Opinión
Las disculpas del rey

Por Pablo Batalla
Periodista
El Rey pide disculpas por los "abusos" de la Conquista, unas ciertas disculpas, unas disculpas mínimas, y no podemos decir que no esté bien, aunque le pidamos más pasos que un comentario informal en un corrillo; algo más institucional. Su descripción de la conquista es, en sí, bastante impecable. Con sus palabras suaves, prudentes, con sus palabras de rey, porque las palabras de rey nunca van a ser las del activista; porque un rey nunca va a pedir que derriben las estatuas de Colón. Pero bastante impecables: hubo abusos, hubo violencia, y la prueba de que hubo todo eso es que hubo debates jurídicos que prefiguraban los de los "derechos humanos" de siglos posteriores, y leyes contra los abusos y la violencia. Que como ha sido habitual en España, se acataban, pero no se cumplían. "¿Cómo puede hablarse de abusos cuando el andamiaje jurídico de la Monarquía partía de reconocer los indígenas como personas, sujetos de derecho?", se pregunta un columnista en un diario de ultraderecha. ¿Cómo va a haber robos, si hay una ley contra los robos? Démosle tiempo para pensar, a ver si se da cuenta él solito.
En la Conquista pasaron cosas como la que sigue. En un momento dado, efectivamente, se promulgaron leyes que impedían apiolar alegremente a los indios: los pobres no sabían qué deberes tenían como súbditos de Su Católica Majestad, así que no era justo castigarles por no cumplirlos. Se decidió que había que leerles sus derechos. Para que los conocieran. Y cuando las naves españolas arribaban a una nueva isla, lo primero que hacían sus tripulantes al desembarcar en la playa era desenrollar un pergamino y leerlo en voz alta; anunciar a sus atónitos habitantes en voz alta que por la gracia de tal y cual y de Su Majestad cual y tal, rey de aquí, de allá, de acullá, de Castilla y Aragón y de Jaén y de Mondoñedo y de toda la Mar Océana de Tordesillas p’allá, todos los moradores de aquel terruño pasaban a engrosar las Páginas Amarillas de la Monarquía Hispánica, y no se les haría daño si ellos no se lo hacían a sus nuevos señores. Se leía, claro, en castellano, mientras llovían las flechas sobre el lector, disparadas por aquellos nativos que, por supuesto, no entendían una palabra de lo que peroraban aquellas criaturas con túnicas de metal, pelambres en la barbilla y altos y temibles animales de cuatro patas, nada de lo cual habían visto en su vida.
Es absurdo defender un Imperio con artimañas de leguleyo. Los imperios no son lo que legislan, sino lo que hacen. Ninguna institución es lo que legisla, sino lo que hace; todo es la ley y su trampa. There is the law and there is what is done, dice el refranero inglés, menos chisposo que el nuestro. En la era isabelina y la Restauración se promulgaban en España algunas de las leyes más avanzadas del continente. La Ley Moyano —primera gran ley educativa de España, promulgada en 1857—, por ejemplo, era la leche. Pero tardó décadas en remotamente cumplirse. El efecto de las leyes que se promulgaban en aquella España caciquil no solía ir más allá de lo que alcanzase la vista desde las ventanas del Ministerio de la Gobernación, solía decirse entonces. Las leyes tenían más de consejos que de órdenes. Como para llegar a las minas de mercurio de Huancavelica o a las cascadas del Iguazú. Estaba la law y estaba what was done, que está perfectamente documentado —y no solo ni principalmente por Las Casas— que era violencia y esclavitud. La que perpetra cualquier metrópoli sobre su imperio. Nadie cruza el mundo, nadie gasta perras en carabelas, nadie vende su casa de Don Benito y se monta en ellas solo para repartir cuadernillos Rubio, medallitas de san Antonio y blisters de jamón serrano a los incas y los aztecas. Se va a facturar y se factura lo que se pueda, cumpliendo la ley o saltándosela si se puede. Y en América se podía.
Felipe VI da un paso porque sabe que va en su interés el darlo. Los reyes de España siempre son algo más que reyes de España; quieren serlo, y a veces lo consiguen. Desean ser también un algo de Hispanoamérica. No monarcas directos, pero sí figuras respetadas, que puedan ser una suerte de clavos del abanico de aquellas naciones con las que compartimos idioma, y cuyas relaciones no siempre son fluidas. Quieren presidir cumbres iberoamericanas, federaciones de academias de la lengua, tinglados panhispánicos. Y eso hay que ganárselo cediendo controladamente a las demandas que desde allí se les hagan, cuando son suficientemente fuertes, tanto más si, además, son razonables. Estas lo son tanto como que la Iglesia pidiera perdón por la Inquisición, y lo hizo un papa tan poco sospechoso de criptoizquierdismo como Juan Pablo II.
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