Opinión
Flores amarillas para Gramsci

Por Gerardo Pisarello
Miembro del Congreso de los Diputados.
Turi es el pequeño pueblo de María Luisa, una de las activistas más comprometidas y generosas que conozco en Barcelona. Cuando ella y su compañera Fabiana nos invitaron a su casa, acepté como una manera de desconectar en agosto y de celebrar la amistad.
Mientras preparaba mis cosas, traté de pensar qué sabía de aquel rincón del sur de Italia, cerca del Adriático. El nombre me sonaba ligeramente, pero tardé en conectarlo con algo concreto. Hasta que llegó: Turi era el pueblo en el que estuvo encarcelado Antonio Gramsci.
Mi primer encuentro con Gramsci tuvo lugar en Tucumán. Yo era hijo de un abogado asesinado por la dictadura militar argentina y acababa de ingresar a la Facultad de Derecho. A través de uno de mis primeros amores de juventud, cayó en mis manos una compilación de artículos que Gramsci había escrito a mano, burlando la censura, durante su reclusión en las cárceles de Mussolini.
Fue entonces cuando conocí a aquel hombre menudo y jorobado, brillante y obstinado, que cambiaría para siempre mi manera de ver la política y la de muchísimos más. Cuando pregunté a María Luisa si había alguna estatua, plaza o espacio memorial que lo recordara, me respondió con tristeza que no. Apenas el nombre de una calle y una placa junto al portón de entrada a la prisión, colocada en 1945.
Me sorprendió que la memoria de Gramsci tuviera una presencia tan discreta. Pensé inevitablemente en las palabras del fiscal fascista que exigió su reclusión en 1928: “debemos impedir durante veinte años que este cerebro siga funcionando”.
Lo cierto es que Gramsci no obedeció. Siguió escribiendo tras los muros y lo hizo en condiciones durísimas. Separado de su mujer, Giulia, y de sus hijos, que estaban en Rusia, y castigado por insomnios, migrañas, hemorragias y una salud cada vez más deteriorada.
Para resistir, se propuso que su rabia ante la injusticia no disminuyera su capacidad de amar y de valorar lo bello que había en el mundo. Le habría costado mucho más sin Tatiana Schucht, su cuñada.
Tatiana era una mujer culta y muy inteligente. Visitó a Gramsci con asiduidad, discutió con él y le dio el calor necesario para seguir adelante. Le llevó cartas de su hermana Giulia, que enfermó y se hundió en una profunda depresión. Tramitó médicos, permisos y tuvo hacia ese hombre que no era su marido actitudes y sentimientos muy próximos a lo que llamamos amor.
Fue gracias a Tatiana que Gramsci consiguió, junto a un muro del patio, un pedazo de tierra donde sembrar guisantes, espinacas y apio. Y una rosa. Para aquel revolucionario sin revolución a la vista, cultivar una rosa en la prisión fue una manera de resistir en los momentos más duros. Un día que el sol la quemó, constató en sus notas que las hojas estaban carbonizadas y que su aspecto era desolador. Luego añadió, pensando también en sí mismo: “sin embargo, no está muerta, todavía”.
Hay una carta a su hermano Carlo, de diciembre de 1929, que refleja con lucidez las razones de su actitud vital. Gramsci sostiene allí que el encierro prolongado debería llevar a una persona a una suerte de serenidad estoica, a la convicción de que la fuerza moral se lleva adentro. Es entonces cuando dejó escrita la divisa que quedaría asociada a su nombre: “soy pesimista por la inteligencia, pero optimista por la voluntad”.
No era un autoengaño. Gramsci sabía que el fascismo estaba consolidado, que su cuerpo estaba cada vez más quebrado y que la revolución que había pensado desde las fábricas de Turín no llegaría de manera inminente. Y aun así persistió, igual que su rosa: quemada, casi negra, sacando brotes de todos modos.
Antonio Gramsci y Tatiana Schucht cultivaron así una forma singular de resistencia, estoica y epicúrea a la vez: no permitir que la barbarie les arrebatara también la capacidad de amar, de cuidar o de reconocer la belleza.
Cuando nos alejábamos ya de Turi, sentí la necesidad de detenerme junto a un pequeño acantilado del Adriático. El mar era de un azul intensísimo. Junto a él crecía una enorme planta de lantana. Tomé un par de flores amarillas, muy parecidas a las que había en mi casa de Tucumán durante la dictadura, y las lancé a las olas.
Bajo la luz tenue del atardecer, pensé en Antonio Gramsci y en Tatiana Schucht. Dos personas que supieron que las convicciones más serias no sobreviven sin afectos igualmente tercos: una lealtad que atraviesa los años, una carta que llega a tiempo, una rosa que alguien sigue regando bajo un sol inclemente.

Comentarios de nuestros socias/os
Para ver los comentarios de nuestros socias y socios, primero tienes que iniciar sesión o registrarte.