Opinión
Deseando que acabe el verano de quienes no descansan

Por Niklas Rodríguez
Secretario político de la UJCE (Juventud Comunista) en Andalucía.
-Actualizado a
Al pensar en el verano, a la mayoría le vendrá a la cabeza una serie de situaciones más o menos apetecibles: viajar, playa o piscina, salir de fiesta, tragarse entera la serie que lleva meses cogiendo polvo en la lista de "pendientes", leer los libros para los que no da la vida el resto del año, estar con la familia o simplemente dejarse llevar por el calor y el tiempo libre.
Para muchos, sin embargo, el verano no es precisamente un escenario digno de Instagram. Es, más bien, la peor época del año.
Mientras se celebra la tradicional bajada del paro estival, se escurre el bulto del coste de la estadística: contratos temporales, salarios que cuesta llamar salarios y jornadas que se estiran como un chicle, bajo un sol que muchos días roza lo criminal. El termómetro marca 40 grados a la sombra y las terrazas están llenas, los hoteles a rebosar y las cocinas ardiendo. El calor, lejos de ser una excusa para parar, se convierte en un obstáculo a sortear a golpe de abanico y botella de agua —si es que hay tiempo para beber—.
Para gran parte de la juventud andaluza, el verano es el único momento del año en el que podemos encontrar un empleo. No porque sea la época ideal para trabajar, sino porque la temporada alta del turismo y la hostelería abre una puerta que el resto del año está cerrada. La puerta, eso sí, no conduce a la estabilidad ni a la dignidad laboral, sino a un pasillo estrecho lleno de trampas: períodos de prueba que se convierten en jornadas completas sin cobrar, turnos de cierre y apertura seguidos que no permiten dormir ni cuatro horas, propinas que no compensan el sueldo base, descansos que se recortan o directamente se olvidan —porque parar en ese momento justo es "dejar tirados a tus compañeros"— y jornadas partidas, ese invento que hace desaparecer el día completo y que convendría abolir hoy mismo.
Por ahí anda también la carrera veraniega por encadenar horas extras, si es que se pagan, porque son el colchón para todo el año. El cebo está claro: cuanto más te cargues el verano de horas, mejor pasarás el invierno. De paso, tu pueblo o ciudad deja de ser para ti. Tú se la preparas al turismo, pero no la disfrutas. Ves las calles abarrotadas en agosto y vacías en enero, los alquileres disparados y los bares con camareros nuevos cada temporada.
No se trata de demonizar a quien disfruta de sus vacaciones —faltaría más— ni de caer en el cliché de "dos Españas", con cebolla o sin cebolla, en versión estival: la que trabaja en verano y la que no. El problema es más hondo. Tiene que ver con un modelo económico que sostiene el descanso de unos sobre el trabajo precario de otros, y que convierte el territorio en un parque temático de sol, playa y caña fría. Un ocio que cada vez más solo somos capaces de imaginar como un paquete de servicios: que nos sirvan, nos limpien, nos cocinen o nos masajeen. Todo sin remordimientos, porque "para eso les pagan" y "es su trabajo".
El turismo que tenemos no solo agota los recursos naturales y encarece la vida para quienes residen en las zonas más visitadas. También alimenta un mercado laboral donde la temporalidad es la norma, la sindicalización es mínima y el miedo a perder el trabajo frena cualquier intento de denunciar abusos. Quien se atreva a quejarse corre el riesgo de ser sustituido al día siguiente: hay cola para ocupar cualquier puesto, por malo que sea —y si no vamos corriendo a que nos den el trabajo, ya publicará algún diario que un hostelero está triste porque somos vagos sin ganas de trabajar—.
En definitiva, quizá sea por todo esto que, cuando a un joven andaluz nos preguntan en pleno agosto "¿qué tal el verano?", en demasiadas ocasiones, nuestra respuesta sea seca y directa:
—Deseando que acabe.
El problema –vamos a recordarlo, no vayan a saltar los de la "generación de cristal"– no es trabajar. El problema son las condiciones que ponen en riesgo la salud, que no permiten vivir dignamente y que, encima, se venden como una oportunidad.
La juventud trabajadora no necesita discursos sobre "aprender el valor del trabajo": ya lo conoce. Lo que necesita es, para empezar, que se cumpla la ley, que las jornadas sean humanas, que los sueldos reflejen el beneficio que genera su trabajo, y que exista la posibilidad de elegir un empleo acorde a su formación y aspiraciones, sin verse obligada a aceptar el monocultivo del turismo como única salida.
Necesitamos, en definitiva, que el verano también sea nuestro.
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