Opinión
La estrategia de la autoficción política

Por Israel Merino
Reportero y columnista en Cultura, Política, Nacional y Opinión.
A Chirbes le hubiera gustado ver estos días los telediarios – le hubiera gustado ver a secas; le hubiera gustado estar vivo – y asentir al descubrir replicado con modélica simetría en la izquierda alternativa lo mismo que denunciaba sobre los niños de la Transición: una obsesión autófaga por contarse, por explicarse de más, por erigirse como el centro y el nudo y el desenlace mismo de la historia. Fuera de mí, nada; dentro de mi relato, todo.
Las elecciones de Castilla y León han sido una desgracia esperada, como los problemas prostáticos en la vejez. La izquierda alternativa ha desaparecido gracias al fino trabajo de dos marcas que tampoco hubieran conseguido representación alguna de haber ido de la mano como buenos novios; los discursos sobre la unidad quedaron mohosos y ninguno de los jerifaltes de las dos irrelevantes siglas ha podido salir a esgrimirlos. La unidad ya no le importa a nadie; la unidad ya no une, valga la redundancia.
Lo que quizá sí ha sido un problema es el exceso de narrativa del yo, de extrañísima autoficción política que la izquierda a la izquierda de los socialistas ha esgrimido en esta campaña electoral replicando las mismas fórmulas que viene conjugando desde todos sus terminales mediáticos y políticos a escala nacional; una estrategia tan vieja como absurda, tan cómoda como inane, y que Chirbes diría que rima en asonante con el apellido de un tal Felipe González. O con victimización.
El último día de campaña, por ejemplo, me topé con que Miguel Ángel Llamas, candidato de Podemos a la Junta, denunciaba en público que su familia y él habían sufrido una agresión por la calle. Obviando que el ataque es infame y que Miguel Ángel, a quien mando desde aquí mi más sincero apoyo y cariño, tiene todo el derecho del mundo a hacer pública la denuncia, me sorprendió mucho que el candidato no se conformara solo con comunicar lo ocurrido, sino que también decidiera aprovecharlo como broche final de su campaña, como el último masaje cardiaco de motivación sufragista a un votante castellanoleonés que no le dio en la noche de autos electorales ni la extremaunción. Por lo que sea, a la gente tampoco le interesó que Miguel Ángel Llamas se posicionara como el protagonista del discurso político.
Por otra parte, en Sumar/IU la estrategia no ha sido mejor: no ha habido estrategia. No hay plan o no hay hambre o no saben comunicarlo, una de las tres – o las tres –; en una comunidad atravesada por los incendios y mecida plácidamente por un títere pepero mecido plácidamente por Vox han sido incapaces de inventarse una ficción verdadera, de armar un discurso propio e ilusionante. Nada. Solo el miedo a que viene la ultraderecha y el autonombramiento de Juan Gascón, candidato a la Junta, como héroe mesiánico capaz de pararla esgrimiendo su propia historia y biografía, como si eso valiera para algo. O como si la ultraderecha no estuviera aquí desde hace tiempo, asando castañitas tan ricamente antes de que llegue primavera.
Las penas de nuestros representantes políticos nos compungen, claro, pero solo un rato, y desde luego que no nos incitan a votar. Estamos hastiados, reventados, cansados, hartos de soportar un sistema hueco en lo estructural y existencial para que encima seamos nosotros los que vengamos a soliviantar las penas y males de una dirigencia izquierdosa achicharrada que se supone que asomó los morros en 2016 – diez años han pasado, tomad nota – para solucionar nuestros problemas, y no al revés.
La izquierda nacional, ya no hablo de Castilla y León, se está suicidando por fascículos al reducir su discurso a su supervivencia en neto, a apelar a nuestro voto y compromiso porque han sido unas víctimas muy resilientes y buenas, a acharcarse viejas rencillas que no le importan a nadie que no tenga carnet de militante y una adicción cochina al café; no entiendo que no vean que es absurdo, ingrato y hasta vergonzoso que reduzcan su discurso público a que han sufrido mucho y merecen que los votemos. Porque, ahora volviendo a Llamas, sigo sin saber nada de este señor más allá de que ha sido agredido por un fascista en no sé dónde; era poner cualquier tertulia progresista en busca de información sobre su programa y toparme con eternos discursos sobre lo muy bochornoso de la situación, pero ni una sola palabra sobre lo que él podía hacer por los castellanoleoneses.
Ahora que se habla tanto de Vox y los estrategas progres se parten la cabeza en busca del secreto de su éxito, lanzaré mi propia teoría: no se victimizan. Lo hicieron al principio, cuando atacaban a los medios por no darles espacio o considerar que tergiversaban sus palabras, pero dejaron de hacerlo porque entendieron que ese discurso no movilizaba más que a los cafeteros; a los que siguen el lore, que dirían en Internet. La derecha pide votos para cumplir con empresas siniestras aunque concretísimas, mientras que los candidatos de la izquierda apelan a su electorado en busca de protección. Igual hay que darle una vuelta.
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