Opinión
No digas "feminista", no digas "violencia machista"

Periodista y escritora
El 19 de agosto de 2018, Ana Patricia Botín, presidenta del Banco Santander, publicó en su cuenta de Linkedin un artículo titulado Por qué me considero feminista y tú también deberías. El artículo, donde llegaba a alabar los cambios que traía consigo el movimiento testimonial, terminaba con el siguiente párrafo: "Hoy soy consciente de que decir las cosas públicamente, de forma solidaria con otras mujeres, tiene el poder de cambiar. Soy consciente de estar en una posición privilegiada para hacerlo. Así que, cuando hablo, no lo hago solo por mí misma. Lo hago, junto con la gran mayoría de los hombres que nos apoyan, por todas las mujeres. Por eso mi feminismo es ahora público. Y quizá el tuyo también debería serlo".
Ocho años después, todo ha cambiado tanto que incluso desde algunos sectores que se llaman progresistas se plantean si no es hora de bajarse de dicho relato.
La primera alerta me llegó hace ya algunos meses desde un grupo de mujeres de un partido de izquierdas. No era una reunión. Coincidimos en un festejo de esos donde se juntan periodistas, gentes de la política y algunas personas de lo que llaman movimientos sociales. Era cuando se empezaba a debatir si las izquierdas se juntaban o no, aún no se había destapado Gabriel Rufián como adalid de la unión de bloques. Fue antes de las elecciones en Extremadura y Aragón, hacia principios de otoño.
Detrás de mí, un grupo de militantes del partido hablaban de cómo estaban cambiando las cosas en lo que podríamos llamar el argumentario de las izquierdas. Comentaban sin sorpresa que se iban eliminando las referencias al feminismo. De hecho, la palabra misma. No hacía falta que lo dijeran ellas, a esas alturas. Sin embargo, a mis espaldas, una de ellas pronunció la frase: "Ahora el feminismo mancha". No me volví a mirarlas. No sé quién fue. Tampoco sentí rabia, y eso me sorprendió. Pensé sencillamente que es lo que toca ahora, y que ya hace tiempo que algunas de las personas que entre 2018 y 2020 se engalanaron con la corona del feminismo ya la habrán escondido en el desván.
Recuerdo perfectamente lo que paso con la cultura, cómo las y los profesionales del cine, la literatura, la música, el teatro o las artes pasaron de ser uno de los faros de la sociedad, personas relevantes, a ser denostadas como "paniaguadas" del sistema. Se popularizó la idea de que vivían de "chiringuitos" subvencionados por el Estado, un disparate que desde entonces permanece instalado en la mente de una parte de la ciudadanía. Callar, denostar y castigar a las personas de las artes y la cultura se paga. Una sociedad tejida con esos mimbres pierde músculo crítico y gana servilismo.
Ahora le toca al feminismo. La segunda alerta me ha llegado esta semana. Tenía que entregar un texto sobre los movimientos testimoniales, qué han supuesto los #MeToo, #NiUnaMenos o #Cuéntalo. Una de las profesionales de la comunicación que leyó el texto me miró creo que con un poco de vergüenza y me dijo: “Yo quitaría lo de violencias machistas y lo sustituiría por violencias digitales”. Entendí perfectamente lo que me estaba diciendo.
Parece que ya no sólo "mancha" la palabra "feminista" sino que también empieza a hacerlo la palabra "machista".
Es decir, ya no se trata sólo de callar los derechos. Hay que callar también las violencias. Esto lo pagaremos caro, carísimo, como sociedad. Y también una a una, íntimamente.
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