Opinión
Epstein y Netanyahu, héroes de nuestro tiempo

Por David Torres
Escritor
-Actualizado a
Lo más sorprendente sobre la última publicación de los archivos del caso Epstein es que apenas nos hayamos sorprendido. Desde el ático a la portería y del sótano a la azotea, la estructura social apenas parpadea ante la evidencia de que existe un reducido grupo de potentados y mandamases cuya principal diversión es violar niñas. Ya lo sabíamos, hombre. Son gente de dinero, de muchísimo dinero, lo cual significa que pueden hacer lo que les dé la real gana, la primera burrada que se les ocurra, guiados por ese concepto de libertad que los iguala -a ellos y a sus víctimas- a una camarilla de dioses del olimpo y a unas pobres esclavas sin voluntad ni derechos. Más que el placer de humillar y destrozar a una criatura inocente, les mueve la tentación de poder hacerlo y salir limpios e indemnes. El dinero no compra la felicidad, aunque se conoce que compra todo lo demás: licencias éticas, impunidad judicial, bulas papales. Son sus costumbres y hay que respetarlas.
Un ejemplo: un informante del FBI, Kenneth Darrell Turner, asegura que Earl Anthony Wayne -embajador de Estados Unidos en Argentina y México durante la pasada década- fue acusado de violar y dejar embarazada a una niña de once años en una fiesta en Ciudad Juárez. Sin embargo, un acuerdo entre el Departamento de Estado y un juez mexicano -con un enorme soborno de por medio- permitió que un ex marine cumpliera la condena en su lugar. La historia es bastante más larga y tenebrosa, incluye amenazas, tiroteos, un análisis genético que mostraba un 100% de coincidencia con el ADN de Wayne y hasta una sentencia en firme en su contra. En sus informes, Turner alega que la fiesta de Ciudad Juárez fue organizada por la red de pederastas de Jeffrey Epstein y que se celebró en unas instalaciones controladas por el consulado estadounidense. Chúpate ésa, Bolaño.
No me hagan mucho caso, pero creo que no hay muchas novedades por el estilo en la nueva e ingente publicación de los archivos de Epstein. En su inmensa mayoría, los párrafos están plagados de tachones y pasajes censurados, dicen que para ocultar el nombre de las víctimas, aunque no lo parece. Es complicado atribuir a Epstein, a Trump, a Clinton, al príncipe Andrés y al resto de invitados de la primera remesa todas y cada una de las barbaridades contenidas en tres millones y medio de páginas. Da la impresión de que esta inconcebible revelación de abusos a menores de edad, perpetrados durante décadas, se hubiera publicado en una edición apta para menores de edad. Lógico que algunos voceros de la ultraderecha, empezando por el inefable Nick Fuentes, hayan dictaminado que tampoco hay pruebas irrefutables de nada. Vamos, que tampoco es para tanto.
Habrá que recordar que la pederastia, en cuanto delito criminal, apenas cuenta con un siglo de edad. El reconocimiento internacional de los Derechos del Niño se remonta a la Declaración de Ginebra, en 1924, mientras que la ONU no señaló la obligación de los Estados de proteger a los menores contra cualquier forma de explotación y abusos hasta 1989. A comienzos del siglo pasado, Freud creía que algunas de sus pacientes estaban confesando fantasías sexuales con sus progenitores sin sospechar que no se trataba de ninguna fantasía, que no eran más que recuerdos infantiles, traumas sepultados que testimoniaban violaciones acaecidas en el seno familiar. En la mitología griega, el modelo de conducta sexual típico de Zeus y de otras divinidades era la violación. Y en los cuentos medievales, los viejos reyes tienen la fea costumbre de obligar a pruebas homicidas a los candidatos a las bodas con sus hijas: imaginen por qué.
No es fácil desmontar casi tres milenios de tradición patriarcal, menos todavía si un violador confeso como Donald Trump es adorado como adalid supremo de la libertad. Tampoco veo muchos motivos para el optimismo cuando el grueso de la sociedad ni siquiera se conmueve ante el asesinato demencial de más de veinte mil niños en Gaza. ¿Cómo vamos a escandalizarnos por los crímenes de Epstein y sus colegas mientras Netanyahu y los suyos cometen un genocidio horrendo ante la indiferencia del mundo? Si me olvido de ti, oh Jerusalén, que pierda mi diestra su destreza. Hija de Babilonia, que has de ser destruida, dichoso el que te haga pagar por todo lo que nos has hecho. Dichoso el que agarre a tus pequeños y los estrelle contra las rocas. Qué tiempos estos en los que Israel es la cuna de Babilonia.
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