Opinión
Descargar el Mundial contra el cuerpo de las mujeres
Periodista y escritora
Sé cómo funciona esto. Sé de qué va. Afuera, la ciudad, el país, el mundo se preparan para vivir el gran acontecimiento, los amigos quedan en los bares, algunos compran cajas de latas de cervezas para casa, otros compran gramos, empiezan a beber demasiado temprano, uno dice que mejor echen el freno para ver el partido en condiciones, otro dice que lleva buen material, todos calientan motores para la noche. Así lo llaman, calentar motores. Sé de qué va.
Las televisiones, las cadenas de radio, los medios en general no hablan de otra cosa en los últimos días. Qué va, días: en las últimas semanas. Es una final.
Dentro de su casa, la mujer sabe también de qué va. Lo que no sabe es cómo prepararse. Es curiosa la forma de parálisis que impone la violencia del macho. Sabes que llegará, siempre llega, pero no puedes evitarla. La mujer que espera dentro de su casa conoce perfectamente el mecanismo, por repetido. Cualquiera podría pensar que si una vereda está sembrada de cepos, lo inmediato es no tomar esa vereda. Pero para la mujer sólo existe la vereda. No hay bosque, no es una vereda en ningún lugar, es la vereda en medio de la nada y sólo la vereda.
Para quien no haya sufrido jamás la violencia del macho, o sea para la mayoría de los hombres, resulta muy difícil de explicar que esa mujer no se vaya la noche de la final del Mundial a dormir a casa de una amiga, de su madre o a una pensión del barrio. No es que tema la violencia de su marido, es que sabe que llegará, tiene la absoluta certeza. Por la simple razón de que siempre es así. “¿Por qué no la evita entonces?”, sería la pregunta de un necio que no conoce los mecanismos de dicha violencia, el sometimiento, la anulación de la voluntad y la seguridad de que ninguna violencia se evita, sólo se pospone.
Arranca el partido, las televisiones y las radios aceleran, se grita, suenan los petardos y dentro de casa la mujer tiembla, se retuerce las manos, el vértigo conocido le vacía el estómago y agita la respiración. Cientos de miles de mujeres tiemblan. Cientos de miles de mujeres se retuercen las manos. Cientos de miles de mujeres saben que, gane o pierda el equipo de su marido, recibirán la furia de la derrota o de la victoria sobre sus cuerpos. En el mejor de los casos, en forma de gritos, golpes contra muebles y pareces, rotura de vajilla, insultos e improperios. En el peor, a golpes y patadas, con agresiones sexuales o la muerte. Cientos de miles.
Durante la noche posterior a la victoria de España sobre Argentina en la final del Mundial de fútbol 2026, las llamadas al teléfono de emergencia 016 aumentaron un 120%. Los mails al mismo servicio, aumentaron más del 1.000%. Al chat, un 60% más. Pasó lo mismo en Inglaterra, México o Argentina, por citar tres países de los que tenemos noticia y que conocen bien el fenómeno macho de descargar la adrenalina contra el cuerpo de “sus” mujeres. ONU Mujeres y UNICEF calculan que durante los partidos las llamadas de mujeres a líneas de emergencia se disparan hasta en un 30%. Son “sus” hombres quienes las golpearán o, directamente, acabarán con sus vidas.
En España, durante esos días cuatro hombres asesinaron a mujeres. En México, fueron seis y otros cuatro en Argentina. En Inglaterra se recibieron 384 denuncias por violencia de género vinculadas al Mundial. Pero esas son las que conocemos. La inmensa mayoría de las mujeres que tiemblan el partido en casa no se manifiestan. No podrían, de la misma manera que no pueden salir de esa vereda en la que quedarán atrapadas entre los dientes del cepo de la furia macho.
Hay estudios que hablan de la frustración, otros del consumo de alcohol, de estupefacientes, etc. Lo cierto, una vez pasado este julio infernal de fútbol, es que los hombres descargan contra el cuerpo de “sus” mujeres la emoción y la frustración, la victoria y la derrota, el ocio o el estrés laboral. Descargan en verano porque descansan y en invierno porque están agotados. Descargan en navidades por las fiestas y en las bodas porque beben. Descargan, y punto. Mientras ellas tiemblan, y de fondo, cuando tratan de poner Betadine en las heridas y maquillar los moretones de la cara, la sociedad habla de héroes y gestas, como siempre.
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