Opinión
Dimitir sí es un nombre ruso

Periodista
La expresión se volvió popular en una sociedad resignada a que los líderes políticos nunca asuman sus marrones. “Dimitir no es un nombre ruso”, rezaba una columna reciente de OK Diario que pedía la cabeza del titular de la cartera de Transportes. “Nuestros ministros parecen adheridos a sus carteras con Loctite”. El autor, Carlos Esteban, paseaba por las latitudes más remotas en busca de paralelismos que justificaran la destitución de Óscar Puente. Que si Letonia. Que si Grecia. Que si Corea del Sur.
¿Sabía usted, amable lectora, que en Riga se hundió el techo de un supermercado y murieron 54 personas? Ocurrió en 2013 y desencadenó la caída del Gobierno. El primer ministro Valdis Dombrovskis, cuya formación está adscrita al Partido Popular Europeo, renunció a su cargo pero no tardó en ascender a la vicepresidencia de la Comisión Europea. ¿Y qué me dice usted de Grecia? En 2023, un choque de trenes dejó 57 muertos y precipitó la dimisión del ministro de Transportes. Afiliado también a los populares europeos, Kostas Karamanlis salió del Gobierno griego pero recuperó su escaño en el plazo de tres meses.
Carlos Esteban añade el caso surcoreano. La muerte de 304 personas en el hundimiento de un transbordador en 2014 provocó la salida del primer ministro Chung Hong-won. Lo que no dice OK Diario es que las autoridades portuarias habían concedido una licencia indebida al barco y no se controló con diligencia su carga. Tampoco dice que el PP, con la mano de Esteban González Pons, había firmado en Madrid un memorando de colaboración con los conservadores surcoreanos seis días antes del naufragio. Chung, por cierto, regresó a la primera línea política.
Si los socios letones, griegos y surcoreanos del PP son un ejemplo de pulcritud democrática, cabe preguntarse por qué los españoles no se han aplicado el cuento antes de extremar las exigencias contra sus adversarios. En julio de 2013, cuatro meses antes de que se desfondara el techo de un supermercado Maxima en Letonia, un tren accidentado dejó 80 muertos en Angrois. No dimitió la ministra de Fomento, Ana Pastor. Varias víctimas fueron excluidas del homenaje. El PP, con Alberto Núñez Feijóo como presidente de la Xunta, vetó en cuatro ocasiones que el Parlamento gallego investigara el accidente.
En 2020, durante la pandemia de la COVID-19, murieron 7.291 inquilinos de las residencias de Madrid mientras el Gobierno de la Comunidad restringía la hospitalización de los enfermos. Alberto Reyero, consejero de Políticas Sociales de Ciudadanos, se opuso a los criterios de exclusión y renunció a su cargo. No dimitió Enrique Ruiz Escudero, responsable de la consejería que distribuyó los protocolos. No dimitió Isabel Díaz Ayuso, que tachó los documentos de meros “borradores” a pesar de que llevaban la firma digital del director general Carlos Mur. “Ustedes deberían dimitir”, dijo la presidenta a la oposición.
En 2024, una DANA de violencia inusitada dejó 234 muertos en la provincia de València. El presidente de la Generalitat, Carlos Mazón, tardó más de un año en abandonar el cargo y aún retiene su sillón de diputado autonómico, su aforamiento y su inmunidad parlamentaria. Gracias a estas prerrogativas, la jueza de Catarroja que investiga el caso ha tenido que renunciar a imputarlo. Este mismo martes, Miguel Tellado repitió en La hora de La 1 el bulo de que no hubo avisos previos. Silvia Intxaurrondo le replicó que incluso su programa había informado desde primera hora de la mañana de la gravedad del temporal.
Dimitir no es un nombre ruso ni tampoco valenciano. En 2006, el descarrilamiento de la línea 1 del metro de València dejó un saldo de 43 muertos y ninguna rendición de cuentas en las altas esferas. José Ramón García Antón se aferró con uñas y dientes a la conselleria de Infraestructuras y Transportes. Según Marisa Gracia, exgerente de Ferrocarrils de la Generalitat Valenciana, el conseller le impidió que dimitiera: “Esto lo vamos a llevar entre los dos”. Durante una mascletà de las Fallas, la alcaldesa Rita Barberá hizo un gesto de burla a quienes reclamaban responsabilidades bajo el balcón del Ayuntamiento.
No dimitió Federico Trillo de su cartera de Defensa después de que el Yak-42 se estrellara con 62 militares a bordo. Ni las negligencias de seguridad ni el desaguisado en la entrega de cadáveres sirvieron para que Aznar cesara al ministro. Rajoy indultó a dos militares condenados por falsedad documental en las identificaciones. Trillo continuó su carrera política y diplomática. Casi catorce años más tarde, el Consejo de Estado determinó la responsabilidad patrimonial de la Administración en el accidente.
No hacía falta irse hasta Letonia, Grecia o Corea del Sur para ver la dimisión de un alto cargo. Bastaba esperar unos días para que Óscar Puente compareciera ante el Congreso. Tampoco hacía falta irse demasiado lejos para encontrar líderes políticos aferrados con Loctite a sus butacones. Bastaba recordar Angrois, el Yak-42, la DANA, las residencias de Madrid, el metro de València. En política, como en la vida, deseo un poco de pudor a aquellos que piden a los demás lo que son incapaces de hacer por sí mismos.


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