Opinión
Una diana llamada Amaia Montero

Por Enrique Aparicio
Periodista cultural y escritor
-Actualizado a
Este fin de año, en una casa rural a las afueras de Chinchilla, en Albacete, el único momento de silencio de la velada se produjo durante la actuación de La Oreja de Van Gogh en el especial La casa de la música de Televisión Española. El regreso de Amaia Montero a la formación, anunciado hace unos meses y formalizado ante millones de personas en nochevieja, supuso el regreso de la donostiarra a la primera plana musical, que en su caso siempre ha significado además el centro de la diana.
Mis amigos y yo vivimos con intensidad ese momento señalado, quizás no tanto en lo musical como en lo simbólico. Porque –y ya me sabe mal escribir las siguientes palabras– pocas personalidades de la esfera artística han sido tan sistemáticamente ridiculizadas como Montero. Su cuerpo, su forma de hablar, sus supuestos excesos o los altibajos de su carrera han sido la madera de algunos chistes buenos, muchísimos malos e infinidad de maldades sin gracia alguna. Y mejor o peor, aquí está de nuevo frente a la mirada de todos, resistiendo el envite una vez más.
Porque obviamente no se ha salvado del escarnio su reciente aparición, en la que el vestuario elegido –firmado por la diseñadora Isabel Zapardiez, también oriunda de San Sebastián– ha sido la comidilla nacional durante las horas que ha tardado en elegirse la siguiente. Aunque bien es cierto que España nunca ha sido un país agradecido con sus divas: el artificio y el aparataje que requieren para poder presentarse como tal siempre han provocado más risa que otra cosa.
Lo cierto es que la respuesta de la cantante sí ha variado. Al responder con humor, quiero pensar (sobre todo por su bien) que queda lejos el tiempo de aquel "me ha llamado gorda y punto". En cualquier caso, ningún ejemplo como el suyo debería hacernos reflexionar sobre hasta qué punto el hecho de dedicarte a una profesión pública debe incluir soportar todo tipo de maledicencias. Especialmente en el caso de las mujeres.
El tamaño y forma de Amaia Montero no han dejado de ser carne de cañón para la mala baba colectiva. Cuesta entender que una chica con un aspecto de lo más normativo, si bien nunca ha respondido a la acusada delgadez que se exige al cuerpo femenino triunfante, tuviera que soportar ese sambenito constante. Puede que uno de los primeros usos que se le dio al Photoshop en España fuera agrandar la cara y el brazo de la cantante en la portada de aquel disco en el que se hacía la dormida. Recuerdo vivamente ver por todas partes esa imagen chapucera cuando era adolescente.
Eran los años en los que escuchar cómo se referían a Montero como "la obesa de Van Gord" resultaba tan corriente como considerar una divertida aberración los diez (¡diez!) kilos que engordaba Renée Zellweger para interpretar a Bridget Jones. Qué desproporcionada debía de ser la presión que sentían las mujeres sometidas al juicio social para que hasta Eva Amaral se sintiera gorda.
Tampoco se libra del sesgo de género la fama que se ha adjudicado a la de Donosti en cuanto a su supuesta relación con el alcohol o las drogas. Incluso sus momentos más vulnerables, como aquella entrega de premios que todos recordamos –y que ella achacó a los ansiolíticos que estaba tomando tras el fallecimiento de su padre–, siguen siendo combustible para reírse de ella.
Mientras tanto, artistas masculinos que destrozan habitaciones de hotel, entran y salen de rehabilitación y se enrollan con fans adolescentes ven cómo su mística se agranda con cada nuevo desmán. Porque un señor que quema su salud a golpe de exceso es un viejo rockero, pero si lo hace una mujer es una señora ridícula. Que se lo digan a Madonna.
Por eso, dejando a un lado los claroscuros evidentes del regreso de Amaia Montero a La Oreja de Van Gogh –la salida de Leire Martínez, la conversión al pop católico, el momento playback…–, me parece una gran noticia que una de las mujeres más machacadas del imaginario colectivo español vuelva por todo lo alto. En un panorama donde las estrellas más grandes necesitan años sabáticos y algunos rostros exitosos se quedan por el camino, aquel clásico del grupo donostiarra es el mejor consejo que le podemos devolver cualquier ídolo de masas: cuídate.
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