Opinión
¿Derecho a morir o derecho a vivir después de la violencia?

Periodista
¿Qué hacer cuando una mujer pide la eutanasia por las secuelas de la violencia machista? Varios medios han contado la historia de Ainhoa Caballero, de 28 años, jefa de cocina de un hospital. En 2024 relata que la segunda agresión de su expareja casi acaba con ella. Golpes. Estrangulamiento. La cabeza contra el suelo. Resultado: hemorragias intracraneales. Fracturas en la base del cráneo, la mandíbula y las costillas. Parálisis facial. Pérdida profunda de audición. Acúfenos. Pérdida del olfato y del gusto (imprescindibles para su trabajo). Vértigos. Cefaleas. Problemas de memoria. Dolor continuo. Estrés postraumático.
Además de todo esto, Ainhoa ha aguantado la dificultad para acceder a ayudas. Una trabajadora social sostuvo que no puede pedirlas por trabajar (no le conceden la incapacidad total) y porque no tiene pinta “de maltratada”. O sea, o te dejan en una silla de ruedas o muerta, o nada. Mientras unas instituciones valoran su capacidad para trabajar, otras certifican la gravedad de sus secuelas, sin ponerse de acuerdo. A todo esto, el miedo constante. Él sigue en prisión provisional, esperando juicio, pero ella ha denunciado quebrantamientos de la orden de alejamiento porque la llama desde la cárcel.
Ainhoa no aguanta más el dolor y quiere la eutanasia. Su caso se suma al de Noelia Castillo. Recuerden que tras un pasado delicado y una agresión sexual, en un intento de suicidio, sufrió una lesión medular completa que le provocó paraplejia, dolor neuropático, incontinencia, sondajes, y una enorme dependencia. Y aquí conviene detenerse.
Esto no es un artículo contra la eutanasia ni de lejos. Pero asumamos que esto significa que la agresión del maltratador y su daño son permanentes en muchos casos. No acaban en ese día. Continúa con un dolor neuropático. En una silla de ruedas. En noches sin dormir. En el miedo a que alguien se acerque. En una incapacidad laboral. O en una depresión. Si una agresión deja unas secuelas que llevan a una persona a solicitar la eutanasia, ese daño tiene que ser investigado, acreditado y reparado dentro del procedimiento penal correspondiente.
Una lesión no es solamente una mandíbula rota. Es quizá no poder volver a trabajar. No poder dormir. No poder vivir sin dolor. No poder volver a sentirte segura. Y eso también es violencia. A las mujeres se les exige sobrevivir a la agresión. Sobrevivir al juicio. Sobrevivir a las preguntas. Sobrevivir a la precariedad. Sobrevivir a la burocracia. Y después, además, demostrar que merecen una ayuda. Si queremos defender el derecho a morir dignamente, tenemos que defender el derecho a vivir dignamente después de la violencia machista. Y eso significa rehabilitación física y neurológica. Atención psicológica especializada. Protección económica. Reconocimiento de la discapacidad. Reparación integral. Y justicia. Tener todo eso antes de tomar un camino. Una mujer puede tener derecho a decidir sobre su muerte. Pero el responsable de haber destruido parte de su vida no tiene derecho a que esta realidad quede en segundo lugar. Que él se vaya de rositas y feliz porque, aunque de otra forma, consigue su propósito: dejarle tanto daño que acabe con ella.
Que la eutanasia sea la última secuela de la violencia machista es un fracaso social. Pero no preguntemos por qué una mujer quiere morir porque no es por capricho, es por una realidad machista que muchos niegan. Preguntemos mejor qué hemos hecho, y qué hemos dejado de hacer, para que vivir llegue a parecer más insoportable que morir.

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