Opinión
Si esto es una batalla cultural, debemos defender nuestra trinchera

Por Paco Tomás
Periodista y escritor
Hasta ahora, el grueso de la ciudadanía pensaba que una batalla cultural era el típico conflicto de binarismo ideológico. Lo entendían tan así que asumían la alternancia política como respuesta saludable para el propio sistema democrático. Los partidos que se perpetúan en el poder acaban siendo nocivos para la población y muy rentables para los corruptores. Sin embargo, empiezo a apreciar en la gente, en especial en las personas progresistas, una señal de alarma que hasta ahora no había visto. Es como si hubiesen empezado a comprender lo que realmente significa una batalla cultural y lo que está en juego en esta confrontación.
Una batalla cultural no tiene nada que ver con el sano enfrentamiento de ideas en el espacio público. Es una guerra no ya por el modelo de sociedad y de país en el que queremos vivir, y que vivan quienes vengan detrás, sino una manera de entender el mundo y una defensa de los valores y principios en los que creemos.
Como en toda guerra, el lenguaje se envilece y la victoria se impone a cualquier otra razón. Cuando Feijoo dice "haré todo lo posible para cambiar al Gobierno. Y cuando digo todo, es todo", o cuando Aznar repite eso de "quien pueda hacer, que haga”, están atacando a la línea de flotación de la democracia y a todos sus valores. Va más allá de un cambio político. Están hablando de un cambio de paradigma.
Cuando esas palabras se unen a declaraciones como las de Peter Thiel, el fundador de Paypal y accionista de Facebook, cuando dijo "no creo que la libertad y la democracia sean compatibles", o a las del inversor estadounidense Warren Buffet diciendo "hay una guerra de clases y la estamos ganando los ricos", obtenemos la dimensión real de esta batalla y lo que nos jugamos en ella.
La Tercera Guerra Mundial es una guerra cultural. Y la gente progresista está empezando a tomar conciencia de su papel en esta guerra. Comprendiendo que no hay dos trincheras enfrentadas. Cuidado con caer en la trampa de la polarización que nos lleva a naturalizar que creer que la vida de un migrante vale lo mismo que la nuestra es un pensamiento que, lógicamente, debe ser rebatido por aquellos que piensan que los inmigrantes no son como nosotros y, por lo tanto, no merecen nuestra atención, ni nuestra empatía, ni ningún tipo de derecho y justicia social. No olvidéis que tras los inmigrantes, iremos el resto.
Desde finales del año pasado, y durante todo este 2026, he ido detectando una tendencia, en las personas progresistas, que me ha llevado a titular esta columna como lo he hecho. Mientras la población más conservadora no se ha movido ni un milímetro de su posicionamiento, que arrastran desde 2018, la izquierda ha pasado de la euforia al desencanto y de ahí, a un desconcierto que nos hacía movernos como criaturas perdidas en un inmenso y atestado centro comercial. Desmotivar al enemigo ha sido la estrategia del bando conservador desde hace tiempo. Y les estaba funcionando. Hasta que llegó la megalomanía del juez Peinado.
El procedimiento del juez Peinado en el caso contra Begoña Gómez ha hecho más por revitalizar al votante progresista que todos los partidos de izquierdas del arco parlamentario. Luego a los tertulianos de derechas les sorprende que el 65% de los españoles crean que existe "lawfare". Las personas progresistas ya no nos dejamos cegar por las joyas de Zapatero. Cuando uno comprende que hay una guerra, defiende sus posiciones y no le importa tanto si a su compañero de trinchera le huelen los pies porque está en juego algo mucho más importante que eso. Está en juego nuestra forma de entender el mundo y la dignidad humana.
El día en el que uno se da cuenta de que existe una Justicia de dos velocidades, todo empieza a cambiar. La Justicia que condena al fiscal general sin pruebas y la que exonera a Mariano Rajoy y a Dolores de Cospedal con pruebas en su contra. La que condena a Koldo y Ábalos por el caso Mascarillas pero ignora o deja libre al hermano de Ayuso o a Luis Medina por lucrarse con lo mismo. La que le quita el pasaporte a Begoña Gómez, o llama a declarar a Zapatero, mientras nadie ha registrado aún el despacho de Equipo Económico, ni han llamado a declarar a Montoro ni han contemplado su riesgo de fuga. La Justicia que corre cuando hay que señalar a la izquierda pero se toma su tiempo cuando le toca juzgar a la derecha. Tanto tiempo que ni los protagonistas se acuerdan de lo que hicieron para poder responder a las preguntas del tribunal. Supongo que el novio de Ayuso también tendrá amnesia, como los de la Kitchen, cuando salga su juicio, que será en 2027. El del fiscal general del Estado, en un par de meses; y el de González Amador, ya si eso para 2027. Ya ni se cortan en disimular porque, como decía Buffet, van ganando ellos. ¿O no?
Las encuestas dicen que el bloque de la izquierda retrocede y que la alianza PP-Vox se afianza. Las mismas encuestas que, curiosamente, colocan a los líderes políticos de la derecha en los últimos puestos de valoración, por detrás de Gabriel Rufián, Salvador Illa, Yolanda Diaz y Pedro Sánchez. Llamadme malpensado pero, si realmente tuvieran tan clara su victoria, ¿tendría sentido iniciar una campaña contra el proceso electoral, contra la ley de nietos, dejando caer que se trata de "ingeniería electoral" para dar un pucherazo? Si tu triunfo está cerca, como apuntan todas las encuestas, ¿tiene sentido señalar al sistema electoral español como frágil, vulnerable a la manipulación más burda, cuando vas a ganar tú? Sembrar dudas respecto a la propia democracia española, al estilo Donald Trump, es la mejor manera de animar a los tuyos a la sublevación cuando resulte que, como resultado de la defensa de nuestros derechos y libertades, defendamos lo conquistado frente a su amenaza.
A lo mejor es que ellos, como yo, saben que cuando está en juego un modelo de país, la izquierda cierra filas más allá de los partidos. Los votantes progresistas estamos comprendiendo que estas elecciones forman parte de la batalla cultural. Del mundo, del país y de la sociedad que soñamos para el futuro, pero también de la sociedad que pelearon nuestros padres y abuelos tras décadas de dictadura. Por eso, en medio de esta guerra, ha llegado el momento de unirnos y defender nuestra trinchera.


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