Opinión
El espóiler
Filósofo, escritor y ensayista
Lo confieso: aunque hay sin duda obras cuyo desenlace conviene no anticipar (pienso, por ejemplo, en la película Testigo de cargo), no me importa que me hagan espóilers de series o libros y, aún más, soy un gran defensor del espóiler en el caso de las grandes obras clásicas, cuyo final siempre puede cambiar. Por un lado, cabe decir que si no conociéramos el final de Los hermanos Karamazov o de Auto de fe, no podríamos convertir esas novelas en objetos inagotables de interpretación, placer literario indisociable del de la propia lectura; pero es que, en realidad, por muchas veces que hayamos leído esas obras, nunca sabemos cómo acaban. En el mismo momento en que empezamos a leerlas o a releerlas, todo espóiler se vuelve imposible; cada vez que las empezamos son nuevas e imprevisibles y por eso, aunque acaben tal y como nos habían contado, el final de Moby Dick o de La isla del tesoro siempre nos sorprende.
Hace unos días, hablando de Gaza, decía yo que de la Historia no se puede hacer un espóiler. Podemos decir que se repite, que rima, que siempre acaba mal, pero lo cierto es que, como las grandes obras, cuando se pone en marcha desmiente nuestras previsiones. No sabemos, de hecho, cómo y cuándo se va a poner en marcha. Eso pasó, por ejemplo, en 2011 con las revoluciones árabes, cuando el enésimo suicidio de un joven tunecino activó una respuesta inesperada; eso pasó en el 15M, cuando una pequeña protesta marginal cristalizó en una larga impugnación del régimen del 78; y eso ocurrió el 26S, cuando el enésimo desahucio de una anciana pareció reanudar la trama comenzada en 2011. En todos estos acontecimientos emergentes podemos retrospectivamente localizar las causas sociales y los preliminares organizados, pero el móvil (que es lo que caracteriza una buena trama narrativa) es siempre impredecible: nadie puede inducirlo apretando un botón ni anunciarlo como se anuncia una fiesta de cumpleaños.
De la imposibilidad de hacer espóilers de la Historia se puede desprender una ilusión peligrosa. Walter Benjamin, en los años veinte del siglo pasado, alertaba a la izquierda alemana sobre el riesgo de creer, con el marxismo banal, que el capitalismo estaba cavando su propia tumba y que, por tanto, el proletariado estaba nadando a favor de la corriente. Ninguna regla, venía a decir, nos puede ahorrar las brazadas, que siempre se dan en un mar proceloso y contra las olas. Pero igualmente perezoso sería el error postmoderno contrario: el de deducir de estos acontecimientos emergentes que cualquier cosa puede ocurrir en cualquier momento y sentarse, por tanto, a esperar lo inesperado. No lo demos todo por perdido: siempre puede descarrilarnos un suceso imprevisible. No. Lo inesperado y lo imprevisible también hay que prepararlo, aunque no llegue. Como las serendipias en la escritura, los acontecimientos inesperados deben sorprendernos trabajando.
No me interesan nada las comparaciones ni las repeticiones. Lo importante es que la acampada del 26S ha ocurrido y ha abierto tramas diferentes en una historia que parecía ya cerrada. Durante unos días, fuera de juego la derecha española (que zapateaba sobre el cadáver de Sánchez), España ha tenido el mejor gobierno y la mejor oposición, en un ejemplo de cómo debe funcionar una democracia de verdad, mediante un diálogo pugnaz entre las instituciones y la sociedad movilizada. La lección ha sido hermosa y estimulante. El gobierno, aunque tarde, se ha radicalizado; la oposición en la plaza se ha mostrado, al contrario que nuestra derecha, lúcida y responsable. El gobierno ha respondido a medias; la oposición en la plaza ha sabido medir los plazos y las fuerzas. El gobierno ha cedido; la plaza ha vencido.
La lección ha sido bellísima, pero quizás inútil. Por desgracia lo inesperado ha ocurrido tres años después de la agónica prórroga alcanzada en 2023, sin que la coalición de gobierno estuviera en condiciones parlamentarias para sacar adelante las tímidas propuestas de ley ni preparada para afrontar un adelanto electoral. El mejor gobierno y la mejor oposición han chocado contra una (ultra)derecha española que no cree en la democracia y se imagina ya ganadora; y contra una derecha catalana que en la democracia española sólo ve una ocasión o un obstáculo para sus propios negocios solipsistas.
En todo caso, no conviene hacer espóiler. Creo con el bloguero Curb que el sanchismo debería haber aguantado un poco más antes de convocar elecciones para dar tiempo a la oposición en la plaza a que le hiciera la campaña electoral. Ni el PSOE ni la izquierda pueden ahora mismo recuperar el terreno perdido; no están preparados ni para ganar ni para perder. Pero aún podrían auparse en la movilización popular, capaz todavía, si se le da aliento, de frenar o al menos poner en dificultad a la derecha. Aunque no sea ese su propósito o precisamente porque no es ese su propósito. Como dice Curb, esa movilización antisanchista es el mejor y casi el único aliado con el que cuenta el sanchismo en estos momentos. La campaña electoral le va a robar protagonismo y le va a dejar poco tiempo para preparar esa huelga general que podría decidirlo todo, pero la acampada es lo único que nos queda en la izquierda para plantar batalla.
Pase lo que pase, la serendipia no ha sido inútil. Una nueva camada de jóvenes a los que habíamos dado por perdidos se han procurado, sin avisar, esa experiencia de enamoramiento colectivo, políticamente iniciática, a la que toda generación tiene derecho y que asegura la irrepetible repetición de todas las historias nuevas. Durante unos días, miles de jóvenes han tenido, sí, una experiencia de poder: del poder albergado en la rabia organizada y en el amor sobrevenido: del poder transversal, viral, universal, alojado en una pequeña decisión colectiva.
Antes del 26S no estábamos preparados ni para ganar ni para perder. Ahora apetece más dar la batalla y, si se pierde, nos sentiremos menos desnudos. Lo que en tres años no han hecho ni el PSOE ni su izquierda lo han hecho en pocos días unos cuantos jóvenes apoyados por una anciana. Con ellos, ganar quizás no es imposible; con ellos, perder ya no es la muerte.
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