Opinión
En Europa ya toleramos lo insoportable

Periodista y escritora
El pasado 28 de mayo de 2025, el representante del Estado de Palestina ante la ONU, Riyad Mansour, se quebró. Fue durante su intervención pública ante el Consejo de Seguridad. Hablaba de "las imágenes de madres abrazando los cuerpos inmóviles" de sus criaturas, "hablando con ellas, pidiéndoles disculpas"… El folio temblaba en sus manos. De pronto, se quedó en silencio. Apretó los labios como para cerrar el paso a las palabras, pero era impotencia. Lentamente, alzó el puño y lo dejó caer sobre su trozo de escritorio. "Es insoportable", dijo con la voz entrecortada por el llanto. Se llevó la mano a la frente, bajó la cabeza, se tapó los ojos por encima de las gafas y, en esa postura, lanzó una pregunta que deberíamos repetirnos a diario: “¿Cómo alguien puede tolerar este horror?”. La mano derecha se crispó sobre su cara. A su alrededor, el silencio de los silenciosos.
Mansour se rompió en aquel momento con encomiable pundonor, temblando de rabia e impotencia. Su gesto dio la vuelta al mundo pero no modificó nada. En otros momentos de la Historia, la intervención del representante palestino quebrándose de dolor habría marcado un hito memorable, uno de esos instantes que permanecen en el imaginario colectivo y se vuelven a reproducir de vez en cuando para recordarnos nuestro papel en el horror de lo que sucede. Sin embargo, pasó sin dejar huella, como las imágenes de los asesinatos de gazatíes en las colas de avituallamiento, como los bombardeos, los cuerpos de las criaturas masacradas, los hombres y mujeres asesinadas.
La Unión Europea participó del genocidio perpetrado en Palestina ensimismada en su opulenta ineficiencia, por un lado, y en su manifiesta decisión de no frenar el horror, por otro. España ha reanudado sus actividades comerciales con Israel, si es que alguna vez las cesaron en serio. Ya nadie mira hacia allá. Y deberíamos. Deberíamos porque Gaza marca un antes y un después en nuestra consideración sobre lo que somos. Después de Gaza, cualquier cosa es soportable.
Nos vamos amoldando a las circunstancias que nos rodean. Podríamos decir que nuestra existencia discurre entre lo óptimo y lo insoportable. En eso consiste, en resumidas cuentas, lo que llamamos vivir. Pero tanto lo óptimo como lo insoportable son consideraciones que van mutando con el tiempo. La esclavitud, el trabajo o la prostitución infantil, la pederastia, que en su momento fueron prácticas no sólo habituales sino incluso “correctas”, hoy nos parecen intolerables. En el extremo opuesto, hoy lo “óptimo” para una familia es, en algunos casos, encontrar una habitación en la que poder hacinarse bajo techo.
El secuestro de Nicolás Maduro y su esposa, la pantomima de juicio, la ocupación de Venezuela por parte de Estados Unidos, la evidencia de que Trump ha roto con nuestra idea de la democracia y de los derechos, tanto individuales como colectivos o internacionales, todo ello entra dentro de lo que Europa ya tolera. Por eso no sucede ni sucederá nada. Después de Gaza, la Unión Europea —¿o sea, nosotras?— ha ampliado su umbral de tolerancia hasta la masacre de un pueblo. De ahí no se vuelve.
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