Opinión
Envasado al vacío

Por Juan Losa
Periodista
El chef le pidió una foto al comensal y este accedió. Lo hizo por educación, pero también como agradecimiento. El lomito de avutarda cocinado a fuego lento le había procurado tal satisfacción que no dudó en sacudirse las migas y posar junto al chef. Ni por un momento imaginó que aquella sería su última instantánea. De saberlo, el comensal habría evitado el saludo de muestra que solía dispensar a sus admiradores: cabeza ladeada, pulgar hacia arriba y sonrisa envasada al vacío.
El caso es que el chef murió pocas horas después de aquel encuentro. En casa, de una parada cardíaca. Antes, durante la sobremesa, el comensal interrogó al chef sobre la preparación de la avutarda, más por cortesía que por interés culinario. El chef le explicó, con la ligereza de quien no tiene previsto fenecer a corto plazo, que su secreto consistía en "merodear la ebullición" sin llegar nunca a ella, lo que evitaba la contracción brusca de las proteínas y le permitía conservar una textura jugosa.
Meses después de aquel encuentro, el comensal regresa al restaurante y se sienta en la misma mesa. Contempla, no sin estupor, que su rostro y el del finado cuelgan, debidamente enmarcados, en una de las paredes del establecimiento. No está solo. Le acompañan futbolistas madridistas, reconocidos cronistas, antiguas vedettes y hasta un banquero, uno que sonríe confiado, agradecido a la vida y ajeno, sobre todo, a la investigación por blanqueo de capitales que le costará el pasaporte.
Y es que uno nunca sabe a qué atenerse. Parafraseando al difunto, todos vivimos, en mayor o menor medida, "merodeando la ebullición". Los hay que viven a baja temperatura, coleccionan aceites o se apuntan a acuarela; otros, en cambio, son más de entregarse al disloque y alimentar la hoguera. Lo importante –piensa el comensal– es dar con el punto apropiado, aunque vete a saber dónde se encuentra. En las fotos, por si acaso, mejor no sonrías más de la cuenta.
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