Opinión
Las dos estrategias contrapuestas que impiden la unidad

Por Antonio Antón
Sociólogo, politólogo y escritor
En los últimos meses ha ido creciendo entre la gente de izquierdas el deseo de la unidad, al menos entre las fuerzas de la izquierda federal/confederal, como factor relevante para afrontar mejor los riesgos cada vez más evidentes de la hegemonía de las derechas y su proyecto autoritario y regresivo. Me voy a centrar en esa izquierda alternativa.
Las estrategias de ambos bloques, en torno a la coalición Sumar/Frente Amplio y Podemos, ante ese clamor cívico debían incorporar esa sensibilidad unitaria, a efectos discursivos y de legitimación. Sin embargo, el fondo de su orientación no era (ni es) incrementar la colaboración y la unidad mínima en el ámbito electoral, sino el refuerzo propio de su respectiva dirigencia por la primacía orgánica y estratégica de ese espacio político-electoral alternativo. El discurso de la unidad se convierte en instrumental y va perdiendo valor operativo. En ambos casos, se ponen condiciones previas y objetivos de parte que la impiden.
Por parte de la dirección de Podemos, defiende su pretendido papel como motor político ideológico del conjunto, es decir, su derecho a tener o merecer una posición preponderante en la dirección estratégica y las posiciones institucionales. El diseño de su estrategia tenía los siguientes componentes: por un lado, la colaboración con ERC y Rufián, y las primarias abiertas, con el refuerzo del liderazgo de Irene Montero en la batalla de Madrid/Estado, ambas medidas con la competencia feroz en los dos territorios que se consideraban más fuertes, Madrid y Barcelona, contra los dos núcleos más importantes (Más Madrid y Comuns); por otro lado, el intento complementario de dividir el Frente Amplio, desgajando a Izquierda Unida de esa alianza en el resto de territorios, para renovar una especie de Unidas Podemos 2.0 en unas cuarenta provincias.
Así, el Frente Amplio se debilitaría, aprovechando cierta fragilidad estructural por su fragmentación y la persistencia de intereses diversos de sus cuatro grupos dominantes y el resto de grupos menores, hasta quince, que finalmente se han adherido. El plan de la dirección morada está fallido, al menos, en esta última parte. Veremos lo que da de sí en lo primero y en el conjunto.
Por parte de los dirigentes de la coalición Sumar/Frente Amplio su alternativa unitaria era clara: repetir el modelo político-organizativo de las elecciones generales del 23 de julio de 2023. La posición predominante era la suya, con el estatus subalterno de Podemos que tuvo que aceptar resignadamente el déficit de su representación parlamentaria, el veto a varios de sus dirigentes, como la propia Irene Montero, el desalojo de la permanencia en el Gobierno o la marginación en el grupo parlamentario… hasta que se separó e inició un camino diferenciado. No era el modelo adecuado para llegar a la unidad, en base al reconocimiento del equilibrio representativo de cada cual.
Solamente un dato comparativo: a Podemos, que representaba un tercio del electorado alternativo, le hubieran correspondido unos diez escaños de los treinta y uno conseguidos, así como el correspondiente reconocimiento institucional. No fue el caso, se impuso la infravaloración de su valía, su orientación política y su representatividad, y el agravio comparativo dura hasta hoy. Ese tratamiento injusto, no equitativo, más allá del rencor creado, no se puede utilizar de auténtico modelo unitario. Ha fracasado.
Solo, parcialmente, la dirección de IU ha realizado algún gesto de aproximación, junto con el emplazamiento (retórico) de Ada Colau a la unidad y la oferta del último día de asegurar un puesto de salida (el número dos por Madrid) para Irene Montero y la garantía de una portavocía en el grupo parlamentario. Insuficiente. La división y la pugna por el liderazgo estaban servidas, por encima de los intereses compartidos en beneficio de la gente.
