Opinión
La democracia nació en Grecia y murió en Fuente de Cantos

Escritora y doctora en estudios culturales
Hay una broma recurrente entre los españoles que viven o hemos vivido en Estados Unidos consistente en decir que "venimos del futuro". Las risas que produce sólo brotan a medias, pues el chiste contiene parte de certeza: vimos una suerte de réplica del asalto al capitolio en Brasil; hemos sido testigos de la traducción literal de argumentarios que alteran el significado primigenio de las palabras hasta dejarlas vacías; la mentira en la era de la IA y el algoritmo, junto a una defensa inmoral de la necropolítica, se ha vuelto tan común que ya casi es imposible distinguirla de la verdad. Si se quiere pronosticar lo que viene en nuestro país, sólo es preciso dirigir la mirada hacia el otro lado del Atlántico y la probabilidad de acierto crece. Por eso, quizá, a muchos no les habrá sorprendido escuchar a la candidata del PP extremeño a las próximas elecciones autonómicas, María Guardiola, afirmar que "están robando la democracia delante de nuestros ojos" ante la sustracción de una caja fuerte en la oficina de correos de Fuente de Cantos, Badajoz, la cual contenía 124 votos y 14.000 euros. Los rateros se llevaron el dinero, y las papeletas aparecieron tan desperdigadas como inservibles, pero el simple hurto de una banda que la Guardia Civil sabe que opera de esta manera desde mucho antes de que se convocaran elecciones en Extremadura ha bastado para difundir dichas declaraciones.
La falacia no se sostiene, y si la democracia se encuentra amenazada, podríamos citar como causas el sesgo de buena parte de los jueces, la financiación ilegal de partidos, la corrupción, o la masiva presencia de la posverdad, desde luego no el robo de una cantidad minúscula de votos que, además, se pueden restituir en tiempo y forma. Pero la respuesta apremiaba a horas de los comicios, y la historia, como la comida lista para calentarse en el microondas, ya se encontraba preparada: así que sólo había que retirar el envoltorio y ponerle una cara local. El problema es que con ello no sólo se desvía la atención (ya tan destruida) de asuntos clave como la sanidad, la educación, o las políticas medioambientales de una región arrasada por los incendios, sino que se continúa horadando una confianza ciudadana en el sistema y, con ello, se nos arrastra hacia la desafección y la antipolítica. "Confianza", por cierto, ha sido uno de los lemas de campaña de Guardiola; la ironía hiere la inteligencia, y no precisamente la artificial.
Más allá de la anécdota, lo que este hecho pone de manifiesto es el seguimiento de un guion extranjero por parte de unas derechas que dicen defender su tierra. Llegó, en su momento, la alteración de la palabra "libertad", antes asociada a las luchas antifranquistas y ahora utilizada para el libre albedrío del sector empresarial. Le siguieron un manoseo del término "familia" mientras se desmantelaba el Estado del bienestar que la protege; y un vuelco semántico de la "tradición", que se prostituye para la turistificación (véase la Semana Santa) y se olvida en lo referente a mantener los vínculos barriales, al derecho a la vivienda, o la biodiversidad. La "libertad de expresión" encontró su espejo deforme cuando comenzó a emplearse para enaltecer regímenes autoritarios y cancelar posturas igualitarias a favor de los derechos humanos tachándolas de "woke". Este último vocablo, por cierto, nacido al amparo del movimiento negro en Estados Unidos con el fin de acusar el racismo, es actualmente el insulto favorito de buena parte del sector conservador. Poco a poco, la oleada de manipulación también ha ido alcanzado al feminismo, pues, ante los presuntos casos de acoso sexual en el PSOE, los partidos que niegan la violencia de género, ridiculizan el consentimiento o debilitan la sanidad pública hasta el punto de caer en la negligencia respecto a los cribados del cáncer de mama alzan la voz en una supuesta defensa de las mujeres.
En plena época de negacionismo, el vaciamiento del lenguaje que tan bien analizara el filólogo Víctor Klemperer parece no tener fin, porque tampoco se vislumbran soluciones. El buen hacer de algunos políticos se efectúa intentando dirigir a su terreno un vocabulario de significado tambaleante; la búsqueda del eslogan efectista destruye la complejidad necesaria de la oratoria; el golpe de click y la inmediatez digital envuelve a una opinión pública que, en el mejor de los casos, repite mensajes prestados sin pararse a reflexionar. Sólo así se entiende que una candidata tan elocuente como Irene de Miguel, que expone desde los datos pero también desde la sobrada experiencia en zonas rurales, se sitúe en desventaja respecto a sus contrincantes. Y hay quien todavía me pregunta para qué sirve la cultura en los tiempos que corren. Pues para saber leer e interpretar la vida. Para que no te digan que la democracia nació en la Grecia clásica y murió un buen día de diciembre de 2025 en Fuente de Cantos, Badajoz, de la mano de unos vulgares cacos, y tú te lo creas.
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