Opinión
Por un frente amplio que cambie el guión en Euskadi

Por Edurne García Larrimbe / Sergitz Moreno Rios
Secretaria de Organización de Sumar Mugimendua / Secretario Político de Sumar Mugimendua
-Actualizado a
Vivimos tiempos difíciles. El encarecimiento de la vida, la soledad no deseada, el auge de los discursos de odio, la crisis climática o el silencio cómplice ante el genocidio en Palestina son solo algunos de los retos que se alzan al frente. En este contexto, nos repiten sin descanso que Euskadi es sinónimo de estabilidad, pero lo que la gente vive es cansancio. Hoy la política vasca se ha vuelto un eco agotado: las mismas frases de siempre, las mismas promesas incumplidas, mientras la realidad aprieta cada vez más en cada casa y en cada bolsillo. Lo que debería ser la principal herramienta de la mayoría para mejorar su vida, se ha convertido en un reloj parado que siempre marca la misma hora; un ritual vacío que solo administra inercias y recita mantras publicitarios. La desafección no es indiferencia ciudadana: es hartazgo ante gobiernos y políticos profesionales que ni saben ni quieren dar respuestas a sus problemas.
Durante años, el Partido Nacionalista Vasco nos vendió un cuento: Euskadi como remanso de calma frente al ruido de Madrid. Esa contraposición, tan útil para sostener su poder, convirtió la rutina en virtud y la falta de cambios en sentido común. Y sin embargo, era simple y llanamente fachada. Las élites políticas vascas buscaron hacer coincidir sus intereses con el interés general del país, levantando un decorado frágil que se agrieta cada día un poco más sobre la vida de la mayoría. Osakidetza está al límite, la vivienda se reduce a parches que expulsan a la juventud, la educación avanza hacia la privatización y la fiscalidad sigue protegiendo a quienes más tienen. Petronor dicta la política energética mientras Euskadi queda rezagada en renovables. En seguridad, el Gobierno recurre al punitivismo y en el mundo del trabajo se multiplican los conflictos —del metal a las residencias— ante un binomio conservador (PNV-PSE) que se ha repartido el país pero mira hacia otro lado. Lo que durante un tiempo pudo parecer gestión eficaz, hoy empieza a revelarse y vivirse como lo que siempre fue: un espejismo que protege privilegios, no un proyecto de futuro.
Pradales inaugura ahora el curso político prometiendo “blindar la agenda vasca frente a la incertidumbre”. Pero la pregunta es inevitable: ¿qué se blinda cuando no hay proyecto común que ofrecer? No se protege ni construye un horizonte, se blinda el vacío. Se blinda la inercia de un modelo agotado, la supervivencia de un sistema que ya no ofrece respuestas. Bajo la solemnidad del discurso se esconde lo de siempre: recetas viejas envueltas en un marketing hueco que pretende maquillar lo esencial: que no quieren que nada cambie. Lo llaman estabilidad y es parálisis. Lo llaman eficacia y es mera gestión del desorden. Esa “agenda vasca” no abre caminos nuevos: es un chaleco salvavidas para las élites jeltzales y socialistas mientras la mayoría social sigue pagando con alquileres imposibles, con listas de espera interminables y con salarios precarios el precio de una política sin rumbo.
Ese es, precisamente, el mayor triunfo del PNV: haber colonizado el marco en el que se hace política en Euskadi. El PSE hace tiempo que renunció a cualquier perfil propio: es hoy una de las sucursales más conservadoras del socialismo español, resignada a ser muleta a cambio de sillones. Y EH Bildu, en su proceso de institucionalización, ha terminado asumiendo demasiadas de las inercias que decía querer impugnar: comparte hoy la defensa de la educación concertada, la lógica de las alianzas público-privadas o una transición energética sin ambición y entregada a las multinacionales. El resultado es un panorama político donde los límites los sigue marcando el PNV, y donde lo que parece en disputa son los actores, pero no la obra. Y ahí está la verdadera trampa: la de hacernos creer que no tiene sentido la esperanza; que en Euskadi nunca habrá cambio y que no hay otra política posible más allá de la que el PNV lleva cuarenta años escribiendo.
Y sin embargo, no aceptamos la continuación de la historia oficial que pretenden imponernos, porque sabemos que existe otra historia: la que escribe la gente común de este país. La historia de quienes mantienen vivo el comercio local y de proximidad; de quienes levantan las txosnak y hacen comunidad en las fiestas populares; de quienes se plantan contra el racismo y la LGTBIQA+fobia; de quienes, con banderas palestinas, triunfaron y recordaron en plena Vuelta Ciclista que lo verdaderamente insoportable no fue interrumpir un evento deportivo para desgracia del PNV, sino la indiferencia ante un genocidio que se comete en directo.
Y es que la Euskadi que de verdad importa no está en los discursos del poder, sino en los movimientos sociales que sostienen este país. El país que está en el movimiento pensionista que ha recogido miles de firmas; en una juventud que reclama vivienda porque sabe que la seguridad se construye con condiciones materiales para vivir sin miedo. El país cuyo movimiento feminista es punta de lanza a nivel estatal. El país que concentra el 60% de las huelgas del Estado, que no ha dejado nunca de movilizarse por lo que es justo, y que ha empezado a dar muestra de necesidad y voluntad de cambio. La pregunta es, entonces, si la política tendrá el coraje de ponerse a su altura o seguirá, una vez más, llegando tarde.