La pugna fratricida por el reparto de las posiciones de representación institucional ha sido espectacular. Se ha terminado una fase de la tensión y la división por la distribución de los puestos de poder y los liderazgos, y se inicia otra fase de consolidación de cada parte mediante la apropiación del mayor campo socioelectoral posible… y en detrimento de la otra parte, con vistas a la acumulación de poder institucional.
Incluyo aquí, aparte de los dos bloques alternativos, Frente Amplio y Podemos, al propio Partido Socialista y las izquierdas nacionalistas que también pugnan por el voto útil para ampliar su electorado respectivo y, por tanto, mejorar su acceso representativo e institucional. Como ha dicho un líder alternativo, "se pasa de la (fallida) coordinación de los partidos a la coordinación de la gente" (en competencia entre cada cual). Esas aspiraciones particulares pueden ser legítimas, si están combinadas con dinámicas unitarias o compartidas en aras de objetivos comunes y con procedimientos democráticos consensuados. Pero este no ha sido el caso actual.
Por tanto, llegamos a la necesidad de utilizar mecanismos objetivos para comprobar e interpretar el peso representativo y la capacidad transformadora y de influencia de cada parte. Igualmente, es imprescindible la correspondencia legítima de su reconocimiento mutuo como base sobre la que establecer la colaboración política y el equilibrio representativo, especialmente de los grupos dirigentes y con estatus de poder institucional e influencia mediática.
Todo ello lo he venido exponiendo con el ánimo de prevenir y corregir las deficiencias. Desgraciadamente, el desenlace último me ha dado la razón con la peor hipótesis. Ahora se trata de paliar algo el desastre, que podría incrementarse según qué tipo de campaña se haga y, sobre todo, de sacar las enseñanzas necesarias para la recomposición poselectoral tras el fiasco previsible.
Los procesos deliberativos y decisorios son más complejos, con mediaciones y aproximaciones graduales en un clima de respeto y confianza mutuos, con prevalencia de los objetivos comunes. Y esas condiciones previas no se han dado, por la voluntad expresa de ambas partes de priorizar sus objetivos de la primacía de su respectivo liderazgo y sus posiciones ventajosas de poder.
Por tanto, son previos la aceptación del punto de partida del reconocimiento del peso representativo y la capacidad influyente de cada cual, la prioridad de los objetivos compartidos, con el reto de mayor influencia transformadora en este contexto crucial, así como los medios para alcanzarlos, en este caso la unidad electoral para optimizar el acceso a escaños parlamentarios y el talante unitario, democrático y transformador en la construcción de la alianza.
Esta dinámica permitiría modificar esa relación de fuerzas inicial, con nuevos reequilibrios, experiencias y liderazgos, siempre escrupulosamente democráticos, unitarios y respetuosos con el pluralismo. Hubiera sido la base objetiva, entonces y ahora, sobre la que construir la distribución de responsabilidades y recursos y el sistema de liderazgos colectivos, negociar el contenido compartido y las prioridades de las líneas políticas y las alianzas, así como adecuar los sistemas de convivencia democrática y la regulación ante los desacuerdos y conflictos. No ha sido posible. Y sin una reflexión compartida será irresoluble… hasta la derrota total de uno de los contendientes y el desgaste de ambos.
Habrá que asumir esa enseñanza, la constatación de las limitaciones de la actual élite dirigente de la izquierda alternativa, aprender de esta experiencia problemática, quizá más claramente cuando se vean los efectos de la división, después del 29 de noviembre. Estas élites políticas han tocado techo respecto de su capacidad dirigente y su calidad democrático-pluralista; sus bases sociales y sus estructuras intermedias estarán tomando nota y exigirán su renovación.
Nuevas experiencias transformadoras y nuevas generaciones de activistas están emergiendo, en este panorama difícil para la población y el sistema democrático. Supondrán savia nueva para contribuir a la reconstrucción de la izquierda alternativa.



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