Opinión
El desahucio de Maricarmen es violencia

Por Paco Tomás
Periodista y escritor
Esta columna está escrita con tinta de rabia. La escribo mientras las sirenas de la policía, la misma que empuja a una profesora jubilada por la espalda pero le pide por favor a los fascistas que se aparten un poco de la calzada, resuenan por un Madrid que despierta con la amenaza del desahucio a Maricarmen, una mujer de 87 años, a manos de un miserable fondo buitre.
Y esa desvergüenza transcurre mientras escucho a los líderes políticos de la derecha repetir una frase comodín terriblemente tramposa e interesada: “condeno la violencia, venga de donde venga”. Llevo escuchando esa frase varias semanas, a raíz de la violencia que han desencadenado los grupos ultras contra la inmigración, y todo aquel que la defienda, aprovechando el avispero de Ceuta. Ese “venga de donde venga” es un guiño a su violencia y un tirón de orejas a nuestra respuesta a su violencia. Porque ese “venga de donde venga” no señala ni condena la violencia primogénita sino la reacción del vulnerable, del oprimido, del violentado.
Creo que todos sabemos diferenciar entre la motivación que lleva a un nazi a quemar el chamizo de un migrante y la respuesta de un migrante que le lanza una piedra al nazi que le quiere dejar sin casa. Cuando una sociedad mide por el mismo rasero la opresión y la presión, entonces perdemos los de abajo.
La derecha en España ha cultivado una intimidación, una burla de nuestra dignidad, que busca llevarnos al límite de nuestra paciencia. Claro que la violencia nunca es el camino pero ¿quién decide qué es violencia y qué no? Porque el desahucio de Maricarmen es violencia. Porque los fondos buitre son violencia. Llamar ‘invasor’ a un migrante que llega en chanclas, jugándose la vida, es violencia. La forma de hablar de Ayuso en violencia. Lo que está haciendo Juan Jesús Vivas con los menores migrantes en Ceuta es violencia. Lo que hacen los señores de la CEOE oponiéndose a subir los salarios más bajos, en un país de sueldos precarios, es violencia. Dejar a las familias de la Cañada Real sin luz ni calefacción es violencia. Ver a Mazón negándose a contestar en la comisión de la dana, en el Congreso, con los familiares de las víctimas en la puerta, es violencia. Pero para ellos no es así. Es economía, son bienes de mercado, es neoliberalismo. Violencia solo es nuestro hartazgo cuando ya no podemos más.
Y no me vengan ahora con “los cauces legales” para canalizar nuestra indignación. Los que nunca hemos confiado en la Justicia ni en los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado no nos tragamos ese mantra. Asumo sus dictámenes y obedezco sus órdenes, no me queda otra, pero no confío en ellos. Las personas que un tiempo -que no descarto que pueda regresar- habitamos un margen que ha sido considerado delito por parte de la Justicia y ha sido perseguido por parte de la policía, no podemos confiar en ellos. Escucho que los antidisturbios alejan a los medios de comunicación de la puerta del edificio que ha sido el hogar de Maricarmen durante 70 años.
No me fío de ellos. No me fío de unos antidisturbios que van a desahuciar a una señora de 87 años y cargan contra los activistas pero que dejan a los fascistas lanzar piedras contra el vehículo de una diputada ceutí de izquierdas. Escucho que Urbagestión, como se llama la empresa miserable que quiere especular con el hogar de Maricarmen, no acepta las ofertas de alquiler que se le ofrecen. No confío en la Justicia que legisla la injusticia para darle poder al abusador.
¿Dónde diablos está Marlaska cuando hace falta? ¿Cómo puede ser que un gobierno progresista arrope las injusticias poniendo a los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado al servicio de una empresa privada que está haciendo la vida imposible a la ciudadanía? No es justo. Porque por mucho que el desahucio de Maricarmen se ajuste a lo jurídico, es rotundamente injusto. Y si el sistema no tiene mecanismos para frenar la injusticia, entonces, ese sistema no sirve. Y ahí nace la democracia decepcionante, el Estado de derecho desilusionante, el abono para el florecimiento de la extrema derecha.
No confío en un país que, ante el gravísimo problema de la vivienda, celebra una feria inmobiliaria donde animar al capital a especular con nuestra supervivencia. No confío en aquellos que siguen hablando de ocupación cuando tenemos más opciones de ser desahuciados por un fondo buitre que de ser ocupados. Escucho que Maricarmen ha sido desahuciada. Su frágil salud, sin un hogar donde dormir por la noche, está siendo atendida por los equipos médicos. Y mi rabia no entiende por qué no estamos quemando The District. Por qué no estamos quemando las oficinas de Urbagestión. ¡Ah, sí! Ya sé por qué. Porque eso es violencia. Dejarnos sin casa no es violencia. Solo la respuesta a su violencia es violencia.

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