Opinión
El fracaso generacional de Zapatero

Escritora y doctora en estudios culturales
Cuando marché de España en el año 2009, sin saber que tardaría más de una década en poder regresar, gobernaba José Luis Rodríguez Zapatero. Aquella época se caracterizó por un desempleo juvenil desorbitado que abofeteaba a quienes habíamos apostado todo a la carta de la educación, y un malestar social profundo que demoraría dos años más en explotar, en el ya totémico 15M. Durante una cantidad intolerable de meses, el presidente de entonces había negado la crisis, utilizando en su lugar la palabra "desaceleración", mientras nuestras familias veían mermar las alcancías hasta que, por fin, el lenguaje desenmascaró la realidad durísima de los recortes y se nos exigió austeridad, sacrificio, términos que yo ya escuchaba a miles de kilómetros de casa. A lo largo de su primera legislatura, Zapatero cosechó éxitos notables como la Ley de violencia de género, la de Dependencia, o la aprobación del matrimonio homosexual. Las mentiras sobre la Guerra de Irak y el atentado de Atocha –propulsadas por el PP– habían inaugurado aquel mandato socialista con la legitimidad de quien abraza la verdad y la justicia por encima de todo; pero, al final de sus días en la Moncloa, aquel amable señor castellano aprobaba un paquete de dolorosas reformas: retraso de la edad de jubilación, bajada de sueldo a funcionarios, etc. etc., que contradecía su discurso y quehacer anteriores, y nos dejaba a muchos, también a los jóvenes, completamente desamparados. No había trabajo, las oposiciones se habían esfumado, Bolonia había consolidado unos másters para los que ya no se concedían becas; quienes odiábamos ser ninis partimos con las maletas a ninguna parte. "No nos vamos, nos echan".
Ahora, al hilo de su imputación en el caso Plus Ultra, a montones de personas de mi generación nos sorprende la defensa acérrima que se efectúa en ciertos ambientes progresistas del señor Zapatero; y esto es así a sabiendas de la persecución política que sufre el PSOE actual, e incluso valorando positivamente la gestión de Pedro Sánchez. Nuestra estupefacción proviene de la memoria, precisamente porque lo que acertamos a apreciar en el Partido Socialista de hoy no es tanto su vínculo con Zapatero, sino que aprendieran a distanciarse de él: que suban sueldos en vez de bajarlos, que no aprueben medidas austericidas, que posean un liderazgo en Europa diametralmente opuesto a la sumisión incondicional a la Troika. Respetar la presunción de inocencia del expresidente no debería estar reñido con el cuestionamiento de una mitología que, en su nombre, elimina de un plumazo el recuerdo del sufrimiento provocado por aquella crisis. La crisis anónima, la realidad más cruda sustituida por eufemismos mientras el castillo de naipes se desmoronaba; un vacío semántico creado conforme se desvanecía nuestra posibilidad de construir un proyecto de vida y se difuminaba en el horizonte cualquier atisbo de futuro. Esto es importante decirlo, pues el expresidente, con mayor o menor intencionalidad, se transformó en el protagonista de un desgarro masivo del cual, todavía, muchos arrastramos las consecuencias.
El período 2008-11 destrozó a los millennials, e instauró una fractura generacional que aún no ha sanado. A nivel global, argumentaba Mark Fisher, lo que ocurrió "fue el colapso del marco conceptual de cobertura ideológica a la acumulación capitalista desde la década de 1970… el neoliberalismo se desacreditó totalmente". Es decir, se instaló una desconfianza generalizada respecto a las bondades del sistema económico que, podríamos afirmar, ha servido a largo plazo para alimentar la expansión de la ultraderecha. Es curioso comprobar que la palabra "crisis", la gran ausente al principio, nunca se ha extinguido de nuestro vocabulario; muy al contrario, ha ido añadiendo acepciones a su entrada en el diccionario –medioambiental, habitacional, etc.– como la cabeza de la Hidra se multiplica con cada embestida. La meritocracia pasó de ser un relato de cimientos sólidos a convertirse en un arcaísmo denostado; se abrió la veda a la mutación de derechos básicos en negocios lucrativos, como la sanidad o la educación; la juventud se perpetuó a través de la sempiterna precariedad mientras íbamos envejeciendo. Por supuesto, Zapatero sólo actuó como pequeña pieza en mitad de una tempestad moral, política, financiera y cognitiva internacional por la cual quizá se vio sobrepasado, pero aquellos años convulsos bajo su mandato, el agravio que supuso aquella gestión, son suficientes como para no olvidar e impedir el consenso en torno a su aura.
Creo que las izquierdas de ahora deberían ser fieles a la memoria generacional de aquel desastre y, al menos, juzgar los éxitos al mismo nivel que los fracasos. A mí nadie me va a devolver el tiempo que perdí junto a mis seres queridos, las horas que me faltaron bajo el sol de mi infancia; a todo el colectivo de afectados, lo que podría haber sido si las cosas hubiesen sucedido de otra manera. Reflexionar críticamente y reconocer, parafraseando a Nietzsche, "el ocaso de los ídolos", quizá nos acerque a posiciones más benévolas desde las que reconstruir las ruinas que aún queman.
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