poca conversación, Rodríguez y yo difícilmente íbamos a forjar una amistad o una generación literaria.
Un siglo y pico atrás, cualquier escritor podía aprovechar el expreso de Madrid a Sevilla para apañar un cuento o bosquejar una obra de teatro. Ahora que la velocidad no deja sitio ni para un artículo de periódico, los escritores son más de taxi, aunque la mayoría nos conformamos con el metro o el autobús. Mucho más imaginativo, Rodríguez prefirió el ascensor, el que va de abajo arriba. Sus publicaciones cesaron hacia 2010, cuando decidió enfocar su considerable talento de narrador al campo de la tertulia televisiva. Al poco obtuvo su primer gran éxito al llamar "nazi" al doctor Luis Montes, lo que le costó un delito por injurias.
Probablemente estaba influido por su producción novelística anterior, donde abundan los misterios que empiezan con el asesinato repentino de un aristócrata, una presentadora de televisión o un candidato a la presidencia del Gobierno. Una lástima su abandono de la literatura tradicional, aunque tampoco se sabe de dónde iba a sacar tiempo ahora para redactarle los guiones a Ayuso con una mano mientras trama intrigas policiales con la otra. Sin embargo, está claro que el mejor personaje trazado por la imaginación de Rodríguez es la propia Ayuso, una de esas criaturas de ficción tan desmesuradas, tan inverosímiles, que acaban por saltar de la página a la calle. Como Don Quijote de la Mancha, como Lady Macbeth, como Ignatius Reilly, la presidenta de la Comunidad de Madrid resulta bastante más real que mucha gente de carne y hueso. Y al igual que Flaubert con Madame Bovary, Rodríguez bien podría decir: "Ayuso c’est moi".
En sus declaraciones fuera y dentro de los juzgados, Rodríguez ofreció dos versiones distintas sobre quién le había pasado la fotografía de los periodistas que supuestamente habían acosado a Ayuso y a su pareja, Alberto González Amador. Primero, antes de entrar a la sala, dijo a los medios que la foto se la había facilitado un "vecino enfadado" porque los periodistas molestaron a su hija; después dijo al juez y a los medios que le entrevistaban que no fueron los policías ni los escoltas de Ayuso quienes le proporcionaron la imagen, sino el propio Alberto González Amador. Es evidente que un novelista bregado conoce de sobra los mecanismos de dosificación de la información, un recurso típico en cualquier curso básico de narrativa. Más que mentir, Rodríguez seguía improvisando su novela: la increíble historia de Ayuso y su ático embrujado.
Basta sumar dos y dos para concluir que el "vecino enfadado" era Alberto González Amador, también conocido como "Mr. Burnet" o "el ciudadano anónimo". Era casi imposible explicar que, por muy enfadados que estuvieran, los vecinos del inmueble tuvieran comunicación directa con el jefe de gabinete de Ayuso. Desde finales del siglo XIX, concretamente desde Henry James, los lectores saben que hay que desconfiar del narrador, que una voz que cuenta una historia en primera persona bien puede deslizar mentiras, ambigüedades y pieles de plátano entre las verdades más o menos establecidas. En España lo sabemos mucho antes, concretamente desde el primer párrafo del Quijote, donde Cervantes suelta tal cantidad de descuidos y contradicciones que no hay forma humana de sacar la verdad. Ni siquiera es capaz de acertar con el apellido del protagonista –"Quijada o Quesada"- aunque especifica lo que come cada día de la semana. Este artificio se denomina “narrador no fiable” y pocos novelistas lo manejan tan bien como Miguel Ángel Rodríguez. En la novela de misterio que lleva años escribiendo y que seguimos leyendo como idiotas hay 7.291 asesinatos por lo menos. Menudo Bajón, colega.
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