Opinión
'Los Domingos', la película de terror que alimenta el fundamentalismo religioso

Por Paco Tomás
Periodista y escritor
-Actualizado a
Los Domingos es una película de terror. Eso ya lo sabéis pero yo lo comprobé la semana pasada. Y eso me llevó a reflexionar sobre lo peligroso de una película así en este contexto social e histórico en el que habitamos y si Alauda Ruiz de Azúa, su directora y guionista, era consciente de ello o le ha explotado esta bomba de fanatismo ultra religioso en la cara.
Parto de la premisa de que un creador debe ser y sentirse libre para escribir y plantear unos conflictos en sus personajes al margen de lo políticamente correcto o de la rentabilidad de lo convencional. Y, de la misma manera, creo en el compromiso del autor, ya sea guionista, cantante, escritora, pintor o directora de cine, con su tiempo. Y eso es, precisamente, de lo que adolece Los Domingos. De compromiso con su tiempo. Porque la propuesta de Alauda ignora que habitamos unos tiempos en los que la fe ha arrinconado a un segundo plano a la razón, al argumento científico y a la verdad.
La fe es el argumento irrebatible con el que nos callan la boca cuando les cuestionamos su proceder. Hoy hay muchos individuos que, solo con su convicción ciega, niegan las vacunas, creen que la Tierra es plana o defienden las teorías conspirativas de los chemtrails. ¿Es esa la sociedad capaz de discernir una película como Los Domingos? Opino que no.
Yo, que he sufrido en mi identidad los ataques constantes de la Iglesia católica, que conozco el daño que, históricamente, han causado a madres solteras y a personas LGTBIQ+ -siempre está detrás de las torturas a las que se somete a las personas queer para “curarlas”-, que he leído sobre el Patronato de Protección a la Mujer -regido por monjas, las mismas que robaban bebés-, sobre los abusos de curas a menores y sobre la colaboración necesaria que los regímenes totalitarios y fascistas encontraron en esa Iglesia para cometer sus atrocidades y sus vulneraciones de Derechos Humanos, estoy condicionado ante la historia que plantea Alauda: una chica de 17 años que quiere meterse a monja de clausura. Pero, de la misma manera, un creyente practicante ve, en la misma película, la victoria del bien contra el mal, un admirable canto a la fe y a la entrega, en cuerpo y alma, a Dios. Para mí, es terror. Para ellos, la reafirmación de su fe. Y que una película consiga esto no me parece un hallazgo narrativo sino apostarlo todo a la bondad del escorpión. Y el escorpión pica, porque es su naturaleza.
Los Domingos es una película aterradora, a la altura de La semilla del diablo. Escuchar a sus personajes decir frases como “no hay edad para la vocación” o “la valentía de confiar en Dios”, cuando está en juego la vida de una chica de 17 años, es sobrecogedor. La hermana Pilar, la madre priora que interpreta Nagore Aramburu, junto al padre Chema, son personajes estremecedores, en la categoría del Jack Torrance de El resplandor o la Gladys de Weapons.
Sin embargo, a los ojos de los creyentes, la tía de la niña, Maite -magistral Patricia López Arnaiz- es la malvada de la película; la egoísta, la histérica, la mentirosa, la irresponsable, la desequilibrada. Una mujer adulta perdida y que por eso boicotea a la sobrina. Porque la sobrina lo tiene más claro que ella. El guion le da la razón a quienes cercenan la vida de una chica joven en nombre de una falsa espiritualidad. Porque hay más espiritualidad en trabajar por la justicia social en una ONG que en un convento de clausura.
Creo que Alauda Ruiz de Azúa se equivoca al hacer un ejercicio de equidistancia y al encumbrarse por encima del tiempo y el lugar en el que habita. Y eso le ha explotado en la cara. La propia Alauda se da cuenta de eso cuando empieza a recibir elogios por parte de confesiones religiosas muy cuestionables -desde el Opus Dei a los Legionarios de Cristo- y de personas, tipo Tamara Falcó, que creen que una niña de quince años embarazada no debe abortar porque hacerlo es pecado. Porque la vida solo la da y la quita Dios. De ahí que la directora y guionista recuerde, en todas las entrevistas, que ella es atea. Necesita recordarnos esto cuando ve cómo se están apropiando de su historia para hacer proselitismo religioso. Como si a la Iglesia católica le hiciera falta. Opino que el fallo está en delegar tu punto de vista, como autora, en el espectador. Porque si Alauda hubiera rodado Querer con la misma equidistancia con la que ha rodado Los Domingos tendría a un montón de señores maltratadores felicitándola por su serie.
Las órdenes religiosas son anacronismos propios de la era medieval, de un tiempo de oscurantismo y dioses justicieros. Nada tiene que ver con nuestro tiempo donde, precisamente, hay una sequía de vocaciones y la inmensa mayoría de jóvenes que se meten a monjas, o a sacerdotes o frailes, vienen de América latina y África, donde el catolicismo, y algunas de sus más terribles perversiones de culto, como los evangelistas, han calado muy hondo ante esa superioridad moral de los supuestos países del primer mundo que celebran bodas, bautizos y comuniones por la Iglesia, que han dejado la educación de sus hijos en manos de colegios religiosos, pero que luego creen que la sangre no va a llegar al río porque ellos no van a misa o usan condón en sus relaciones sexuales.
Celebrar que una chica de 17 años se meta a monja de clausura es aplaudir la irresponsabilidad, el sacrificio de una vida humana como ritual religioso. La película, al no tomar partido y dejar al personaje de Maite sola ante una corte de personajes individualistas y sin responsabilidad afectiva, puede llegar a tener un final feliz. Así lo demuestran los artículos, de medios religiosos, que festejan la decisión del personaje de Ainara con argumentos que bajo ningún concepto tolerarían si la chica le contase a la monja que está enamorada de su amiga y se va a fugar con ella a Helsinki o que lo va a dejar todo para vivir en una comuna poliamorosa. El adoctrinamiento -aquí llamado “discernimiento vocacional”- es tan potente que incluso le gana la partida a la directora y guionista de la película, siendo atea. Y no están los tiempos para ir dando pasos hacia atrás. Ni en el nombre del padre, ni de la madre, ni en el de nadie.
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