La primera tentación sería limitarse a señalar los fallos ajenos, pero las casi sesenta mil personas que votaron a la izquierda transformadora vasca —y todas aquellas que, con la nariz tapada, optaron por otras fuerzas— no volverían a perdonarnos repetir ese error. La ciudadanía está agotada de ver a la izquierda enfrascada en disputas internas, atrapada en egos y cálculos de despacho, convertida en una simulación de La vida de Brian, más pendiente de hablarse a sí misma y de pelear entre “frentes” que de ofrecer soluciones y escuchar al país real. La verdad resulta incómoda: durante demasiado tiempo, la izquierda transformadora vasca ha llegado tarde. El partidismo la encerró en batallas estériles, en un juego pequeño y endogámico, y, con ello, no hizo más que agrandar la profunda decepción y desafección que sufren las gentes progresistas de este país.
Pero hoy lo que se nos exige no es autocomplacencia ni nostalgia, sino responsabilidad. No basta con acuerdos de laboratorio ni fotos de unidad en frío a dos meses de las elecciones: la unidad es condición necesaria, pero no suficiente. Lo decisivo es ensanchar: construir un proyecto capaz de llegar a quienes desconfían de la política, a quienes simpatizan pero dudan, a quienes no quieren trincheras ideológicas sino certezas materiales en su vida cotidiana. Ensanchar significa sumar desde abajo, acompañar a esa Euskadi que ya se organiza en los barrios, en las calles, pueblos y ciudades, y en los centros de trabajo sin esperar a que los partidos les den permiso.
En definitiva, la sociedad vasca necesita que pongamos de una vez por todas al país por delante de las siglas. Esa es la condición de partida para abrir un tiempo nuevo de generosidad, mezcla y diversidad, donde la política vuelva a ser útil para la mayoría social. No es un gesto retórico —insistimos— la autocrítica es clara: demasiadas veces la izquierda se ha perdido en la pelea estéril, en el cálculo pequeño, en la desconfianza mutua. Y esa dinámica, además de alejarnos de la gente, nos ha hecho más débiles frente a quienes sí tienen un proyecto nítido y definido: mantener el poder y los privilegios para los de siempre.
Frente a ello, nuestro deber es romper el anhelo de quienes nos quieren confinadas a la irrelevancia, como una oposición domesticada incapaz de aspirar al gobierno. Porque sin una izquierda transformadora que crezca y se fortalezca, no habrá posibilidad de alterar las mayorías que sostienen al régimen jeltzale. El riesgo será siempre el mismo: gobiernos de alternancia aparente —PNV con PSE o con EH Bildu— que cambian las alianzas pero no el rumbo, que mueven las piezas sin modificar nunca el tablero.
En Euskadi, las élites económicas ya tienen abogados de oficio: el PNV, el PSE y hasta quienes quieren plantarles cara pero terminan calcando sus recetas. Ha llegado la hora de que la mayoría social vasca, la gente que no tenemos apellidos importantes, tengamos por fin una herramienta que nos defienda. Ante el Gobierno de la inacción y del marketing, urge construir un sujeto político en el que nadie sobre, donde no quepan los vetos y donde exista una clara voluntad de unión, de escucharnos, reconocernos y entendernos en la diversidad de este país compartido.
Nos conjuramos para impulsar un frente amplio de izquierdas, abierto a los movimientos sociales, heredero del vasquismo popular y nacido para un tiempo nuevo. Un frente desde la calle a los ayuntamientos, diputaciones forales y parlamento, arraigado en cada lugar donde se decide todo aquello que afecta a la vida cotidiana. Un frente de obediencia vasca, para el que no exista ninguna otra instancia por encima que pueda diluir su proyecto. En última instancia, un frente amplio que no se conforme con sumar, sino que multiplique: que sea antídoto contra la abstención y que despierte la implicación de una mayoría social más amplia que la que cada cual podría convocar por separado.
La idea de que solo se puede ganar si alguien más pierde es una de las mayores mentiras de nuestro tiempo. Ganar, en Euskadi, significa ampliar el círculo de lo posible: que cada avance no sea a costa de otro, sino que construya un país más justo, más próspero y más seguro para la mayoría. Lo difícil —y lo imprescindible— es hacer creíble esa esperanza: porque lo que la mayoría social pide no son gestos retóricos ni alternancias cosméticas, sino soluciones concretas y certezas tangibles. Y ante los grandes desafíos del siglo XXI, no basta con parchear lo existente como proponen las izquierdas conservadoras de este país: hace falta tener el coraje y la valentía para transformarlo. Por eso, nuestro frente pasa por avanzar e impulsar un programa renovado que abra un nuevo tiempo de transformaciones: sistema público de cuidados, renta básica universal, transporte público gratuito, vivienda como derecho garantizado, jornada laboral de 32 horas, salario mínimo vasco, fondo vasco de democratización de la propiedad productiva y reindustrialización verde capaz de generar empleo digno y energía limpia de proximidad.
En conclusión, sabemos que este curso político será, en gran medida, más de lo mismo. Pero precisamente por eso no podemos permitirnos seguir repitiendo las mismas derrotas: si no queremos que la parálisis se cronifique, toca acelerar la construcción de un frente amplio generoso, que vaya más allá de nosotras mismas, y que devuelva a la mayoría la posibilidad real de cambio. Somos un país que lo tiene todo para ganar, y, para ello, nadie debe quedar atrás, ninguna persona puede ser olvidada. Si la historia de Euskadi no está escrita, podemos resignarnos a repetir el mismo guión o podemos abrir juntas una nueva página. Y abrirla exige algo más que resistir: nos exige ser más útiles, más capaces de transformar la vida cotidiana de la gente. Nuestra elección siempre fue clara: nos quieren en soledad, nos tendrán en común.

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