Opinión
Faraones de la Gürtel
Por David Torres
Escritor
Los faraones egipcios no sospechaban que la eternidad los aguardaba en las salas del British Museum. Ellos guardaron sus tesoros, sus momias y sus ajuares bajo toneladas de arena, entre trampas inmemoriales y pasadizos secretos, con la esperanza de que los saqueadores de tumbas no volvieran a robar lo que previamente ellos les habían trincado al pueblo. Pero el tiempo no tiene prisa y su clepsidra de arena lo mismo mide el lapso que tarda en cocer un huevo que el que lleva desmoronarse un imperio. Las tumbas faraónicas resistieron milenios la curiosidad de los turistas pero, finalmente, los Ramsés y las Cleopatras se tuvieron que fastidiar y soportar sucesivamente la pala del ladrón, la lupa del arqueólogo y el lápiz del colegial al que vi dibujando una chorrada en la cenefa de un sarcófago ante la desidia de los vigilantes del British.
De todos los faraones, Gallardón I ha sido el más rápido en desvelar sus misterios. Lo bien que le venía puesto el mote que uno ya se lo imagina con los bastones, hierático, bailando de perfil, encajonado entre jeroglíficos de gaviotas. No hace ni dos años que decidió enterrarse en vida, abandonando la política, y no paran de descubrirle pirámides truncas, yacimientos de mierda y dispendios acojonantes. El penúltimo agujero negro que le han encontrado (de los muchos con que perforó Madrid para gloria de tuneladoras y martillos neumáticos) es un recinto deportivo donde se gastaron 23 millones de euros y que se llevó siete años en obras. Siete años. Como la casi totalidad de su gestión urbanística, todo se resolvió en una puta ruina, quizá porque Gallardón, igual que sus compadres del Antiguo Egipto, edificaba con vistas al futuro, para la época en que la capital fuese otra vez un desierto y un camino de ovejas.
Madrid siempre ha tenido una alcaldía muy egipcia. A Tierno Galván le llamaban el Sabio Profesor porque, entre otras cosas, intentó descifrar nuesta ancestral Piedra Rosetta poco tiempo después del eclipse de la Momia. No hubo suerte y otras momias regresaron en una nueva dinastía que se perpetuó durante dos décadas: desde Álvarez del Manzano, con su pinta de sumo sacerdote, a Ana Botella, la Nefertiti del Manzanares. Con todo, el período de esplendor fueron los años del faraón Gallardón I, el Espléndido, cuya deuda con la ciudad se recordará eternamente. De momento, la vamos a estar recordando y pagando durante el próximo siglo y parte del siguiente. La impronta egipcia sigue dando guerra: Manuela Carmena lleva sólo unos meses en la alcaldía y ya se le está poniendo cara de arqueóloga.
El pufo de 23 millones de La Latina -un distrito con una población equivalente a la de Zaragoza y que no cuenta con un solo polideportivo después del que destrozaron al lado del mercado para situar un socavón made in Génova- no es más que una de las muchas sangrías con que la gestión faraónica ha dejado tiritando la capital y sus alrededores. El otro día, los vecinos de Arganda descubrieron 1.200 metros cuadrados de instalaciones deportivas ocultas detrás de un tabique del polideportivo Virgen del Carmen, en el barrio de La Poveda. Al fondo, en una tumba cubierta de polvo, un jeroglífico que es la envidia del British Museum. Dice "Gürtel".
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