Opinión
Fachavales con abascalmanía

Por Anibal Malvar
Periodista
Al parecer, el nuevo ídolo de nuestros siempre díscolos adolescentes de la España despoblada es Santiago Abascal. Y eso que no parece un señor muy contemporáneo. Estas tres campañas electorales en Extremadura, Aragón y Castilla y León nos han dejado imágenes espeluznantes de mesnadas de chavales siguiendo al líder de Vox entre casi histerias beatlemaniacas.
Será que está renaciendo entre los jóvenes la vocación castrense, el ardor guerrero. Supongo que saben que Abascal, si gobernara, los mandaría hoy a la guerra de Irán a entregar sus cuerpos, destrozados cual burgers y con su sangre como ketchup, a las fauces de Donald Trump. Presumen de ser los novios de la muerte, así que allá ellos.
Sé que son niñas y niños, y que sueno cruel. Tierna infancia. Dentro de un par de años, algunos estarán apalizando negros, mendigos y maricones, que es lo que hacen cotidianamente las manadas satélite de Vox. Los niños que hoy se sacan selfies con Abascal son los Dani Esteve, los Bertrand Ndongo, los Vito Quiles y los Alvise Pérez de los futuros 30. Y ya les encanta el olor a napalm por las mañanas.
Abascal, leonado hombre de campo, ha captado la llamada de esta feromona electoral y siempre les dedica uno de los clímax de sus mítines: “No tienen edad para votar y ya se preocupan por su patria. La izquierda defendía el voto a los 16 años; ahora no, porque sabe que votarían a Vox”, les arenga. “¡Fachavales!”, los bautiza con orgullo y es aclamado en respuesta.
Quizá Cabaret (Bob Fosse) sea uno de los mejores y más violentos musicales de la historia del cine. Su escena más pavorosa, sin embargo, no es nada brutal: un efebo rubio y seráfico arranca a cantar a cappella, en una plaza de Berlín, la maravillosa Tomorrow belongs to me (el mañana me pertenece). Cantores espontáneos se le unen y el coro popular atrapa una belleza estremecedora. El seráfico efebo luce el uniforme de las juventudes nazis.
Esos son los canoros y cantosos niños de Abascal, y sé que nos harán daño.
Uno puede comprender la fascinación de los jóvenes por Taylor Swift, Rosalía, Bad Gyal o el tal Ibai. Pero lo de contemplar al bajomedieval Santiago Abascal perseguido por las calles por groupies de 15, no me lo veía de venir. Si seguro que usa calzoncillos de cuello alto.
Salvo excepciones, estos jóvenes carecen de cultura política y conocimientos mínimos de historia reciente. Basta repasar los canutazos a los que los sometemos los atónitos periodistas cuando los entrevistamos en aquelarres paleocristianos, cual las misas de Ferraz o cualquier mitin de Vox.
Lo que uno no acaba de comprender es lo que Vox ofrece a estos niños. Un niño o niña con abascalmanía incipiente rastrea en redes todo lo referente a su nuevo ídolo. Así descubrirá que el único trabajo que tuvo Abascal, aparte de la política, fue un bar que se arruinó al poco tiempo. No es que esto sea nada malo, le puede pasar a cualquiera, pero tampoco parece hazaña bastante como para convertirlo en ídolo de juventudes.
También fue director de la Fundación para el Mecenazgo y el Patrocinio Social, un invento de Esperanza Aguirre con el que Abascal se llevó 82.000 euros pa la buchaca por no hacer nada, según consta en la memoria de la propia entidad pública. En esto, sí, yo le veo a Abascal cierta capacidad de seducción sobre los jóvenes. Y sobre los no tan jóvenes. Los usuarios del mítico portal El Rincón del vago caerán a sus pies, sin duda. Pero el golpe que dio Abascal en la FMPS tampoco es para mitificarlo y buscarle hueco entre los Ocean's Eleven.
Abascal solo es un señoro de 50 años que se pone yelmo en ocasiones y habla del campo y de la guerra y de los moros y de lo woke y de las feminazis, siempre transido de odio e ignorancia. No es demasiado guapo, que yo perciba. Más tonelete que apolíneo. ¿Qué le ven los niños y niñas para que los seduzca y enamore de esta manera? Yo me doy por vencido, camaradas analistas. Aunque al menos ahora me explico por qué nunca he ligado.
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