Opinión
Desterrar el 'buenismo'

Por Miquel Ramos
Periodista
“Golfas endófobas”, reza una pintada en la fachada de la sede de Cruz Roja en Ferrol. “Plan Kalergi”, advierte con pintura negra sobre el cristal del local. “Traidores. Ceuta no está sola”, remata el grafiti, a más de mil kilómetros de la ciudad autónoma. En pocos metros, en lo que caben dichas pintadas, se resume la campaña que la extrema derecha está llevando a cabo a propósito de los acontecimientos que, desde finales de julio, tienen a Ceuta como escenario.
Hoy todo se mide allí, aunque los laboratorios estén lejos y la onda expansiva alcance a todo el país y más allá. El enclave es perfecto, en distancia y opacidad, por los relatos imperantes que cada vez más excluyen la humanidad de todo este asunto. Por el caos, el miedo y la ansiedad generado por la mala gestión, el boicot intencionado de la oposición para que el problema se enquiste y el espectáculo del miedo que algunos medios explotan de manera obscena para ganar audiencia e instaurar, dicho sea de paso, los marcos ideológicos que les interesan.
El asunto en sí ya ha trascendido más allá de los propios migrantes, sujetos y objetos de escarnio, de mercadeo político y estigma, y como siempre se advierte en los discursos de odio y en las campañas de deshumanización, acaba saliéndose del margen y salpica e interpela mucho más allá. Endófobas llaman a las ONG, acusación de odiar lo propio, a su propio pueblo, a su raza, porque se ocupan de los migrantes (no solo de ellos, pero también de ellos) en situación precaria. Traidores porque atienden a los vulnerables sin filtros raciales o nacionales, y golfas porque lo hacen por puro deseo sexual hacia el salvaje, cuya más preciada conquista es el cuerpo de “nuestras mujeres”.
Hace ya algunos años que vimos este mismo marco perverso tras el abrazo que una trabajadora de la Cruz Roja daba a un joven migrante que había sobrevivido al naufragio de una patera en nuestras costas. El odio que vimos hacia ella, a la que expusieron con nombres y apellidos, a la que acusaron de entregarse a la animalidad extranjera de piel oscura por pura obscenidad, era un aviso de lo que estaba por venir. Una instrumentalización del cuerpo y el alma de la mujer como arma arrojadiza contra el diferente. Era una advertencia de todo ese pus amoral que empezaba a brotar en redes y cuya peste alcanza hoy a todas partes.
El Plan Kalergi es la conspiranoia nazi del Gran Reemplazo, un supuesto plan de substitución demográfica en Europa, promovido por los judíos, para que los migrantes y los no blancos diluyan la raza blanca a través del mestizaje y de la ‘invasión’ que supone su presencia. Europa, dicen, dejará de ser blanca en menos de treinta años, gracias al ‘buenismo’ de la izquierda y su entramado de ONGs que ‘abre la puerta’ a la migración y abraza al migrante como a un ser humano, igual en dignidad y derechos.
“No son migrantes. Son soldados. Usan a las mujeres y los niños de atrezzo”, tuiteaba hace unos días la portavoz adjunta del PP en el Congreso, Cayetana Álvarez de Toledo. El migrante es representado como un soldado de ese plan, que ‘invade’ nuestra nación sin más razón que servir a los intereses de una élite que odia nuestro país, nuestra raza y nuestro modo de vida. Esta idea es la que llevó al terrorista fascista Anders Breivik a asesinar a 69 adolescentes socialistas en la isla noruega de Utoya en 2011, porque eran los ‘colaboracionistas’, las ‘golfas’, los ‘traidores’ que iban a permitir y facilitar este reemplazo poblacional y la ‘islamización’ de la Europa cristiana.
Las cacerías contra los miembros de ONGs que ayudan en Ceuta llevan el mismo sello, la misma excusa. Cruz Roja, No Name Kitchen y cualquiera que pretenda ir a aliviar la situación ante el abandono y la insuficiencia institucional. La última, la navarra Negu Gorriak, contra la que el entramado desinformador habitual pudo añadir la etiqueta de ‘proetarras’. Si comunican en euskera y llevan el nombre de un grupo de rock vasco, mucho más fácil que cuele el fantasma de ETA en esta historia. Algunos medios como el ABC o El Español confundieron a la banda musical y a la ONG, quien sabe si por ignorancia o por mala fe. El daño iba a ser el mismo, y así fue. Una cacería en el puerto contra los sospechosos, que se saldó con un intento de linchamiento ante las cámaras contra una diputada y dos activistas ajenos a dicha ONG. La reconocieron, no era vasca ni de esa ONG, pero les dio igual, porque es igual de traidora.
Destruir la imagen y cuestionar el trabajo de las organizaciones humanitarias forma parte del plan de la nueva ola ultraderechista, sea en Ceuta, en València tras la DANA o en Gaza contra la UNRWA. No se merece ayuda humanitaria quien no es humano, y a veces ni eso, porque ni siquiera siéndolo merecen humanidad por haber nacido donde nacieron. Desterrar el ‘buenismo’, aquello que otorga dignidad y derechos a cualquier persona, es fundamental para implementar una agenda reaccionaria y autoritaria.
Ceuta concentra hoy todos los elementos que vamos a ver desarrollarse cada vez con mayor frecuencia e intensidad en un futuro. No será necesario que entren miles de personas, bastará con cualquier suceso, cualquier bulo o cualquier provocación para que lo que hoy se ensaya allí, explote con más metralla allá donde sea. Porque todo no acabará con la descongestión de la situación, con el olvido mediático y la vuelta a una supuesta normalidad. De todo se aprende, y hoy Ceuta es un curso intensivo para incendiarios, un escenario en construcción de futuros posibles.
Por eso es tan importante no cerrar constantemente el foco en aquello que nos espanta como demócratas y humanistas, sino abrirlo a aquello que nos da esperanza. A aquellas organizaciones que trabajan allí a pesar de todo, aquellos vecinos que abren sus puertas, aquellos ciudadanos que, lejos de allí, se plantan ante el racismo y la extrema derecha, que al final, también les apunta. El cierre de filas con ellas y ellos, con su solidaridad, su empatía y su humanidad es imperativo. Esta es una carrera de fondo, llena de obstáculos, de tramposos, sin meta en el horizonte, pero que hay que correr por necesidad. Por pura supervivencia democrática, por no dejar a nadie atrás. Por no permitir que este fascismo en ciernes acabe siendo irremediable.


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