Opinión
El día que Sara Montiel sorprendió a Luisito con una tele en su propia casa

Por Andrea Momoitio
Periodista y escritora
La Inteligencia Artificial de Google dice que no existe ninguna conexión directa conocida entre San Miguel de Relloso y Sara Montiel. Pero se equivoca. San Miguel de Relloso es un pueblo burgalés que está abandonado. Situado en el valle de Losa, entre montañas y colinas, sus orígenes documentados se remontan al Libro de las Behetrías de 1352. Entonces se hablaba del barrio de Relloso. En el siglo XVIII, sus habitantes dependían del convento de Santa Clara, de Medina de Pomar, y en el XIX la población apenas supera las pocas decenas de personas.
En 1900 solo quedaban allí 34. Luego, y durante muchos años, en San Miguel de Relloso solo vivía Luis Herranz. Luisito se convirtió en el único habitante de un pueblo entero, un hombre y su mundo, un valle entero para él solo. Allí la vida transcurría lentamente, como siempre cuando nadie se dedica a acelerarla, marcada por el aislamiento. Vivía de la ganadería, cuidando su rebaño y asegurándose de que todo funcionara bien en su pequeño mundo. De vez en cuando, recibía la visita de la cartera de la zona, que era prácticamente la única conexión con el exterior. Cualquiera podía escribirle: Luisito. San Miguel de Relloso. Burgos. No había pérdida, claro. El hombre vivía solo en el pueblo y, por no tener, no tuvo ni luz hasta 1984. Aquel año arreglaron la carretera y llevaron la luz eléctrica, el teléfono y el agua corriente. La Inteligencia Artificial de Google dice que Muelas del Pan, en Zamora, fue el último pueblo de España en recibir la electricidad en 1981, pero, al parecer, también en eso se equivoca.
El día que llegó la luz a San Miguel de Relloso, a este pequeño municipio burgalés también llegó un auténtico circo mediático. Luisito, claro, estaba encantado. A la España de finales de los ochenta le encantaban las historias sorprendentes e inesperadas. ¿Por ejemplo? La de la estrella de cine y el pastor solitario. A la una la conocía medio mundo; al otro solo conocían la cartera y su rebaño. Era un show televisivo perfecto, dirigido por Nieves Herrero, que se encargaba de orquestar lo que presentaba como un milagro.
Imaginad la escena. El silencio del valle, tan solo roto por el cencerro del ganado, de repente se ve invadido por el ruido de un equipo de televisión, cámaras, cables y, en el centro de todo, la mujer que había encarnado el glamour de la España de los cincuenta. Sara Montiel, con su voz inconfundible y su aura de estrella, bajaba del coche para entregarle a Luis Herranz, en su propio hogar, una televisión. El aparato simbolizaba la irrupción del mundo moderno en su burbuja de aislamiento.
La cámara no perdió detalle. Para él, el televisor era un objeto de otro planeta, algo que solo había visto de pasada cuando bajaba a los pueblos de la zona. Primero Nieves Herrero le explica por teléfono cómo funciona eso de la tele. Luisito coge el mando, toca los botones y se encuentra ahí con Herrero, que saluda a Luisito desde Madrid. ¿No era suficiente con eso? Pues no. Inmediatamente después, ataviada con algunas de sus mejores galas, Sara Montiel irrumpe en el salón de Luisito. La escena, desde luego, parece de película. Ella, pelada de frío, no para de decirle lo "maravilloso" que es. Él parece un viejo verde: "Estás guapísima", le dice. Ella no entiende por qué está soltero. Bromean. El pueblo le resulta también "hermoso" a la Montiel: "Tiene unos montes alrededor verdes maravillosos", dice. La fan que ha subido el vídeo a YouTube habla de una "estrella cercana y generosa". Dice también que ha querido rescatar el video porque, en él, Sara "se muestra simpática y ocurrente, sin dejar de lado su categoría de mito".
Esta historia apenas se nombra en un par de blogs: uno y dos. Cuentan que "llegaron de la gran ciudad gente famosa con un regalo para un Robinsón solitario, se lucieron, se marcharon y el pueblo volvió a su calma en la soledad de sus ruinas". Luisito no daba crédito, claro. La escena tiene algo de surrealista. Luisito, su rebaño, sus rutinas, sus silencios. Y, de repente, ¡zas!, aparece un equipo de televisión para decirle que todo ha cambiado también para él. La visita de la estrella convirtió su casa en un plató improvisado y, luego, de nuevo, el silencio. La estrella se fue, las cámaras se apagaron y San Miguel de Relloso volvió a ser un pueblito solitario, con historias propias, lejos del ruido y del espectáculo. Menos mal que lo emitieron porque, ¿quién sino iba a creer a Luisito cuando contase que había estado en su casa la mismísima Sara Montiel? Ahí estaba él, tremendamente sorprendido, asomado al balcón de su casa con una estrella del cine mirando, por primera vez, su pueblo iluminado.
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