Opinión
Una España sin rosco

Por Enrique Aparicio
Periodista cultural y escritor
Mi amiga África, que cumplió 97 años el pasado mes de marzo, siempre dice que en Pasapalabra tendrían que dar más dinero cada día a los ganadores y acumular menos bote. Le da rabia a la mujer que los esforzados concursantes se pasen meses a unas pocas respuestas del premio gordo, sin que su tarea diaria les revierta en absoluto si no ganan la partida diaria. Es algo de lo que siempre hablamos cuando voy al pueblo y paso a visitarla, después de ponernos al día y de criticar un rato a Donald Trump y a Elon Musk, que los tiene a ambos entre ceja y ceja. La adoro, claro.
Hace unas semanas, me emocioné mientras escuchaba un episodio de Amargor, el podcast del guionista Juan Flahn, en el que explicaba que todos los días llama a su madre –que debe de rondar la quinta de África– en cuanto acaba Cifras y letras, para comentar el programa. Él desde Madrid y ella desde Bilbao, su vínculo cotidiano parte de comentar quién se ha acercado más al número exacto y quién ha logrado armar la palabra más larga.
Sería complicado estimar la cantidad de conversaciones que, cada día, mantienen familiares, amigos, vecinos y apenas conocidos en las que interviene algún concurso televisivo. He escuchado muchas veces a gente hablar de esos concursantes veteranos que llevan años apareciendo en nuestras pantallas con verdadero cariño y familiaridad, y escasos picos hay en la escala de Richter de la alegría nacional comparables a cuando un participante querido completa, por fin, el rosco.
Quizás, para quienes vivimos instalados en la prisa de estos tiempos en los que cada minuto puede ser capitalizado –trabaja más, ve a ver la película de moda, escucha el podcast del que todo el mundo habla, sácate una foto después del gimnasio–, el tranquilo ritmo de las personas cuya rutina está marcada por la emisión de estos formatos nos parezca algo lejano, incluso entrañable desde una posición paternalista. Pero como tengo muy recientes unos días en el hospital con mi padre, sé que a veces escuchar la sintonía de Pasapalabra puede ser un abrazo que te indica que has superado una jornada más.
Por eso, la guerra que desde hace años mantienen Telecinco y Antena 3 y que estos días ha puesto en peligro una de las pocas cosas que los españolitos –enormes, bajitos– seguimos haciendo a la vez, puede traer consecuencias muy tristes, más allá de una nueva demostración de que el interés empresarial siempre está por encima de cualquier otra cosa. El negocio y el ansia de poder, porque a nadie se le escapa que el rosco, además de tema de conversación, es un anzuelo de oro para atraer a la audiencia hacia el telediario de la noche, es decir, hacia la visión de la realidad que al conglomerado mediático de turno le interese poner en circulación.
Si la próxima vez que vea a África vivimos en una España sin rosco, no nos faltarán otros asuntos sobre los que charlar. Más altos tótems de nuestra cultura popular han desaparecido y la vida sigue su curso. Pero aprovecho estas últimas líneas para mandar un abrazo a quienes esos minutos de anclaje diario entre definiciones, aciertos y errores les han supuesto un cierto alivio, o un modo de activar la conexión con los suyos. Esas personas que hay detrás de los porcentajes de audiencia, y que estos próximos días pondrán la tele a eso de las nueve menos veinte de la noche sin saber cuántos roscos más les quedan y nos quedan, y sentirán el escalofrío de un catódico y colorido memento mori.
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